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La renuncia del Juez Fayt

Por Carlos Mira - 15 de Septiembre, 2015, 18:22, Categoría: Opinión

No caben dudas que la noticia del día es la renuncia a su cargo en la Corte Suprema de Justicia, del Juez decano Carlos Fayt. Si bien el juez se mantendrá en sus funciones hasta el 11 de diciembre, un día después de la asunción del nuevo presidente y, por lo tanto, eso elimina las especulaciones sobre un intento de reemplazo por la actual administración. El peso de Fayt ha sido tan grande desde su mismo inicio en 1983, que su alejamiento constituye un hecho trascendente.

De origen socialista, Fayt siempre fue un libertario. Su ideario se mantuvo fiel a la Constitución y, siguiendo ese camino, firmó varios fallos importantes en contra de los intereses del gobierno Kirchner que, claramente, planteó un desafío filosófico (aunque parezca demasiado grande decirlo así, dadas algunas circunstancias) al espíritu y a la escuela de la Constitución.

Se abre entonces, para el nuevo presidente, una oportunidad de proponer, para llenar los lugares vacíos del Tribunal Supremo, jueces de lujo que vuelvan a restaurar el brillo perdido de un lugar que debería estar en lo más alto de las consideraciones sociales, con nada –excepto el Derecho mismo- por encima de él.

La Corte quedará oficialmente, el 11 de diciembre, compuesta por solo tres miembros: Ricardo Lorenzetti, Juan Carlos Maqueda y Elena Highton de Nolasco. El proceso de selección de los nuevos jueces para llenar las dos vacantes hasta completar el número de 5, seguramente no será rápido porque las designaciones del presidente deben contar con el consentimiento del Senado y, ya sabemos, esa Cámara –y el Congreso en general- quedará a partir de las elecciones, con una composición muy dividida.

Por lo tanto lo que primero deberá decidir la “nueva” Corte, es si puede funcionar con tres miembros. El antecedente más inmediato es el que sucedió cuando quedó reducida a 4 jueces. El gobierno en ese momento amagó con llenar esa vacante con el nombramiento de Roberto Carlés, una figura cuyos antecedentes estaban bien por debajo de lo que se requiere para ser un ministro del más alto tribunal de la República, en un caso parecido a la impresentable candidatura de Daniel Reposo para Procurador General en 2012. Y su intento fracasó. La Corte decidió en una acordada que podía funcionar perfectamente con cuatro jueces. De modo que es muy posible que en esta oportunidad, el tribunal decida algo parecido aun cuando, dadas las nuevas circunstancias institucionales, aproveche la ocasión para remarcar que sería deseable una pronta recomposición hasta completar el número legal de cinco jueces.

Ese llamamiento actuará como un acicate para que los otros dos poderes –el presidente y el Senado en este caso-,  hagan un esfuerzo extraordinario en beneficio del país y conciban un acuerdo inicial sobre los nombres que llenarán las vacantes.

Ese llamado debería involucrar desprendimiento, grandeza, y, sobre todo, una clara intención de volver a hacer de la Corte una muralla de defensa de los derechos civiles, de las libertades individuales y una garantía para la ciudadanía contra las pretensiones siempre prepotentes y arrolladoras del poder.

De los actuales integrantes de la Corte –los tres que quedan-, no hay ninguno que pueda ser elevado (como si lo podía ser Fayt, por ejemplo) a la categoría de defensor a ultranza del espíritu de la Constitución.

Su presidente, Ricardo Lorenzetti, ha presidido la comisión que reformó el Código Civil y Comercial, una ley que en muchos de sus pasajes viola las disposiciones sobre los derechos inalienables de las personas, el derecho de propiedad y, en muchos casos, derechos personalísimos que la Constitución por supuesto protege. Autor o signatario de la insólita “teoría de los derechos colectivos”, Lorenzetti se ubica muy lejos de la escuela original de la Constitución en materia de derechos civiles que, obviamente, no concibe otro sujeto de derecho que no sea la persona física o jurídica individual.

La jueza Highton de Nolasco ha respaldado muchas de las iniciativas del gobierno de Cristina Kirchner en especial, que claramente vulneran derechos individuales y que, contrario al espíritu de la Constitución, priorizan “el colectivo”.

Y finalmente el juez Maqueda, si bien ha sorprendido favorablemente en muchos de sus votos, no puede negarse que es un peronista ortodoxo (fue nombrado por Duhalde) y que, en ese sentido, tiene todas las salvedades respecto de la filosofía troncal de 1853.

En suma, a partir del 11 de diciembre el nuevo presidente tendrá, además de la formidable (por lo compleja) tarea que le espera, la oportunidad de diseñar un perfil de Corte Suprema por muchos años, quizás más que ninguno de sus predecesores.

Hasta ahora por un motivo u otro, desde que llegó la democracia, cada presidente tuvo “su” Corte. Alfonsín porque la inauguró, Menem porque la reformó aumentando su número para disponer de una mayoría automática y Kirchner porque con argumentos casi parecidos a los de una lucha contra la dictadura, amenazó con juicio político a los jueces puestos por Menem y con ello, consiguió las renuncias que le permitieron armar una Corte nueva en 2003. La única excepción a esta seguidilla fue De la Rúa, que mantuvo la Corte heredada de Menem, pero todos sabemos ya, cómo terminó esa historia.

De modo que se abre ahora una nueva instancia. Ojalá Dios ilumine a todos los que tengan que participar en el proceso de selección de los dos jueces vacantes, para que la Corte vuelva a ser (si es que alguna vez lo fue), un faro de la libertad para los argentinos.

Por Carlos Mira

 

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