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Furia de fin de año

Por Dr. Roberto J. Wilkinson - 19 de Enero, 2014, 18:14, Categoría: Corrupción - Violencia

En una  vez más, diciembre fue el mes del caos. Miserias políticas y el final de la luna de miel de Capitanich.

Esa rosca fue siempre el punto débil del cristinismo caprichoso y la principal contradicción con su proyecto de quedar en el bronce.

Diciembre. Hoy y siempre, el tema será diciembre. El mes de las eternas epifanías argentinas, el mes místico, el mes del caos. El mes del Carnaval sin murga.

La cosa empezó en Córdoba. Un paro de la policía sumió a la capital mediterránea en el fuego sagrado de la protesta social operada. La misma que en diciembre de 2001 anticipó el fin del neoliberalismo y el inicio de "lo nuevo", que doce años después se transformó en lo "más o menos viejo". Odio ser paranoico, pero este país te empuja a la ansiedad y a la conspiración.

La trama secreta de la noche de la expiación apareció de manera inconclusa en los medios. Todos intuimos que esto estaba armado, pero desde el gobierno nadie fue capaz de precisar por quién, exactamente. Fuerzas golpistas destituyentes, agentes del caos, del más allá. Ese es el solfeo pobre del jefe de Gabinete.

El mapa del delito se extendió muy rápido: otro muerto en Concordia, protestas en las 19 Unidades Regionales de la provincia de Santa Fe, cortes de calles en La Plata, Chaco, Tucumán, Corrientes, Jujuy, Chubut, San Luís.

Algunos datos reales: Un policía bonaerense que recién entra en la fuerza, percibe un sueldo de $ 4.700.- De eso, casi la tercera parte está compuesta por los adicionales que son "no remunerativos" y que los obliga a trabajar, en promedio, unas 17 ó 18 horas por día.

Me cuesta entender como alguien puede trabajar 17 horas al día. Alejandro Granados, el ministro de Seguridad bonaerense, dijo que para que las fuerzas de seguridad de la provincia de Buenos Aires funcionen profesionalmente debería haber 100.000 efectivos. Actualmente hay 40.000. La brecha puede explicar la sobre explotación de recursos y, eventualmente, el estallido.

La reacción de los ejecutivos fue dispar. Scioli, por ejemplo, enseguida trató de desactivar la bomba anunciando que subía el mínimo a $ 8.570.-, pero no fue suficiente.

En Entre Ríos, Sergio Urribarri avisó que no iba a negociar con policías acuartelados que deberían estar siendo juzgados por sedición. En Córdoba, las pérdidas por los saqueos se calculan en $ 300 millones. De la Sota cambió la cúpula de su policía provincial. Lo mismo pasó en la provincia de San Juan y en Santa Fe, aunque en ese caso no tuvo que ver con los saqueos, sino con las fuertes sospechas de que los comisarios regionales estaban involucrados en el narcotráfico a gran escala.

Son simples datos y cifras, pero que puestos así parecerían las piezas de un rompecabezas: el narcotráfico latente, policías precarizados y descolectivizados, saqueadores que suben fotos a Facebook de lo que robaron.

El mapa de la década ganada. Una estupidez cristinista. Pero por supuesto, no hay que ser agoreros: esto no es el 2001. El poder político tiene, hoy, muchísimas más armas que hace 10 años para combatir las pugnas intestinas por el poder que se dirimen lejos de las urnas, en el ámbito de la violencia informal. Pero más allá de eso, la estrategia fundamental debería ser preguntarse qué se hizo para alcanzar este estado.

En la década de la ampliación de derechos civiles para las minorías, hay una que se quedó afuera, parasitando las redes subterráneas del poder territorial non sancto: la policía, que en estos últimos 10 años pasó de ganar dos mangos a ganar dos pesos con cincuenta centavos.

Del otro lado de la ecuación, durante el gobierno que más excluidos reincorporó al circuito del consumo, más incluidos se devolvieron a los circuitos del trabajo en negro. Es paradójico, el kirchnerismo. Capaz de hacernos felices y miserables a la vez.

Cristina Kirchner, en ese contexto, había interpretado bien el mensaje electoral de las legislativas y se guardó un tiempo. Puso en su lugar a Capitanich y recortó un poco el espacio que le había dado a la agrupación anti ayuda La Cámpora.

Capitanich (Coqui), en llamas, arrancó con un ritmo intenso y mejoró el clima político y social con buenas señales de apertura. Pero cuando pasó lo de Córdoba, desestimó todo el conflicto y especuló con la ruina del delasotismo. Chiquitaje.

Esa rosca fue siempre el punto débil del cristinismo caprichoso y la principal contradicción con su proyecto de quedar en el bronce, como la líder final de un ciclo de acumulación de más de 10 años sin crisis abruptas ni terribles.

Esa pequeña rosca y, por supuesto, cierta mirada progresista atávica sobre el problema de la" seguridad".


Por Dr. Roberto J. Wilkinson

Fuente: Brando

 

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