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Ciudadanos sin defensa ante el gobernante corrupto

Por Armando Maronese - 11 de Mayo, 2013, 1:49, Categoría: Corrupción - Violencia

Después de comer y reproducirse, la necesidad más poderosa del ser humano es tener libertad para realizar en su vida lo que son sus ideales e ilusiones. Esa libertad impulsó la inagotable creatividad del hombre y forjó la maravillosa civilización en que vivimos, con la que se mejoró la alimentación de miles de millones de personas y su calidad de vida. El hombre libre fue y es un objetivo social, por el que hay que seguir trabajando y luchando a toda costa, aún de su sangre.

El gobernante que pretende cambiar la sociedad, lo primero que viola es la libertad individual mediante: la anomia, que es la ausencia del deber de cumplir la ley y la carencia o degradación de las normas sociales, como incorporar al gobierno a incondicionales de su política, sin analizar su idoneidad; y recompensarlos protegiendo institucionalmente los actos de corrupción.

En los últimos escándalos en Argentina, el que involucra al Vicepresidente de la Nación y el de Santa Cruz que compromete gravemente al último Presidente (Néstor Kirchner), la ciudadanía es solo espectadora, se encuentra desprotegida y no confía en la probidad de la Justicia. No tiene defensas.

La última ley sancionada sobre la limitación a los amparos para evitar abusos del Estado contra los derechos y libertades de los ciudadanos, es una regresión legal a épocas de absolutismos.

Crece, el sentir que hay que cambiar institucionalmente al actual gobierno. Sino, el país seguirá su rumbo a la nada.

Reforma judicial - La ley que el Gobierno argentino impuso en el Congreso multiplica el malestar social.

En países de instituciones democráticas robustas, los gobiernos que se las arreglan para protagonizar desastres descomunales suelen despedirse con un gemido, con un “me quiero ir” lastimero y autocompasivo, para que otros se encarguen de restaurar un mínimo de orden.

Tienen que dar un paso al costado porque sus integrantes saben que la ciudadanía no les permitiría modificar las reglas del juego a fin de aferrarse al poder; si trataran de hacerlo, los expulsaría sin miramientos. En países de tradiciones más anárquicas, por decirlo de algún modo, desalojar del poder a los artífices de la catástrofe más reciente, sobre todo si se habían creído destinados a cambiar la historia, marcar un antes y un después e inaugurar una edad de esplendor sin precedentes, puede resultar mucho más difícil.

Por cierto, a personajes como los halcones del kirchnerismo no les hace ninguna gracia la visión de T. S. Eliot que, en el poema “Los hombres huecos” en que aludía a sus congéneres espirituales, dictaminó: “Así acaba el mundo, no con un estallido sino con un gemido”. Puede que los comunistas soviéticos, abrumados por el fracaso de su experimento luego de haber asesinado a decenas de millones de burgueses, se hayan confesado derrotados por la realidad, pero los kirchneristas son más tercos o, quizás, más imaginativos sin dejar de lado la ultra corrupción.

Desde el punto de vista de tales militantes, si de perder el poder se trata, sería más digno que fuera después de protagonizar una lucha épica, como consecuencia de algo tan banal como una elección. A diferencia de quienes apenas movieron un dedo para impedir la implosión del colosal imperio soviético los tienta, lo que los españoles llaman el numantismo, la voluntad, auténtica o no, de resistirse a las embestidas enemigas hasta que no quede nadie de pie, lo que a su juicio les aseguraría un lugar honorable en la historia de las rebeliones contra un statu quo insoportable.

Asimismo, la experiencia les ha enseñado que si dejan a sus sucesores un país arruinado, después de un intervalo relativamente breve muchos sentirán nostalgia por los buenos viejos tiempos, lo que, siempre y cuando no estén entre rejas, les daría una oportunidad para disfrutar de un regreso triunfal (tal el caso J. D. Perón).

Pues bien: en las semanas últimas, se ha difundido la sospecha de que Cristina Fernández de Kirchner y sus pretorianos han llegado a la conclusión de que, en vista de que las circunstancias los han forzado a elegir entre la democracia y el poder que, como decía el fallecido Alfredo Yabrán, confiere impunidad, no les queda más alternativa que la de ponerse a demoler las ya destartaladas instituciones republicanas, comenzando con las judiciales que tantos disgustos podrían ocasionarles.

¿Por qué no? Los intelectuales orgánicos del movimiento en que militan, dicen que la Constitución Nacional es un artilugio liberal y burgués que fue confeccionado por los enemigos del pueblo con el propósito apenas disimulado de esclavizarlo, realidad que, claro está, los obliga a desmantelarlo cuanto antes.

Haciendo gala de cierto sentido del humor, Cristina Kirchner ya ha iniciado la tarea en nombre de “la democratización”. Como no pudo ser de otra manera, la ofensiva contra la Justicia ha provocado alarma entre quienes no quieren que la Argentina siga el rumbo hacia la nada, que ya ha tomado Venezuela y que podría condenarla a años de dictadura lumpen bajo la férula de sujetos impresentables como Nicolás Maduro.

La sensación de que el país está en vísperas de una ruptura del orden constitucional porque los kirchneristas sencillamente no pueden darse el lujo de abandonar el poder, y ni hablar de rendir cuentas ante la Justicia, plantea a los demás un dilema nada agradable.

Tienen que optar entre seguir acatando las normas democráticas con la esperanza de que la mayoría los premie por su buena conducta, como efectivamente sucedería en sociedades en que la mayoría está acostumbrada a anteponer el respeto por las reglas a las pasiones ideológicas, partidarias o tribales, a sabiendas de que de tal modo correrían el riesgo de brindar una impresión de pusilanimidad, y resignarse a participar de una lucha de desenlace incierto en que los ayudarían aliados circunstanciales como el camionero Hugo Moyano y las aguerridas formaciones de la ultra izquierda.

Con todo, aunque los dirigentes opositores principales, sean socialistas, radicales, macristas, peronistas herbívoros o sobrevivientes de la Coalición Cívica fundada por Elisa Carrió, son reacios a depender demasiado del activismo extraparlamentario, y no pueden ignorar que en la actualidad la resistencia más fuerte al autoritarismo kirchnerista está haciéndose sentir no en el marco de las instituciones que fueron creadas para tal fin, como el Congreso o los tribunales, sino en la calle y en la prensa todavía independiente.

Mientras que a esta altura es penosamente evidente que los legisladores kirchneristas que dominan ambas cámaras del Congreso nacional votarán a favor de cualquier proyecto de ley, por autoritario que fuera que les envía Cristina K, y que abunden jueces que son “leales” a la Presidente, y por lo tanto fallarán en consecuencia sin preocuparse en absoluto por los escándalos resultantes. Los cacerolazos multitudinarios y otras manifestaciones públicas, han servido para recordarles a los soldados oficialistas que acaso no les convendría mofarse de la opinión mayoritaria. Al fin y al cabo, todavía les importan los resultados electorales.

Mientras los kirchneristas aún contaron con el respaldo de una proporción sustancial del electorado –tal vez no de aquel “54%” que dicen haber conseguido en octubre de 2011, pero así y todo de muchísimos–, procuraban guardar las apariencias constitucionales. Dejaron de hacerlo al enterarse de que a Cristina Fernández no le sería dado eternizarse en el poder. El esfuerzo frenético del gobierno por kirchnerizar la Justicia antes de que sea tarde es un síntoma de debilidad, no de fortaleza, que se ha intensificado al proliferar las denuncias que, de funcionar como es debido las instituciones, pondrían fin al ciclo que empezó hace casi diez años cuando Néstor Kirchner alcanzó la presidencia de la República en base a menos del 23% de los votos, para entonces ponerse a “construir poder” con los métodos consabidos que, en aquel entonces, merecieron el consenso de los traumatizados por el desplome de un par de años antes.

Se entiende: desde hacía muchos años, el temor generalizado a la ingobernabilidad había sido una de las armas más potentes en los arsenales no solo de golpistas militares sino también del peronismo. Huelga decir que los Kirchner supieron aprovecharlo en beneficio propio.

La situación en que se encuentran Cristina Kirchner y sus cortesanos sería menos grave si aún les sonriera la maltrecha economía nacional pero, después de haberlos apoyado, la economía se ha transformado en un enemigo que es cada vez más feroz. Como muchos han señalado con pesar, es en buena medida merced a la inflación y el parate industrial, que la gente se sienta indignada por la corrupción, o sea, por el saqueo sistemático de los recursos del país por una banda que, so pretexto de estar llevando a cabo una especie de revolución popular, se dedica a enriquecerse, apropiándose de tajadas crecientes de la riqueza nacional.

El latrocinio así supuesto no motivaría muchas protestas si existiera la sensación de que todo marchara viento en popa, pero, desgraciadamente para los kirchneristas, este dista de ser el caso. Por el contrario, el país parece destinado a hundirse en una nueva crisis terminal a pesar de que la coyuntura internacional siga siéndole muy favorable.

He aquí una razón por la que el espectáculo conmovedor que nos brindó hace poco Hernán Lorenzino, el hombre abnegado que hace las veces de ministro de Economía, ha perjudicado tanto la imagen del gobierno de Cristina Fernández K. Combinada con la irrupción casi simultánea en una asamblea de accionistas del Grupo Clarín del púgil Guillermo Moreno y su ladero marxista-keynesiano Axel Kicillof, la difusión de la malograda entrevista de Lorenzino con una periodista griega no familiarizada con las costumbres locales, ya que no sabía que en la Argentina kirchnerista es considerado de pésimo gusto exigirles a los funcionarios mencionar la palabra “inflación”, llamó la atención de muchos ciudadanos a la deficiente calidad humana de los integrantes más poderosos del Gobierno nacional.

En el idioma de la griega Eleni Vavitsitslotis la Argentina se ha convertido, una vez más, en una “kakistocracia”, una sociedad gobernada por los peores, una calamidad que no inquietaría a los kirchneristas que, por principio, son contrarios a los esquemas aristocráticos en que se supone que quienes desempeñan dicha tarea son los mejores, pero que no puede sino preocupar a las víctimas en potencia de sus experimentos disparatados.

Lorenzino quiere irse. ¿Y sus compañeros? No extrañaría que por lo menos algunos estuvieran pensando en la conveniencia de alejarse ya de un gobierno cuyos integrantes parecen enorgullecerse de su ineptitud. Tampoco sorprendería que la mismísima Cristina Fernández K, atosigada por un mundo que insiste en caerle encima y por colaboradores que no están a su altura, también compartiera los sentimientos del hombre que, según las pautas de otros tiempos, es el miembro más importante de su gabinete pero que tiene menos prestigio que el responsable de traerle tacitas de café.

La indigencia que duele - Los seres humanos, en una sociedad abierta, pueden elegir si quieren vivir en la pobreza, o salir de ella. Se trata de una decisión personal.

Armando de la Torre dice que “la pobreza es el estado natural del hombre”. Este brillante académico cubano sostiene que todos nacemos pobres y recuerda que todos provenimos de un ser mucho más pobre. En algún lugar de la cadena, un antepasado fue pobre en su sentido más absoluto, sin siquiera poder acceder al sustento más elemental, el de su alimentación.

Si un individuo, por su propia elección, decide no esforzarse, no trabajar, no esmerarse, pues invariablemente será pobre, sus acciones, sus determinaciones, de alguna manera tendrán impacto directo en su futuro.

Es respetable “elegir” la miseria. Lo inadmisible, es que cierto tipo de políticas, que se presentan como salvadoras y generosas, impidan salir de la pobreza y no hagan más que generar las peores condiciones posibles, para aquellos que se lanzan a la aventura de intentar superarla.

De esa posición no se sale con dádivas, ni con “favores”. Se logra sobreponerse con oportunidades, con un abanico amplio de posibilidades. Una sociedad dispuesta a fomentar la movilidad social, es capaz de estimular a cualquier ser humano a hacer lo necesario, para transitar ese camino gratificante de intentar construir el propio futuro.

El tiempo presente nos invita a ver como en muchas naciones, demasiados políticos se han empeñado en lucrar con la pobreza, en hacer un negocio de ella, haciendo uso de la gente, tratando a todos como objetos, manipulando a la sociedad para provecho político y económico propio.

Esos dirigentes necesitan de los más débiles para cumplir sus objetivos. Si los pobres no tuvieran esa condición, si accedieran a más derechos, a mejor educación, a más recursos económicos, pues entonces serían libres y no tendrían que depender del auxilio del estado paternalista.

Muchos de los que dicen combatir la pobreza, necesitan asistir con algo a los que menos tienen para poder así, ufanarse de su generosidad, sensibilidad y benevolencia. Claro que siempre lo hacen con dinero de otros, utilizando los recursos del Estado, o lo que es lo mismo los de todos los ciudadanos, para transformase en verdaderos redistribuidores profesionales de lo ajeno.

Pero también precisan que esa condición de miseria sea definitiva y no transitoria, que la aparente donación que le ofrecen, colabore pero no lo suficiente como para rescatar a nadie de su situación. Esos políticos hacen de esa circunstancia lamentable un negocio. Saben que un ciudadano que depende de ayuda no es libre, y entonces no puede tener criterio propio, ni soñar y mucho menos oponerse a lo que le indica su ocasional líder político.

La pobreza en estos tiempos, se ha transformado en un perverso pero gran negocio para ciertos políticos que recitan discursos simpáticos, pero que practican y promueven las políticas más crueles, esas que condenan a una indigencia interminable y que viene para quedarse en un largo plazo.

Ha hecho mucho más por los que menos tienen la globalización, el capitalismo, la creatividad humana de los individuos y el mismo lucro que cualquiera de estos charlatanes de la política.

El avance de la medicina, de la ciencia y la tecnología se han instalado para siempre, y lo hicieron de la mano de la iniciativa privada, de empresas que han invertido para crear, investigar y progresar. Han aportado acceso al conocimiento y a la información para brindar más educación, más salud y una mayor expectativa de vida en el presente, con la consiguiente y evidente mejora en la calidad de vida.

No han sido los ciudadanos de los países populistas los que han aportado a ese progreso mundial, sino quienes viven en sociedades abiertas y libres, donde la gente puede crecer, soñar, donde las fronteras y los limites los establece cada individuo y no el Estado.

En Argentina, una casta de bandidos disfrazados de políticos, alimenta la idea de que la pobreza es una virtud y la riqueza un defecto. Aplauden a los pobres, intentando convencerlos de las bondades de esa situación, frente a la avaricia, la codicia y el egoísmo de los que más tienen.

Esa fantasía intelectual que impulsan, les permite saquear a los que tienen, haciéndolos sentir culpables de su prosperidad, de su éxito y esfuerzo. Es tal el avance cultural de esas ideas, que los que más se han sacrificado por su progreso, temen divulgarlo, llegando a ocultar sus bienes y disimulando al máximo lo que han obtenido por su propio mérito.

Lo delictivo e inmoral, lo indecente y corrupto es seguir diseñando estrategias que hacen que los pobres sigan siéndolo en forma indefinida. Es así que ese sector de la política que gobierna hace tiempo, continua desplegando su arsenal de maniobras clientelistas, su asistencialismo estructural, alquilando voluntades y conquistando almas coercitivamente, para seguir dando órdenes, a quienes no parecen tener otra alternativa.

El debate pendiente no puede tener como eje a la pobreza sino a la riqueza. Lo trascendente, lo extraordinario, lo elogiable, es generar riqueza. Eso es lo que realmente permite salir de este lamentable estado de pauperización. Como dice Armando De la Torre “La pobreza no tiene causas, la riqueza si.”

No se defiende a los pobres con protección, sino con políticas que estimulen el crecimiento, el progreso, el trabajo y el desarrollo. No son las mal llamadas políticas sociales las que generan futuro, sino una secuencia de ideas serias que apuesten a que ese grupo de ciudadanos abandone definitivamente esa situación, salvo que la elijan voluntariamente.

Es inaceptable ver como sigue avanzando la hipocresía de los que se llenan la boca hablando de los pobres, del trabajo que hacen por ellos, quitándole recursos con impuestos, socavando su autoestima, haciéndoles creer que no sirven para nada y que solo pueden subsistir bajo los favores políticos de los picaros de turno. No sólo esquilman a la sociedad, sino que están decididos a robarle su dignidad y sus sueños. Esa es la indigencia que duele.

Por Armando Maronese


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