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Benditos deberes

Por Roberto Benzo - 11 de Febrero, 2013, 16:26, Categoría: Opinión

Esta mañana, como todos los días, millones de argentinos saldremos a las calles y a las rutas de nuestro extenso país. Cometeremos centenares de miles de infracciones de tránsito, nos enojaremos con otros conductores que no respeten nuestras prioridades y en el supuesto, ciertamente nada probable y más producto de la mala fortuna que de un auténtico y efectivo control, de que seamos infraccionados por nuestras inconductas, un número importante de compatriotas intentarán bailar la danza de la corrupción, ya sea por acción o reacción, con el funcionario público actuante. Naturalmente, la culpa la tendrá siempre el otro.

Con dolorosa ironía suelen decir en el extranjero que los argentinos condenamos terminantemente todas las formas de corrupción… de las que nosotros no formemos parte.

El ejemplo del tránsito puede replicarse en otra multitud de actitudes similares que, quien sabe, comenzaron con los primeros años escolares. "Aprobé". Yo aprobé. "Me bocharon". Otros me bocharon. Como si los logros y los fracasos fueran de distintas personas. Y es que en cada uno parecen convivir dos individuos diferentes: uno, poderoso, sujeto de derechos y otro, raquítico, que es el sujeto de deberes.

Así somos - De tal manera que será bueno repasar algunas notas que terminan por caracterizarnos.

a) El desprecio de lo público. En lugar de pensar que los bienes públicos son de todos, tendemos a creer que lo público es de nadie y que por lo tanto se puede hacer con ello lo que se nos antoje. Está puesto allí para abusarlo, pintarrajearlo o destruirlo.

b) La falta de respeto a la ley. En general y más marcadamente en determinados sectores sociales la ley es una referencia desconocida y, en el "mejor" de los casos, sólo existe para ser violada. Ciertamente el respeto a la ley no está de moda. Claro que tampoco se previene y sanciona su incumplimiento como es debido.

c) La ausencia de palabra. Lejanos tiempos aquellos en que un apretón de manos valía más que cien firmas. ¿Cuánto hace que se perdió la confianza en el cheque como medio seguro de pago? Prácticas como ésta han terminado por poner en entredicho la amistad social.

d) El espíritu tramposo. Pariente cercano de la ausencia de palabra, consiste básicamente en engañar al otro. A manera de ejemplo los "ñoquis", los evasores de impuestos, los "piolas", "vivos" y "cancheros" de toda laya. Jamás pasar por "gil", "otario" o "chabón".

e) La ley del menor esfuerzo. El trabajo chapucero y mal hecho. "El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo", decía un viejo refrán. O, en las palabras del inolvidable "Cambalache": "Que es lo mismo el que labura/día y noche como un buey/que el que vive de los otros/que el que mata, el que cura/o está fuera de la ley". Así es común escuchar a un amigo decir orgullosamente a otro: "Me conseguí un trabajo de lo más piola. No hago nada".

f) La defensa fanática del bien particular. Y es que algunos sectores y muchas personas de tanto mirarse el ombligo, han terminado por no ver más allá de sus narices. A renglón seguido deberíamos acotar que generalmente todo hecho en menoscabo del bien común.

Autoridad devaluada - Como producto de lo anterior, nada nos asombrará constatar la virtual destrucción de la noción de autoridad. Los padres, los maestros, los médicos y los policías, depositarios desde tiempos inmemoriales del respeto personal y comunitario, han quedado completamente devaluados y resultan, duele decirlo, sujetos descartables contra los que todas las maneras de mala educación y hasta de violencia son posibles.

Es por eso que parece más urgente que nunca, enfatizar que cada derecho tiene su correspondiente obligación. Una educación que sólo enfatizase los derechos estaría yendo por mal camino, y mucho de eso es lo que nos ha estado pasando en los últimos años. Como en el año 1948 el mundo se alegró con una bienaventurada "Declaración universal de los derechos del hombre", quien sabe sea este el tiempo de elaborar una "Declaración universal de los deberes del hombre".

Y es que un catálogo elemental de los deberes ciudadanos, no debería omitir los deberes menores, como cuidar la limpieza de los espacios públicos, ser buen vecino, hacer bien el propio trabajo; los deberes mayores, por ejemplo abonar en tiempo y forma los impuestos y servicios, y controlar su correcta aplicación y los deberes máximos, entre ellos votar a las autoridades y promover su enjuiciamiento cuando corresponda.

Hace unos años, un documento del episcopado argentino sintetizaba la cuestión de una manera magistral: "…somos 37 millones de habitantes, pero no logramos ser 37 millones de ciudadanos. El habitante usufructúa de la Nación y sólo exige derechos. El ciudadano la construye porque, además de exigir sus derechos, cumple con sus deberes".

 

Por Roberto Benzo

Abogado-Docente Universitario (UNMdP)

 

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