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Una sensación llamada odio

Por Armando Maronese - 28 de Septiembre, 2012, 1:52, Categoría: Opinión

La sociedad argentina asiste a sucesivas manifestaciones de resentimiento que lastiman, degradan e irritan. Esas sensaciones producen crecientes y peligrosas expresiones y una de esas expresiones se llama odio. La sociedad argentina comienza a odiar. Se vio en el último cacerolazo y en lo sucedido, en Nueva York, frente al hotel Mandarin Oriental, donde se aloja la presidente argentina Cristina Fernández de Kirchner. En Nueva York hubo cacerolazo.

El origen latino de la palabra odium, entendida como "conducta detestable", testimonia la diversidad de posibles males que este sentimiento puede generar o alimentar cuando invade a una persona o a una sociedad. Motor de toda suerte de crímenes; razón de ser de muchos abusos, acosos, desprecios, y, además, combustible de los prejuicios y alimento de la discriminación y la intolerancia, el odio tiende a volverse peligrosamente incontrolable.

Esta aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea intensamente, tiene muchas veces un componente altamente irracional y por lo tanto, impulsivo, que se dispara fácilmente sobre los espíritus predispuestos. Las situaciones cotidianas, tan unidas últimamente a la insatisfacción ciudadana por razones que van desde las enormes complicaciones para desplazarse, pasando por el grado de exposición frente a la creciente inseguridad, por sólo nombrar algunas, son campo propicio para que la animadversión prospere y se desarrolle.

Entre simples vecinos que no pueden limar sus diferencias; o entre desconocidos en un atolladero vehicular; entre un chofer y un pasajero de colectivo, como ocurrió recientemente con graves consecuencias, las reacciones que se disparan son de una virulencia ominosa y creciente. Ante el menor atisbo de conflicto, la mecha se enciende y el enfrentamiento se dispara peligrosamente.

Desde esta misma perspectiva es desgraciadamente larga la lista de quienes, con su acción o sus palabras, han hecho públicos en los tiempos recientes sus odios y rencores personales. Tal es el caso del banquero menemista Raúl Moneta, tenaz perseguidor de sus socios de ayer, con un claro ánimo revanchista. O el del periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, quien en una reprobable reacción frente al comentario de un libro publicado en el país vecino con revelaciones sobre su pasado, enarboló inicialmente su defensa haciendo referencia a una "merecida" enfermedad sufrida por el periodista Jorge Lanata.

También son ya una repudiable costumbre los duros improperios proferidos por Hebe de Bonafini en distintas oportunidades, en clara incitación a la violencia que parece trasuntar altas dosis de un odio profundo, o la trompada de Luis D'Elía a un ruralista entrerriano, que configuran otros concluyentes ejemplos. El cantante Fito Páez disparó nuevamente su diatriba, primero contra los ciudadanos de Buenos Aires y más recientemente contra la dirigencia de Pro, con palabras que estuvieron cargadas por los resentimientos. El ex ministro de Trabajo de la Alianza Alberto Flamarique, acusado del pago de coimas en el Senado, admitió últimamente en su declaración indagatoria que siente "un odio inconmensurable", que duda poder controlar. Y en estos días, el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, se refirió a la pacífica y multitudinaria marcha del pasado 13 de septiembre como un presunto estallido de "odio, insulto y agresión", poniendo en evidencia su distorsión perceptiva, que tan sólo parece describir lo que acontece en las propias filas del kirchnerismo.

Dirigentes, empresarios, periodistas o sindicalistas, identificados indistintamente con una u otra facción, al dar rienda suelta a sus antipatías sólo contribuyen a caldear los ánimos, venteando el resentimiento y generando un humor social cada vez más nocivo. Producto de frustraciones, fracasos y resentimientos, las odiosas confrontaciones lastiman, degradan e irritan a ambas partes. Aunque, también hay que decirlo, a veces eleven el rating de populares programas como el de Marcelo Tinelli, que sacan partido de los antagonismos y de las peleas entre sus participantes, contribuyendo a brindar otro pésimo ejemplo a toda la sociedad. Las redes sociales, estrellas del momento, se han sumado también, como una suerte de herramienta de choque utilizada para repartir insultos, bajezas y diatribas contra quienes piensan u opinan distinto.

"Los devoran los de afuera", rimaba José Hernández cuando advertía sobre las nefastas consecuencias de las peleas fraternas. Como sociedad, deberíamos reconsiderar hoy la vigencia de estas sabias palabras y rescatar el inestimable valor de la unión y de la reconciliación de todos los argentinos.

Es tiempo de dejar de sembrar y alimentar odios y resentimientos desde el poder. De saber rescatar el valor de la compasión. De no seguir a los apóstoles del odio y la violencia, que procuran incansablemente dividir y enfrentarnos a los argentinos. Sin por ello dejar de defender los valores centrales en los que creemos.

Es hora, asimismo, de buscar la unión de nuestra nación, a partir de un ideal común que promueva el diálogo, el respeto y la tolerancia. Actitud que debe enriquecerse en la diversidad y que no puede asociarse a ningún discurso único, ni permitir que se silencien las disidencias. De trabajar en conjunto por el bien común, respetando a todos y a cada uno en la fertilidad y la riqueza que hay en aquello que nos hace diferentes e irrepetibles. Debemos, en síntesis, aprender a conjugar el verbo "contemporizar". Continuar subidos al tren de la confrontación sólo conducirá a nuestra castigada sociedad al fracaso.

En su reciente viaje al Líbano, el papa Benedicto XVI dijo: "Quien quiere construir la paz debe cesar de ver en el otro un mal a eliminar", agregando que "no es fácil ver en el otro una persona a respetar y a amar y, no obstante, debe ser así si se desea construir la paz y vivir en la fraternidad". Palabras sabias, ciertamente, que también se aplican al particular momento histórico que vivimos.

Desde el gobierno de Cristina Fernández K., surgen crecientes y peligrosas expresiones de odio. El clima revanchista está alejando la reconciliación histórica que nuestra sociedad necesita para abocarse, unida y en paz, a la construcción del futuro.

En cualquier sociedad, cuando las expresiones de odio a nivel individual o colectivo se vuelven frecuentes, acarrean graves consecuencias. Entre ellas, la xenofobia, el racismo, el antisemitismo, la intolerancia, la agresividad constante y una enfermiza actitud de hostilidad permanente como estado de ánimo social. Esas reacciones se acendran peligrosamente y se contagian cual alud que amenaza con arrasar con la paz y la tranquilidad de la comunidad.

Tan primario y asociado a lo instintivo es el fenómeno antes referido, que los seres humanos podemos construir pretendidas racionalizaciones para así fundar nuestros rencores, buscando justificarlos. Como si hacerlo fuera imperioso para bajar la cuota de culpa o responsabilidad que conllevan. O simplemente los expresamos sin mordazas, clara y vivamente.

Los malos ejemplos se transmiten verticalmente, son los mayores quienes establecen patrones para los niños, fenómeno que se repite también dentro del conflictivo y estratificado mundo de los adultos. Cuando quien ejerce la autoridad, cualquiera sea el ámbito no promueve el diálogo, la comprensión y la sana convivencia, el discurso se puebla de expresiones que estimulan la provocación y los enfrentamientos.

"Divide y reinarás" ha sido una vieja proclama cuya efectividad, desde las épocas del Imperio Romano, adquiere hoy entre nosotros una vigencia inusitada. Basta con escuchar los discursos presidenciales que cada vez con mayor frecuencia abusan de la cadena nacional: lejos de llamar a la pacificación y a la unidad, el Poder Ejecutivo insiste en resaltar las antinomias, promueve los enfrentamientos y las divisiones clasistas cuando no genera, con inagotable creatividad, otras nuevas. La dialéctica de la confrontación está instalada en el vértice más alto del poder y funciona como usina de una nefasta espiral.

Esta versión kirchnerista del peronismo, ha sepultado el consejo de su fundador en el sentido de que "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino", pues basta observar cómo la confrontación política estalla en el seno de una misma familia o entre amigos. Cualquier expresión de disidencia puede ser inmediatamente denostada y castigada con calificativos degradantes y peyorativos con los que sólo se ahondan las divisiones entre los argentinos.

Muchas veces, es el propio oficialismo el que arbitrariamente edifica las barreras y define quién queda a cada lado de ellas. Al hacerlo no escatima mala fe y atenta así contra la posibilidad del diálogo y de los consensos que son imprescindibles para el desarrollo de cualquier sociedad. En el registro oficial, los "enemigos" están siempre al acecho y el objetivo único es estrechar filas para demolerlo. Este sentimiento tan destructivo se adueña irremediablemente de la conducta de sus mentores y se esparce como una peste por todo el entramado social. El choque dialéctico estalla. La derecha contra la izquierda, el rico contra el pobre, el liberal contra el populista, los provincianos contra los porteños, los civiles contra los militares, el que fue a la marcha y el de la contramarcha, integran un inventario interminable de enrolamientos para la discordia.

El triunfo del más fuerte puede destronar tanto a la razón como a la verdad y a la justicia. Quien se erige en vencedor se siente con el derecho de infringir las normas y violentar las instituciones. Desde su sitial, la historia adquiere otras aristas y, muchas veces, deja lugar al relato torcido, puesto al servicio de explicar aquello que se quiere justificar.

El resentimiento es no sólo uno de los principales responsables de los graves desencuentros de ayer, de hoy, de mañana, sino el motor de las venganzas y del presente clima revanchista, que alejan cada vez más la reconciliación histórica que nuestra sociedad precisa para dejar de mirar hacia el pasado y abocarse, unida, a la construcción del futuro que nuestros hijos merecen.

No hay lugar para la indiferencia cuando la salud de la República está en juego, y preservar la paz es un imperativo. Los dirigentes, no sólo los políticos de nuestro país, cualquiera sea su ámbito de acción, deberían preocuparse y ocuparse de encontrar la forma de abandonar los enfrentamientos estériles que sólo nos alejan del diálogo enriquecedor y del sano intercambio, necesarios para la paz social y el crecimiento ordenado de una nación.

Desde el oficialismo, cierto periodismo llamado militante y hasta las barras bravas del fútbol, por poner sólo algunos ejemplos, están abocados a redoblar las apuestas inyectando a la sociedad altas dosis de ira y resentimiento. Ante esto, muchos asisten impertérritos al triste espectáculo en silencio y temerosos de alzar sus voces para cortar el círculo vicioso.

Mientras tanto, el ciudadano común asiste al bombardeo del odio y sufre a la manera de un rehén sus consecuencias. La suerte de nuestro país está en manos de todos. Debemos cambiar de rumbo y promover la tolerancia republicana, condenando cualquier radicalización, pues en ella anida el combustible de la discordia y la desunión.

Negociar, ceder y buscar mínimos denominadores comunes son los grandes desafíos de la hora. Es tiempo de acortar las distancias, de bajar los decibeles de la confrontación y de marchar unidos en procura de un horizonte de justicia y paz para todos. Ojalá que toda nuestra clase dirigente entienda que no habrá para ellos, en la historia, mejor mérito que éste.


Por Armando Maronese

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