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La Bergogliarización de los egoístas, veletas y demás

Por Roberto J. Wilkinson - 23 de Marzo, 2013, 17:16, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

Este país –Argentina-, impulsiva, espontánea, venal y extremista, produce hijos excesivamente arrojados e inteligentes y también papanatas, pero principalmente personas muy egoístas y además veletas.

Este país maniqueísta, hace que unos vean el bien donde está el mal y los otros vean todo el mal, donde no encuentran su propio bien. El gobierno tiene un maniqueísmo propio y está poblado de papanatas (bobalicones, crédulos, badulaques, mentecatos, bobos), y también de egoístas, veletas y de los otros: avispados y serviles; silenciosos y adulones.

En algunos casos, el nombramiento de Jorge Bergoglio como Papa, les significó quedar expuestos y descolocados ante el repentino viraje que tomó la presidente sobre la postura contraria hacia la figura del Cardenal que tanto ella como Néstor Kirchner, ordenaron construir durante tantos años.

Una ley física dice que por la inercia, todo cuerpo tiende a permanecer en reposo (si no hay una fuerza) y a mantener la trayectoria de un movimiento continuo (si la hay); por eso, cuando uno frena bruscamente en el auto, los cuerpos mantienen la trayectoria del movimiento lo cual percibimos como un impulso hacia delante. Por lo tanto, si vamos en un auto a 130 Km. por hora y el conductor frena de golpe, si no llevamos el cinturón puesto salimos despedidos hacia adelante.

El gobierno argentino que lleva a muchos papanatas y a los demás a 130 Km. frenó de golpe y todos esos seres inservibles, salieron por el parabrisas. Eso es más o menos, figurativamente, lo que sucedió con la vuelta en el aire que dio Cristina Fernández de Kirchner, ante el irremediable, irrevocable e incontrolable (para ella) nombramiento de Jorge Mario Bergoglio, como Papa en el Vaticano.

Lo llamativo es repasar la actitud de ella y sus seguidores no desde hace 10 años, sino sólo 20 días atrás, para entender que en el gobierno hay sobredosis de hipocresía y en sus seguidores una miserable obsecuencia, que más allá de las convicciones ideológicas inexistentes en sus vidas, se trasunta en la falsedad elocuente de sus actos, que en situaciones como la sucedida con el Papa Francisco I, salen a la luz.

Antes del día 13 de marzo, el Cardenal Jorge Mario Bergoglio era, para el gobierno y todos sus seguidores el cura opositor, un colaborador de la dictadura, una mancha en la historia argentina, representaba lo peor de la Iglesia cómplice del genocidio y una capa visible de la corrupción eclesiástica encubridora de pederastas y violadores con sotanas.

Desde que Cristina Fernández de Kirchner tuvo que asistir –forzada- a saludar al cura opositor ungido Papa, Bergoglio pasó a ser la esperanza del gobierno que lo reconoce como el “Papa Peronista” y se cuelga de la sotana que hace pocos días Cristina Fernández de Kirchner no quería ver en los pasillos de la Rosada ni siquiera por televisión. Será por eso, quizás, que le negó 14 veces una audiencia al titular de la Catedral que habitaba a pocos metros de su oficina.

Todos conocen el dolor que le produjo a la Presidente, cuando se enteró que su humilde enemigo público ascendía al podio de la Iglesia y que no podía hacer nada para evitarlo, a pesar que lo intentaron y mucho. Gritó, maldijo, vociferó vocablos impropios de una dama, además, presidente de un país y luego cayó en una virtual depresión, que recién a las dos horas canalizó por twiters con un gélido comunicado de oportunidad.

En su discurso en Tecnópolis se mostró austera en las palabras de elogios; su cara era más que elocuente y se cuidó de nombrar al cura opositor, que hacía unas horas la superaba en poder y reconocimiento. La procesión (nunca mejor dicho) iba por dentro.

El ninguneo al que Bergoglio fue sometido por los Kirchner (Néstor primero y Cristina después), ya era una anécdota que a nadie le importaba y menos aún al ex Cardenal. Ni siquiera la infantil ausencia de los mandatarios al Tedeum en la Catedral, para no darle al cura que lo oficiaba un blanco móvil a sus eternos reproches por la política dispendiosa y corrupta que ejercen, o las críticas a la trata de personas, los índices de pobreza, el desempleo, el nivel de inflación, el avance del narcotráfico o las tragedias de Once y de Cromañón.

En ese momento, los papanatas y de los otros que rodeaban a la presidente, encendieron sus motores y como buenos serviles salieron a ser más papistas que el Papa, aunque a Cristina Fernández de Kirchner le quedaran ganas de serlo en la práctica y multiplicaron el mensaje que trasuntaba la cara de su dueña y multiplicaron los panes, traducidos en críticas, ataques, operaciones e insultos, para congraciarse con la presidente que a criterio de los papanatas y demás, se iba a sentir regocijada de que ellos dijeran lo que desde su pináculo, debía callar.

Es así que, tal como lo publicó el diario "Cronista Comercial" el embajador argentino en el Vaticano Juan Pablo Cafiero y el Secretario de DDHH Guido Carlotto, fueron los responsables de distribuir entre "ciertos" cardenales, un dossier sucio sobre Jorge Bergoglio para bloquear su llegada al papado cosa en la que, evidentemente, fracasaron estrepitosamente.

Como no podía ser de otra manera, ese dossier estaba inspirado en la pluma del corregidor moral del periodismo nacional: Horacio Verbitsky, quien el día 14 de marzo calificó como “una vergüenza para Argentina y Sudamérica”, la designación de Bergoglio en el Vaticano y esas letras no podían estar sino contenidas en su correspondiente contexto, el multimillonario diario pautero del gobierno: Página12, tras una entrevista cedida al diario italiano Il Fatto Quotidiano.

La ex integrante de la Conadep, Graciela Fernández Meijide y el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, desestimaron las denuncias y la ex juez Alicia Oliveira fue más allá y acusó a Nilda Garré de saber perfectamente lo que hizo Bergoglio en la época del gobierno militar, intercediendo por otros curas e inclusive cada día aparecen en distintos lugares del mundo (Alemania, España e Italia recientemente), testimonios que desmienten al impoluto Verbitsky.

Estela de Carlotto, una acérrima facturadora oficial de los Derechos Humanos especialmente utilizados por el gobierno, inmediatamente criticó a Francisco I: “Bergoglio representa a esa Iglesia que oscureció la historia en nuestro país”, señaló. “Hasta ahora, la Iglesia no ha hecho un mea culpa ni ha dado un paso para colaborar con la verdad, la memoria y la Justicia“, dijo la defensora de los DDHH y agregó “Que no se olvide de su patria, nos olvidó un poco, no lo escuchamos nunca hablar de nuestros nietos, ni de los desaparecidos”. Y no se privó en recordar “No vino a estrecharnos las manos ni a ofrecer desde la iglesia el apoyo necesario, que todo católico, como somos, esperábamos”.

Hebe de Bonafini (una despreciable rufián) como no podía ser de otra manera, apuntó: “Seguimos teniendo relación sólo con los sacerdotes del Tercer Mundo y sobre este Papa que nombraron ayer, sólo tenemos para decir: Amen”.

Otro pobre de alma y espíritu y rufián además, Luís D’Elía, difundió por las redes sociales una foto apócrifa de Bergoglio con Videla y elaboró sus consiguientes ideas afines a la estupidez crónica que le ha tomado gran parte de su cerebro, no así su bolsillo, desde que se conoció la casa quinta en que vive gracias a los buenos oficios de “militante rentado”.

Héctor Timerman, a quien como Canciller su puesto le demandaba una acción al menos protocolar, fue víctima de un mutismo preocupante. A pesar de estar a su cargo la Secretaria de Culto, que a su vez posee una Dirección General de Culto Católico, no emitió palabra al respecto.

Osvaldo Barone y sus “periodistas rentados” de 6,7,8, “hicieron una mermelada” con la investidura de Bergoglio, recorrieron una inventada “historia negra del nuevo Papa” y lo boicotearon durante todo el cónclave.

Barone escribió: “El Papa es el Papa. Un Gobierno es un Gobierno. El pueblo es el pueblo. Y Dios es Dios. Los pobres tienen dueños y por eso son pobres. Y los ricos son ricos en cualquier religión. Los mercaderes del templo siempre vuelven. Y la Fe a veces es adúltera y ocupa el corazón de genocidas”.

Agustina Kämpfer, una pobre de mente pero periodista y cuyo mayor logro es ser novia del corrupto vicepresidente Amado Boudou (lo cual no es mucho para decir), expresó en las redes sociales: “Un argentino al mando de una institución que encubrió y encubre el abuso sexual de curas, a miles de niños en todo el mundo. Y bueno”.

Carlos Kunkel dijo horas después de conocerse el humo blanco: “Bergoglio cada vez se parece más a quienes conducían la Iglesia argentina en 1954 y 1955, con verdaderas actitudes de pedir a los demás lo que no practica su propia institución” y agregó por Radio América: “Cuando miles de personas trabajábamos para paliar la dramática situación del país, el grupo de obispos que rodean ahora al cardenal Bergoglio se mantuvieron indiferentes”.

Cuando Cristina Fernández de Kirchner se repuso del impacto inicial que le provocó el desastre ecuménico que para ella se había desatado y aún escuchando el aliento revolucionario de los jóvenes idealistas de La Cámpora que le pedían sangre y no rendición, la mandataria se calzó el vestido negro, se hizo hacer un sombrero al tono y partió junto a una abultada comitiva a Italia, para habitar por unos días lujosos hoteles y hacer gastos ilimitados, para que el mundo vea que la humildad de Bergoglio, no es necesariamente compartida por la clase política de su país de origen.

Estupefactos, desacomodados, sin el cinturón de seguridad colocado, cuando la presidente frenó el vehículo en plena ruta, yendo a 130 Km./h, todos los nombrados y muchos más que coreaban satánicas consignas contra el nuevo Papa, sufrieron las consecuencias del fenómeno físico llamado: inercia.

Los papanatas, Verbitsky, Bonafini, Carlotto, D’Elía, Timerman, Barone, Kämpfer y Kunkel salieron por el parabrisas y el shock los hizo enmudecer. Y uno primero, como fue el caso del periodista impoluto de Página 12 y el Canciller después, escribieron una cartita al Santo Padre pidiéndole perdón por haber hablado sin conocerlo. En el caso de Hebe de Bonafini se retiró a cuarteles de invierno, en la creencia que el silencio es salud. O como el caso de Carlotto, cambiando el mensaje sin vergüenza como D’Elía y Kunkel o escribiendo un versito auto referencial (para papanatas), como fue el caso de Osvaldo Barone.

La bergogliarización está actuando en Argentina. El miedo de Cristina Fernández de Kirchner a perder la poca opinión pública que le queda, por enfrentar a un franciscano que detestó vivir en Puerto Madero y transar con la corrupción estatal, por andar en colectivo y usar mocasines gastados, le hizo cambiar el enfoque y detener la marcha así, de golpe, de un frenazo. En el gobierno nadie lo puede disimular. Ahora todos están bergogliarizados pero en realidad, muchos de ellos, son uno verdaderos papanatas y de los otros.

El comportamiento de estos papanatas (y de los otros) verdaderos herejes, es similar. De papanatas no tienen absolutamente nada. Son todos cínicos recalcitrantes, repulsivos hipócritas, mercenarios de la política que, por otra parte, somos los opositores los responsables de que así sigan desgobernándonos.

Mentirosos consuetudinarios, individuos como Kunkel, D’Elia, Carlotto, Bonafini, Barone, Verbitsky y tantos más son indefendibles mitómanos, comenzando por seguir insistiendo que hubo 30.000 desaparecidos siendo apenas 7 mil y pico. Del resto son muchos los que viven muy felices en algún lugar del planeta que no pienso averiguar, porque son seres tan abyectos que no merecen siquiera que se los descubra. Por de pronto, se sabe a ciencia cierta que los hijos de la Bonafini viven en España cómodamente y NO están desaparecidos.

Son muchas las veces que siento asco y vergüenza al ver los rostros de todos los nombrados en la TV. Lamentablemente, estos reptantes siguen respirando y cobrando sumas inmensamente incalculables por sus mentiras.

Y yo me pregunto demasiadas veces: ¿Y los políticos y no políticos opositores, seguirán perdonando a todos tal como hicieron (como para dar un ejemplo) Balbín y Alfonsín?

Por Dr. Roberto J. Wilkinson

 

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