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La izquierda fascista

Por Armando Maronese - 14 de Febrero, 2013, 19:21, Categoría: Opinión

"La práctica de las huelgas ha infundido a los obreros pensamientos más viriles: casi no respetan las hojas de papel en donde legisladores imbéciles escriben fórmulas miríficas, llamadas a afianzar la paz social; sustituyen con actos guerreros la discusión de leyes..."

George Sorel , Reflexiones sobre la violencia (1908)

 

No hay en este título nada que escandalice a la razón. La izquierda, como la derecha, puede ser fascista. Basta y sobra con que adopte sus métodos.

 

Si la izquierda y la derecha se mantuvieran coherentes con sus orígenes, eso no debería ocurrir, por la simple razón de que ambas pertenecen al mundo de las ideas políticas, no del delito. Nacieron en los albores de la Revolución Francesa, para encarnar, respectivamente, el progresismo y el conformismo ante la realidad social.

 

Como izquierda y como derecha, responden a criterios que tienen que ver con una concepción de la vida social que cree, alternativamente, que muchas cosas desagradables de esa realidad pueden -o no- ser cambiadas apelando a la voluntad. Estar o no conformes con esa realidad divide las aguas de estos términos, pero fundamentalmente las divide el criterio o la creencia de que, si nos lo proponemos, podemos modificarlas.

 

El fascismo, en cambio, más que un criterio es un método. Mucho antes de aparecer plasmado en un fenómeno político particular, como el que encarnó Mussolini en la Italia de los años veinte del siglo pasado fue, llamémosle así, una ideología metodológica. Una manera de actuar, de concretar en hechos violentos una concepción que elevaba la violencia, precisamente, a valor absoluto. Mucho antes de la marcha sobre Roma, que instauró el fascismo de Mussolini en Italia, el huevo de la serpiente se incubaba y se desarrollaba en otros movimientos autoritarios autotitulados progresistas o de izquierda.

 

El nudo gordiano estuvo, desde el inicio, donde sigue estando: en los que creen -o no-, que los cambios para mejorar tienen que atenerse a métodos que no desnaturalicen el fin. Porque reafirman una verdad ancestral que acompaña a la aventura humana desde siempre: los métodos prohíjan los fines. Porque no hay fines abstractos, como no hay hijos abstractos. Los "genes", aquí también, "construyen" la creación y la criatura.

 

Los violentos, siempre creyeron -y, lo que es peor, llevaron y llevan, esa creencia a la práctica- en la gimnasia bárbara, de tan antigua, arbórea, de que la violencia es la partera de la historia. Creen que esto es una realidad que siempre tuvo vigencia en el pasado y que la seguirá teniendo, sólo que ahora una nueva raza de "soñadores de un mundo mejor", la utilizará como herramienta para menesteres nobles.

 

Esta idea, que sigue teniendo vida lozana en nuestros días en muchas partes del mundo y en nuestro propio país, estuvo y sigue estando enmascarada. La acción directa, la movilización callejera y piquetera, la huelga salvaje, el desmán, el asesinato, el atentado terrorista, son métodos violentos que no reparan en miramientos de ninguna clase. Es el fascismo visceral que anegó en ríos de sangre el siglo XX entero y hoy amenaza con seguir asolando el siglo XXI. Hoy como ayer, el fascismo de tuétano, de raíz, vive disfrazado y cambiando de disfraz: como Frégoli, aquel actor que salía vestido de una manera determinada por una puerta del escenario y entraba inmediatamente después por la otra, ataviado de otra forma totalmente distinta.

 

Existe, en la naturaleza más recóndita de ciertos seres humanos, para desesperación de los antropólogos bien intencionados, una tendencia admirativa que los retrotrae a los tiempos geológicos. Son los adoradores de la fuerza bruta. Hay en el alma de estos seres un afán de participar en hechos de brutalidad y de barbarie. Una minoría lo hace en forma directa protagonizando actos sangrientos, caracterizados por el Código Penal; la inmensa mayoría, fascinados, idealizando al magnicida. Este mecanismo intelectual de idealización de la barbarie ha teñido el siglo XX. Filósofos, pensadores, poetas, artistas de todo tipo -a través del fascismo propiamente dicho, del nazismo, de un sinnúmero de ideas totalitarias y del comunismo de todo tipo-, han adherido a estos principios y a estos procedimientos.

 

La raza, la nación, los proletarios, el futuro, la revolución, la felicidad han sido los señuelos agitados por los que no eran capaces de confesarse la autenticidad del impulso perverso. Como una especie de prueba de laboratorio o de trabajo práctico docente, para ejemplificar lo que digo, bastaría recordar que en su momento, los adoradores de Mussolini y sus métodos brutales se escudaban en los elogios a los horarios cumplidos y exactos de sus trenes, al secado de los pantanos, a la eliminación de la camorra, a su enfrentamiento con la Inglaterra "plutocrática". Los seguidores de Franco protagonizaron una inmensa inquisición criminal con máscaras religiosas. Contemporáneamente, los comunistas adoradores de Stalin y de sus gulags, se disfrazaban con los progresos de la electrificación, la industrialización, la medicina soviética y con la construcción forzada de un paraíso en la Tierra.

 

Con los fascinados por Mao, bastaba con la inmensa marcha a través de China y con la formidable edificación de otro paraíso. En nuestros días, los embelesados con Castro nos hablan de sus escuelas y de su medicina social. Todos guardan, los de ayer y los de hoy, un silencio mineral ante sus crímenes, que son la otra cara de la misma moneda.

 

La transformación oceánica del Primer Mundo en poco más de medio siglo en sociedades de libertad impecable y de justicia distributiva formidable, los deja indiferentes de la boca para afuera, porque en la realidad concreta de las conductas individuales ninguno de estos fascistas de la izquierda elige o eligió los paraísos elogiados: ni para vivir, ni, mucho menos, para exiliarse. En cambio, se apiñan en las puertas de los consulados de los países verbalmente despreciados.

 

La cultura democrática contemporánea, tiene ciertos presupuestos forzosos sin los cuales no existe ni puede existir. La elección popular de los que van a gobernar y la participación igualitaria de los votantes es fundamental pero, con serlo, no agota el sistema. El sistema es precisamente esto, un sistema. Quiere decir, modos, formas, maneras, de funcionar. La anatomía, en un paralelismo con intención didáctica, son las instituciones, los diversos órganos de poder y su integración conforme a los requisitos constitucionales de un Estado de Derecho. Pero después importa mucho, demasiado, la fisiología. Es decir, su funcionamiento: que las libertades y los derechos individuales -decir derechos humanos es un pleonasmo-, estén impecablemente vigentes. El fascismo visceral desprecia y despreció siempre, con distintos argumentos, toda la arquitectura y el mecanismo de esas libertades democráticas. Sus votaciones, cuando existen, son unánimes porque no pueden permitirse discrepancias.

 

La exaltación al que ejerce el poder, desde la cúspide, también es unánime y tampoco aquí se tolera la discrepancia; incluso, no se tolera la tibieza en la adhesión. La enumeración patentiza la nauseabunda reiteración de lo mismo. Cambia el libreto, según los países y las épocas, pero el procedimiento fascista es similar.

 

La izquierda fascista, después del derrumbe absoluto y total de sus mentidos paraísos, se ha refugiado en el rencor. Sus pasteles rosados se desmoronaron sin disparar una bala (salvo la única excepción de Rumania) y, mucho más aún, sin la intervención mínima de los odiados países democráticos y capitalistas. Pero hay que alimentar ese rencor y vengar ese fracaso. Se refugian en un argumento falaz: la ideología no ha fracasado; han existido errores humanos en la instrumentación del dogma impecable. Las encarnaciones, todas, fueron infernales. En ninguno de sus experimentos se logró libertad, ni dignidad, ni un nivel mínimo mensurable y valioso de vida económica, pero la mentira sigue repitiéndose: los delincuentes que practicaron y practican el crimen siguen siendo, en la propaganda tramposa que persiste, soñadores de un mundo mejor.

 

Algo malo e inexplicable, según ellos, ha pasado en sus mundos idílicos, pero la ideología es perfecta. Se podría aplicar a la izquierda fascista, rencorosa, mala perdedora y contumaz, la anécdota atribuida a un filósofo francés del Iluminismo. Cansado de que los médicos no lograran mitigar sus dolencias, decía: "Cada profesional que fracasa conmigo argumenta que la ciencia médica es irreprochable; que sólo ocurre que él, todavía, no ha encontrado el método para aplicar la panacea. Pero que no debo desesperar porque la ciencia médica es perfecta". Y concluía: "... y aquí estoy, esperando a que esa señora se digne venir a curarme".

Colofón: el francés exageraba. Esa "señora" puede llegar a encontrar el camino de su curación. La izquierda fascista se equivocará y fracasará siempre. No por ser izquierda, sino por ser fascista. El fascismo -de izquierda o de derecha-, no pudo ni podrá aportar nunca una solución aceptable a los problemas humanos. No podrá ser una terapia sanadora porque es una enfermedad incurable y terminal: mata al individuo y corrompe infinitamente a las sociedades.

¿Y por la Argentina como andamos?

Por Armando Maronese

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