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Antes de Perón y antes de Duarte cuando era Ibarguren - 2

Por Armando Maronese - 23 de Noviembre, 2013, 1:26, Categoría: Peronismo: régimen, caída e historia

Parte 2

Eva Duarte llegó a sentar sus reales en la radio gracias a esto último. Había cobrado cierto envión artístico haciendo papeles pequeños, y se los fueron ampliando sin riesgos de invertir demasiados billetes en un caballo que podía mancarse en cualquier tramo inicial de la carrera. Lo importante en estos casos, era la calidad de una voz y su cotidianeidad para los oyentes. En principio, la iniciativa para imponer una determinada voz podía surgir de la emisora o bien del anunciante, aunque por lo general, ambas partes llegaban a un acuerdo que superaba la preeminencia de cualquier moción en aras del negocio.

Los novelones del aire iban dirigidos a excitar el lagrimal de las amas de casa. Las emisiones más importantes se hacían a media tarde o a la hora de cenar, por eso eran presentados por jabones en polvo que lavaban más blanco la ropa, o pastillas que usaban las estrellas en el tocador, y por aceites que freían y condimentaban mejor las papas y la ensalada. Esto también explica que los contactos laborales de Eva Duarte, mientras duró el primer y más importante segmento de su carrera radial (a punto de concluir el 22 de enero de 1944), fueran gentes del medio o bien anunciantes que elaboraban aceite y fabricaban jabón.

Por lo pronto, en el otoño de 1939 ya había conseguido encabezar su primer ciclo radial con el actor Pablo Racioppi, un buen amigo y amante. El empresario del jabón que auspiciaba el programa era otro. Racioppi insistió después de 1955 haber cruzado con la Eva de aquellos días la barrera de la amistad.

Sin duda, los amigos del alma que buscaban su cuerpo se multiplicaron desde entonces. Se dice que el más encumbrado amante en esta etapa inicial fue el libretista Héctor Pedro Blomberg, autor de "La Pulpera de Santa Lucía", un clásico del radioteatro argentino. Eva recitó sus textos en dos ciclos posteriores de otras radios. Pero nadie puede probar si la actriz se lió sucesivamente con Blomberg, con Racioppi y con el jabonero que pagaba el programa, o quizá con todos a un tiempo. Lo que suena lógico y razonable, es que su ancho margen de libertad, siempre centrado en su carrera de actriz, le otorgase derechos semejantes a los que la sociedad seguirá dando a los hombres solteros o casados.

En cualquier caso, la asepsia afectiva de Eva Duarte era asombrosa a esa edad. Pocas jóvenes de veinte años que no sean profesionales del sexo, han podido desdramatizar estos vínculos como consiguió hacerlo desde 1935. Gracias al factor, sacaba salvaje partido de aquellos entreveros en los que apenas ponía algún gramo de sus sentimientos. El hambre y la soledad se los habían encerrado en un pesado arcón, al que lustraba periódicamente el candado. En tanto no lo abriera, quedaban prisioneros, mientras ensayaba una y otra vez su representación.

En los pocos instantes románticos de la vida real, era una más de sus sufrientes heroínas del radioteatro, con palabras de Blomberg, y después con las de Francisco Muñoz Azpiri y Miguel Martinelli Massa. Fuera de eso hubo poco; al menos en términos originalmente románticos.

"Estaba sola. No tenía algún amorcito. Me parece que no había nada"— contó después Pierina Dealessi sin faltar a la verdad de lo que manda el corazón.

Entre lo poco y la nada, irrumpió en su vida Emilio Kartulovic, un chileno de origen eslavo con el que se dio de bruces en los días de Junín, cuando aquel playboy aficionado a las carreras de automóviles empantanó el suyo en las afueras del pueblo, quedando enfangado junto a su máquina volcada. La víctima del infortunio era nada menos que el dueño de "Sintonía".

Eva acabó conquistando la risa espontánea del enérgico ejemplar tras recordarle con cierta malicia el episodio, uniéndolo a su devoción juvenil por una revista que devoraba todas las semanas, y que tanto acrecentó su primera vocación dramática. Aquello encendió la chispa, creando una complicidad amorosa que recién se desvaneció, entre la primavera de 1943 y el verano del año siguiente, ya a punto de conocer al coronel Perón.

La estrellita Duarte, que había saltado en 1939 a la tapa de la revista "Antena", llegó poco después a la de el semanario de Kartulovic, donde obtuvo reportajes, notas y gacetillas sobre sus planes y actividades. Pero Eva era una más en el harén del califa, debiendo aguardar muchas horas sentada en la redacción, hasta que el patrón se dignase a atenderla.

A pesar de pasar por "amansadoras" y zafarranchos amorosos sin condimento, había avanzado bastante desde que bajó del tren. Pero en el fondo continuaba siendo un alma solitaria, en ruta hacia un misterioso destino. Los lazos con la familia se habían aflojado con la distancia, aunque el recuerdo y el afecto por la madre y sus tres hermanas se mantuvo. A Juan lo veía a menudo en Buenos Aires y se auxiliaban mutuamente.

"Juancito era el único amor de su vida en aquella época. Un adorable desvergonzado"— apunta Pierina.

La afición por el hermano débil y venal era compartida por la maternal amiga, y otras conquistas. En la pareja batalla de los sexos, la flojera de los machos afirma a ciertas mujeres y viceversa. La amiga de Eva —probable lesbiana o bisexual—, se mantuvo célibe durante una larga vida compartida en ancho tramo con su madre. El posterior encuentro con Perón truncó quizás un destino equivalente en aquella joven devota de la "Virgen de Itatí", en la que Pablo Racioppi había detectado "gran rencor hacia los hombres".

"Es que todos me acosan sexualmente"—refirió al compañero de fatigas radiales, no sin razón.

Aunque esta impresión se ajustase a la realidad, lo que en el fondo de cada hombre la amenazaba era el fantasma del difunto Duarte, el predador sexual que esclavizó a su madre y encima le negó la paternidad a ella. Por su culpa, para la Duarte legitimada por el estrellato, los varones sólo eran dignos de ser usados y arrojados al cubo de la basura. Ante los retrospectivos ojos de María Eva, lucían despreciables, en su perpetuo interés por convertirla en lo que un desalmado hizo de su pobre madre. De ahí, que con los meses, lo único en consolidarse fuese la aventura radial, mientras otras iban pasando. Primero se entreveró sexualmente con Raimundo López de la firma "Guereño", con quien firmó contrato favorecida por la intervención de su hermano, viajante de sus jabones de baño. Después le llegó el turno al gerente de "Llauró" otro jabón de la competencia, y de allí saltó hasta Pablo Osvaldo Valle, uno de los directores de "Radio El Mundo" y locutor pionero en la radio argentina.

Los hombres maduros le seguían atrayendo sólo como un medio, y también como el juego a encontrar y desencontrar fugazmente al padre. El porqué gustaba la morenita de piel nacarada a esos cuarentones, sin ser especialmente atractiva, tampoco estaba en el sexo, sino en la personalidad y su modo de administrarla en el trato con ellos. María Eva sabía muy bien como estimularles el deseo y el instinto paternal, aderezándolo con proyecciones de omnipotencia. Con el halago sabiamente administrado, caían uno tras otro y como breva madura en sus proyectos artísticos.

Kartulovic fue el ejemplo más destacado de la técnica y sus resultados hasta la refulgente llegada de Perón, aunque antes ya los compañeros sentimentales percibían su temple. Fuerte como cualquier varón, ayudarla a escalar algún peldaño era como hacer patria. En las historias galantes de Eva también mediaban cuestiones de clase. En su catálogo no cabían dobles apellidos, siempre a la pesca de hembras sofisticadas. Siendo acaudalados, los festejantes de la chica de Junín no eran magnates del acero, capitanes de la industria o grandes estancieros.

En general rudos y prácticos, revelaban una cultura argamasada en la lucha por la vida. Lo que ensuciaban con el aceite, lo lavaban con el jabón y viceversa, despreciando los refinamientos de las clases altas.

Todo era así de sencillo; como las cálidas invitaciones a comer pucheros de gallina en la madrugada, sólo concebibles en seductores porteños. Una costumbre urbana que comenta cierto autor en su libro sobre Eva, y que a la vez nos revela la naturaleza de los Romeos que frecuentaba esta Julieta con oculta vocación de lady Macbeth y Genoveva de Brabante.

En su campechanía de hembra rural, cabían el lenguaje rudimentario y los convites de este tenor, rehuyendo las ceremonias pomposas y los ambientes o personajes relamidos, sin ese rasgo "canalla" que les permitía identificarse con ella y su tropilla de amigas, hembras jóvenes y con ganas de divertirse como Dorita Norvi, Rita Molina, Anita Jordán, Jardín Heredia y Elena Lucena, otra importante estrella de la radio.

La buena química entre María Eva Ibarguren y la gente que pesaba en este medio, la aisló del corral de flores de un día y putillas que trotaban por el mundo de la farándula, aliviando de la cintura para abajo las tensiones de ásperos varones.

Así, tras conquistar a los patrocinadores de sus radioteatros, o a actores y periodistas que la ayudaban a trabajar más y mejor, el goce del sueño que se iba haciendo realidad era lo que le producía el placer más grande, porque su realización reivindicaba a la pobre niña Ibarguren, la "Chola", oruga de provincia que ya estaba rompiendo su crisálida para desplegar alas y volar, alto y tan lejos de la miseria y la oscuridad de su origen como fuera posible. Volar alto hasta tocar el cielo, o quizás el fuego del infierno con tal de ser alguien grande, muy famoso y tan inalcanzable para los mortales como las estrellas del cielo, que sólo se acarician con la mirada.

Aquel fantástico viaje a la grandeza aún pintaba lejano en 1941, año en el que ya había conquistado algún eco en los tímpanos y los corazones solitarios de las amas de casa, pegadas al aparato de radio, pero en el que su imagen cinematográfica se desvanecía tan penosamente como en el teatro.

Del debut en la película "Segundos Afuera", quedó el jirón de un romance con el actor Pedro Quartucchi, (del que hace un tiempo se mencionó una hija en común y su reclamo de la prueba del ADN). Pero de ahí en más, la presencia de Eva se esfumó sin pena ni gloria en algún fotograma de "La Carga de los Valientes", "El Más Infeliz del Pueblo" y "Una Novia en Apuros", rodadas entre 1939 y 1940 para Olegario Ferrando, dueño de una productora y breve mecenas de muchas actrices, o bien en algún corto metraje rodado para "Línter Publicidad", tras un previo romance con el productor Rafael Firtuoso. El sexo era su arma favorita para conseguir sus ideales.

La inserción en la pantalla era frecuente en las actrices de la radio o el teatro. Entre 1935 y 1940 el cine argentino contaba con modernos Estudios al estilo hollywoodense, que le habían permitido alcanzar los 196 largometrajes (contra los 208 de Méjico), la mayoría exportables a los países hispano hablantes. "Argentina Sono Film", fundada en 1933 por la familia Mentasti, era una versión criolla de "Metro Goldwyn Mayer" y se situaba por encima de las posteriores "Lumiton", "EFA" o "Estudios San Miguel". Pronto se agregaría a la lista de la mejor criolla, la más artística y creativa de todas: "Artistas Argentinos Asociados", una cooperativa formada por algunos actores y escritores de prestigio, empeñada en realizar filmes de calidad , vinculados a la cultura y las tradiciones argentinas.

Es por todo ello natural que el medio contase con grandes figuras. Entre la actrices, se destacaban (entre otras notables bellezas criollas) Libertad Lamarque, Eva Franco, Niní Marshall, Mecha Ortiz, Amanda Ledesma, Amelia Bence, Delia Garcés, Paulina Singerman, Nedda Francy, Pepita Serrador (madre de Narciso Ibáñez Serrador), Tita Merello, Luisa Vehil, Irma Córdoba y Elisa Galvé.

El corral masculino de galanes y característicos estaba muy bien surtido. Si bien los arquetipos se inspiraban de alguna forma en astros estadounidenses o europeos. Encabezando los primeros, contaban Francisco Petrone (equivalente del francés Louis Jouvet o Spencer Tracy), José Gola (a Clark Gable), Esteban Serrador (suerte de Cary Grant castizo y tío de Narciso) y Narciso Ibáñez Menta (su padre), Juan Carlos Thorry, Hugo del Carril, Pedro López Lagar (galán joven de Margarita Xirgu) y Ángel Magaña.

Entre los cómicos de ambos sexos, Luís Sandrini, Pepe Arias y Niní Marshall iban en cabeza, seguidos por el entonces joven Pepe Iglesias ("El Zorro") y Olinda Bozán. Intérpretes de carácter con muchas tablas, eran Enrique Muíño, Florencio Parravicini, Elsa O´Connor, Luís Arata, Enrique Serrano, Camila Quiroga, Homero Cárpena, Felisa Mary, la mencionada Pierina Dealessi, Elías Alippi, Sebastián Chiola, María Santos y José Olarra.

María Eva Ibarguren aspiraba, sin suerte, a figurar entre las grandes luminarias de la época. Había intervenido en algunos metrajes, pero darse el gustazo de verse a sí misma en la pantalla era tan estimulante como reflejarse en un espejo roto, y aquel constante fiasco, ningún padrinazgo o golpe de suerte podían remediarlo. Ni siquiera su sexo.

Otras divas del éter habían asumido ese límite sin complejos. Ahí estaban para demostrarlo Olga Casares Pearson, Mecha Caus, Julia Giusti, Susy Kent o Mercedes Carné, grandes voces fracasadas en el cine. En cambio, cuando la trémula emoción de la Carné interpretó a Santa Lucía, la virgencita de los ciegos —mártir en tiempos de Diocleciano, y convertida en pulpera criolla, rubia y de ojos celestes para el radioteatro—, multitudes invidentes desfilaron en procesión por la radio, buscando que los dedos de aquella milagrosa voz les acariciaran los ojos hasta devolverles la luz.

Era imposible que los ciegos viesen los ojos celestes de Mercedes Carné. Casi tanto como que los oyentes de los dramones de Eva Duarte —otra víctima de la maldición que perseguía a las celebridades radiales—, disfrutaran de su imagen en las películas. Era su drama mayor y a casi dos años de su futuro encuentro con Juan Perón, las perspectivas de superarlo eran remotas.

Por momentos, sentía que aquello era como calzarse un zapato dos números menos. A cambio, tenía su público y ese era un bastión que cuidaba con tesón, fría disciplina y acento malevo.

En el timbre de la Duarte, sus heroínas recitaban tangos. La dicción de la primaria se le mezclaba con la manera de frasear de Gardel, Corsini, el pobre Magaldi —a cuyo velorio no asistió, identificándolo injustamente con el autor de sus días—, Charlo, Rosita Quiroga o la "Ñata Gaucha". Los culebrones que le servían eran percibidos en su voz al ritmo de ese compás, aunque el tratamiento original fuese otro.

Eva no sabía cantar, pero su breve vida era como un penumbroso tango, con el irredimible padre que tras abandonar a la santa madrecita, muere entre hierros retorcidos de un culposo accidente. El pueblo perdido en el polvo que levanta el tren y la triste protagonista, apenas adolescente, con la maleta de cartón bañada por lágrimas, que derramará muy pronto en la gran ciudad (símbolo de la virtud y las ilusiones perdidas), entre el pecado de "Gricel" y un plumbeo reinado en los radioteatros de la tarde.

Allí, sintonizando la estación correspondiente en la caja sonora está ella, flor del éter, mientras las arrugas que van naciendo de su frustración le surcarán pronto el tuétano si no impone la imagen viva de su cuerpo, lleno de pasión y energía.

La dicción tanguera de Eva, modesta actriz de nula cultura y pobre vocabulario, le permitía en cambio conectar con un público que cantaba y bailaba masivamente el tango desde los años "30 pero que además hablaba como ella, comiéndose las "eses" y arrastrando las palabras como una pila de hojas secas crujiendo bajo el rastrillo. Al visionar metrajes criollos de esta década y la siguiente, solemos evocar el tango en los gestos y las voces de artistas que no cantan. El énfasis vocal de aquel argentino medio (hoy en franca extinción) se embebe de la atmósfera irrepetible de una larga época como parte de un arraigo cultural poderoso. No casualmente el primer film con sonido óptico estrenado en 1933 se tituló "Tango", y el entierro de Carlos Gardel dos años más tarde, se vivió como una tragedia nacional.

Las tragedias radiofónicas de María Eva Ibarguren —por sentimiento y drama vivido en las pensiones baratas y esquinas peligrosas del Buenos Aires aquel—, tenían más proteínas de arrabal que las ensayadas por otras divas. Empero, su tragedia personal con la fama —cuyo deseo es como la sed que intenta calmarse bebiendo agua salada—, le pedía seguir avanzando más rápido y mejor sin temor al futuro o al abismo.

La ilusión de superar aquel duro trance era tan improbable en el celuloide impreso, como la de los cieguitos que fueron a ver a Mercedes Carné. Curiosamente, la mística sensación de ser no siendo una santa, no correspondió al fuero íntimo de la Carné, sino al suyo en un próximo escenario: el más grande jamás soñado por ninguna actriz del mundo.

Así, hasta María Eva Ibarguren llegarán, desde finales de 1947 y en perpetua caravana, invidentes y videntes en la miseria, mujeres y hombres de todas las edades y una sola condición; jóvenes y niños pobres. Sanos pobres y pobres enfermos, infelices, que en la mayoría de los casos tienen lo que llevan puesto. Son los desheredados de la tierra, como aquellos pobres guachos de Junín rodeando el coraje de la madre en el funeral de un fantasma y que, siendo como ellos, tendrían en cambio la suerte, de encontrar muy pronto la caricia protectora "de esos dedos largos, finos y algo húmedos" como después recordó, ya viejo, el grande y único amor en la vida del último fruto surgido de los espurios amores entre Juana Ibarguren y el señor Duarte.

El encuentro con Juan Domingo Perón no estaba lejos en 1942, pero aún faltaba tiempo para llegar a ese entrevero. El que ocupaba los afanes de Eva dejó de ser, durante aproximadamente un total de nueve meses, de entre este año y el siguiente, la radio o cualquier otra faena conocida. Se acredita que desapareció, sin que nadie consiguiera desvelar un paradero que continúa envuelto en el misterio, aunque cabe exactamente con un período de gestación.

En los primeros meses de 1943 Eva Ibarguren vuelve sorpresivamente a la carga en los radioteatros. El golpe de estado del 4 de junio la sorprende en plena tarea, mientras los nuevos dueños del poder emprenden la suya, reglamentando militarmente el país y controlando las emisoras a través del diktat de la Secretaría de Correos y Telecomunicaciones. El encargado de fiscalizar lo que se puede y no se puede hacer en el medio es el coronel Aníbal Imbert, anterior jefe de Comunicaciones de la guarnición de Campo de Mayo, a quien Eva Ibarguren contacta gracias al general Domingo Martínez (ex Jefe de Policía de Ramón Castillo y su amigo militar más importante hasta el arribo de Imbert), o bien por medio del asistente del coronel, Oscar Nicolini, vinculado por azar con su madre y la familia en Junín. Ese fue siempre el poder del sexo.

El personaje había sido el jefe de una humilde oficinita postal perdida en la provincia, y ahora el destino le mandaba tender una mano a la hija menor de doña Juana, de quien se dijo fue —¡Cómo no!—, amante ocasional.

Con la gestión militar llegan a la radio las listas negras. En su ímpetu ordenancista el régimen expurga de la sintonía tangos malevos, deformaciones bufas del idioma que impiden a las gentes hablar con corrección y aquellos programas que los censores juzgan inconvenientes, aunque la vuelta de tuerca más importante es la que se aplica a los actores, técnicos y libretistas que piensan con su cabeza. Por lo tanto y de ahora en más, nadie que sea "simpatizante comunista o piense con la mano izquierda" podrá trabajar.

Sin ser insensible a la cuestión social, María Eva Ibarguren no tenía tradiciones políticas o inclinaciones manifiestas por ningún partido, pese a la simpatía irigoyenista de la madre. Los combates proletarios habían amainado bastante en los entre 1920 y 1930, y su influencia sobre los estratos medios menos favorecidos no la alcanzaron en la distancia de Junín, ni tampoco en Buenos Aires.

Si bien Eva Ibarguren era una rebelde social en potencia, sólo pudo rebelarse con cierto éxito contra su origen y el destino de provincias.

En los relatos de quienes conocieron su llegada a la Capital y sus esfuerzos por abrirse camino —como la Dealessi, el galán Pascual Pelicciota o el característico Marcos Zúcker—, Eva era una chica humilde e individualista, amiga de sus amigos y a medida que escalaba posiciones devolvía favores a quienes la ayudaron.

El cierto aislamiento ideológico de esta pobre mujer poco popular en un medio bastante politizado, era ideal para el régimen y según algunos testigos, por otros motivos para Imbert. Lamentablemente los testimonios desaparecieron y por ello se contradicen y se tornan imprecisos. Pero no hay dudas que a esta altura, la María Eva que ahora se apellidaba Duarte era una cortesana bien experimentada y bastante introducida en el ámbito militar y no le fue nada mal.

Desde el otoño de 1943 vive en un piso confortable (atribuido por algunos al presupuesto destinado al Ejército), y en la primavera siguiente estrena un largo e importante ciclo de heroínas. Así, mediante perfiles históricos trazados por Francisco Muñoz Azpíri y Alberto Insúa, encarna a Catalina de Rusia, Eugenia de Montijo, Lady Hamilton, Isabel de Inglaterra, Ana de Austria, madame Chiang Kai Chek, Eleonora Duse o Isadora Duncan entre varias más, a las que la historia dotó de gloria. La ahora María Eva Duarte, de acento tanguero, que engulléndose la terminación de alguna palabra y que destilaba calle y carácter, ahora las personificaba. Todo se le dio vuelta. La fortuna le sonreía de la mano de su sexo.

Más que carácter, el celo militar exigía castos y a la vez glamorosos ejemplos para amas de casa, unidas a su imaginario. Los maridos, trajinando entre la disciplina y las órdenes en el cuartel, se tornan extremadamente vulnerables ante consortes tentadas por los romances apasionados, y Eva Duarte ilustraba con el ejemplo de "Grandes Mujeres" a las "doñas", sobre el arte de remitir los calores de la soledad a la chimenea o entre ollas y cacerolas, mientras les recomendaba el mejor aceite para freír el pollo.

Para ella, los oficiales junianos fueron más accesibles que los envarados funcionarios civiles del gobierno derrocado, o complejos patrones como el quisquilloso y el fondo frío Yankelevich, el "zar" de "Radio Belgrano".

En un militar por más encumbrado que estuviera, siempre quedan trazas del cuartel y sus rudimentos. Las reglas de comportamiento ante cualquiera de estos varones, están más o menos incluidas en las jinetas, los laureles o los soles prendidos al uniforme. Acostumbrados a tratar con la tropa, no hay nada mejor que hacerles la venia (como impone el rígido Imbert a todo el mundo en el Correo), para distenderlos un poco. Con tiempo, obediencia y la práctica continuada de la ley del embudo, llegará el ascenso. A ese público marcial no interesaban especialmente las damas cultas y refinadas. Se parecían a los aceiteros y jaboneros en los rudimentos galantes, y seguramente en otros frentes de batalla –como la cama-, eran menos exigentes.

El hándicap de la Duarte radicó en prolongar la admiración que ya había rendido a Kartulovic y otros empresarios, adaptándola a la disciplina y contrición de un suboficial ante los superiores. Nada gustaba más a los marciales burócratas del estado que el aplauso, mientras jugaban todo el tiempo a la guerra. Las grandes mujeres que abordaba su ciclo, rendían pleitesía al arquetipo de ladero armado, solemne y siempre dispuesto a morir por su emperatriz, por su dama, por su novia o a manos de libretistas que los mataban de un plumazo, para que la congoja de la reina del radioteatro de la tarde alcanzase su punto de hervor.

Desde mediados del año 1943, era frecuente el encuentro de Eva y sus amigas con oficiales de alto rango en fiestas o recepciones. Los centuriones atravesaban un período cesarista cortando el bacalao y se despeinaban bastante, después de chuparse años de cuartel fiscalizados por la moralidad de Manuel Rodríguez y sus sucedáneos, mientras estas divinas criaturas del cine y la radio capitalizaban laboralmente sus ansias de diversión.

A medida que se acercaba el final de año, los pasos de Eva fueron convergiendo casualmente hacia los del centelleante coronel Perón. En un mismo día, alternaron inadvertidamente su presencia en "Radio Belgrano" en diferentes horarios.

El alto funcionario y "Monje Negro" de una influyente logia militar, asoma por estas fechas con la sonrisa eternizada por una revista de cine y bien apoltronado en un anchísimo chaise longue, escoltado por la actriz Julia Giusti y su elenco de "Estampas Porteñas". A su lado, su señorita hija (sic) de unos 14 ó 15 años, le observa arrobada mientras lo contiene amorosamente, como si fuera un jarrón chino de la dinastía Ming. Al flamante Secretario de Trabajo y Previsión le atraían los micrófonos como parte de su creciente afición, a que lo escuchasen en todas partes.

Entre los amigos militares de Eva Duarte, el nombre de Perón comenzaba a sonar de una extraña manera. Cuando por primera vez le echó el ojo, preguntó a la gran retratista Annemarie Heinrich por aquel oficial apuesto y con un estado civil envuelto en el misterio, pese a la foto de marras.

"Ése, es un militar más, como son todos...", le contestó.

La tradición anti militarista de la emigrada austriaca (una excepcional fotógrafa de artistas, al estilo del estadounidense George Hurrell) la indujo al error. Juan Domingo Perón no era un militar cualquiera. Tampoco para el entrenado instinto de Eva Duarte. Y aunque de hecho estaba dispuesta a rondarlo, recién dio en el clavo unos cuantos días después.

A las ocho y cincuenta y dos de una asfixiante noche del 15 de enero de 1944, un terrible terremoto de casi 7,5 grados de intensidad hizo vibrar durante unos interminables cuarenta segundos a San Juan. Destruyó a la ciudad, dejando un saldo de más de siete mil muertos, doce mil heridos, el 90% de las viviendas destruidas, y pérdidas incalculables. Este hecho provocó una conmoción increíble en todo el país. Era la peor tragedia de la historia argentina.

El entonces Presidente Pedro Ramírez ordenó al Coronel Perón, a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión que se pusiera al frente de la coordinación de la ayuda a los damnificados que habían sobrevivido, pero perdiéndolo todo.

En los días siguientes se comenzaron a organizar partidas de rescate. El ferrocarril Pacífico habilitó servicios extra de ayuda, evacuando a miles de personas y transportando víveres y medicamentos. El gobierno sanjuanino se había instalado en la Plaza 25 de Mayo, dado que su sede central había quedado totalmente destruida.

Además, en todo el país se organizaron colectas, en tanto el  gobierno asignaba una ayuda inmediata de diez millones de pesos. El 17 de enero, el presidente Ramírez viajó a San Juan para observar la situación. El 18 de enero fue declarado Día de Duelo Nacional. Campo de Mayo recibió cientos de refugiados que llegaban todos los días, hasta que se hizo necesario detener el éxodo sanjuanino para encarar la tarea de la reconstrucción.

El Concejo Deliberante de Buenos Aires, a instancias de Juan Domingo Perón, creo la Comisión Nacional de la Colecta: se realizaron festivales y se pasaron alcancías por  las calles. El 22 de enero se realizó en el Luna Park el Festival de la Solidaridad.

Allí se conocieron mejor Eva Duarte y Juan Domingo Perón.

Fue por el trágico mes de enero de 1944. Allí es donde empieza otra historia, el 22-01-44) y nacerá otra Eva, con supremos deseos de desquitar su odio acumulado desde su niñez.

Por Armando Maronese

Fuente: J. Benavent

 

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