Calendario

<<   Agosto 2012  >>
LMMiJVSD
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31   

Archivos

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog

Origen y evolución del idioma español - Parte 2

Por Armando Maronese - 30 de Agosto, 2012, 2:04, Categoría: Gramática - Idioma

Historia del español de América - Cuando Colón llegó a América en 1492, el idioma español ya se encontraba consolidado en la Península, puesto que durante los siglos XIV y XV se produjeron hechos históricos e idiomáticos que contribuyeron a que el dialecto castellano fraguara de manera más sólida y rápida que los otros dialectos románicos que se hablaban en España, como el aragonés o el leonés, además de la normalización ortográfica y de la aparición de la Gramática de Nebrija; pero en este nuevo mundo se inició otro proceso, el del afianzamiento de esta lengua, llamado hispanización.

La América prehispánica se presentaba como un conglomerado de pueblos y lenguas diferentes, que se articuló políticamente como parte del imperio español y bajo el alero de una lengua común.

La diversidad idiomática americana era tal, que algunos autores estiman que este continente es el más fragmentado lingüísticamente, con alrededor de 123 familias de lenguas, muchas de las cuales poseen, a su vez, decenas o incluso cientos de lenguas y dialectos. Sin embargo, algunas de las lenguas indígenas importantes -por su número de hablantes o por su aporte al español- son el náhuatl, el taíno, el maya, el quechua, el aimara, el guaraní y el mapuche, por citar algunas.

El español llegó al continente americano a través de los sucesivos viajes de Colón y, luego, con las oleadas de colonizadores que buscaban en América nuevas oportunidades. En su intento por comunicarse con los indígenas, recurrieron al uso de gestos y luego a intérpretes europeos o a indígenas cautivos para tal efecto, que permitiesen la inter comprensión de culturas tan disímiles entre sí.

Además, en varios casos, los conquistadores y misioneros fomentaron el uso de las llamadas lenguas generales es decir lenguas que, por su alto número de hablantes y por su aceptación como forma común de comunicación, eran utilizadas por diferentes pueblos, por ejemplo, para el comercio, como sucedió con el náhuatl en Méjico o el quechua en el Perú.

La influencia de la Iglesia fue muy importante en este proceso, puesto que realizó, especialmente a través de los franciscanos y jesuitas, una intensa labor de evangelización y educación de niños y jóvenes de distintos pueblos mediante la construcción de escuelas y de iglesias en todo el continente.

Sin embargo, aquellos primeros esfuerzos resultaron insuficientes, y la hispanización de América comenzó a desarrollarse sólo a través de la convivencia entre españoles e indígenas, la catequesis y -sobre todo- el mestizaje.

Pero no sólo la población indígena era heterogénea, sino que también lo era la hispana que llegó a colonizar el territorio americano, pues provenía de las distintas regiones de España, aunque especialmente de Andalucía.

Esta mayor proporción de andaluces, que se asentó sobre todo en la zona caribeña y antillana en los primeros años de la conquista, habría otorgado características especiales al español americano: el llamado andalucismo de América, que se manifiesta, especialmente en el aspecto fonético. Este periodo, que los autores sitúan entre 1492 y 1519, ha sido llamado -justamente- periodo antillano, y es en él donde se habrían enraizado las características que luego serían atribuidas a todo español americano.

En el plano fónico, por ejemplo, pérdida de la d entre vocales (aburrío por aburrido) y final de palabra (usté por usted, y virtú por virtud), confusión entre l y r (mardito por maldito) o aspiración de la s final de sílaba (pahtoh por pastos) o la pronunciación de x, y, g, j, antiguas como h, especialmente en las Antillas, América Central, Colombia, Venezuela, Panamá o Nuevo Méjico, hasta Ecuador y la costa norte del Perú.

Por otra parte, los grupos de inmigrantes de toda España se reunían en Sevilla para su travesía y, de camino hacia el nuevo continente, aún quedaba el paso por las islas Canarias, lo que hace suponer que las personas comenzaron a utilizar ciertos rasgos lingüísticos que, hasta hoy, son compartidos por estas regiones, lo cual se ha dado en llamar español atlántico, cuya capital lingüística sería Sevilla -opuesto al español castizo o castellano- con capital lingüística en Madrid, y que englobaría el andaluz occidental, el canario y el español americano, aunque otros investigadores sostienen que sólo abarcaría, en América, las zonas costeras.

El primer vagido del castellano - De los lejanos días de la escuela me quedó el atavismo de la celebración del día del idioma español el 23 de abril. En ese día siempre hacíamos algo por inculcar el amor a este código lingüistico, medio de comunicación hoy para más de 400 millones de habitantes del incierto planeta tierra. Ya salidos de la escuela y metidos en Internet, encuentro lugares y campañas para que el español se consolide como uno de los idiomas principales de la red.

Pues bien, para seguir con la costumbre, en los alrededores de este 23 de abril de 2012, mi inquietud fue: ¿Dónde y cuándo encontramos los primeros vestigios del español? Nos tenemos que referir a los testimonios escritos, sin poder determinar cuántos años o generaciones se necesitaron para que de la oralidad se trasladara al papel la primera oración que se pueda catalogar como propiamente española. Y sin posibilidad de conocer los ritmos de producción de la cultura de hace mil años, sí podemos afirmar que éste era lento, por lo que entre la escritura y la expresión popular pudieron transcurrir generaciones. Además, sólo retrospectivamente lo podemos percibir, porque no me imagino a ningún villano diciendo: hoy pronuncié mi primera frase en español. Pero me fui por las ramas.

Al primer interrogante, la respuesta tiene consenso: San Millán de la Cogolla, norte de España, región de La Rioja. Monasterio Benedictino. El cuándo es más problemático, si se quiere fechar. Pequeño pueblo apacible, monasterio alejado del trasegar turístico, pero mina invaluable para los arqueólogos del idioma. En 1923 se estudiaron los primeros códices, con los cuales se afirma que el idioma tuvo su primera expresión escrita conocida a finales del siglo X o principios del XI.

Dice Martín Alonso (Evolución sintáctica del Español. Madrid: Aguilar, 1962): "Tanto en las anotaciones emilianenses (Glosas monacales de San Millán de la Cogolla conocidas como Glosas emilianenses) como en las silenses (Glosas de Silos en Burgos), la huella del español se reduce a palabras sueltas o breves frases. Sólo una vez, en una de las glosas de San Millán, hay un párrafo del que podemos decir que tiene ya morfología española y estructura sintáctica."

En un sermón de San Agustín (folio 70 r) un monje intercala al texto latino palabras arcaicas españolas tales como ... De repente aprienta la devoción dentro del pecho y, entusiasmado con la última frase latina, la amplifica hasta doce líneas cortas añadiendo a la traducción lo que le sale del alma. El primer vagido de nuestra lengua española que habla en frase seguida es una plegaria temblorosa y humilde".

Ramón Menéndez Pidal nos transcribe esas líneas (Orígenes del Español. Madrid:Espasa-Calpe, 1956):

"Karissimi quotiens cumque ad eclesiam uel ad

sollemnitatem martirum conuenti fueritis.... adjubante

domino nostro Jhesu Christo cui est honor et jmperium

cum Patre et Spiritu Santo jn secula seculorum : Cono

aujtorio de nuestro dueno. dueno Xristo. dueno salbatore

qual dueno get. ena honore. e qual dueno tienet .ela

mandatjone. cono patre cono spiritu sancto enos sieculos.

de lo siecu los. facanos deus omnipotes tal serbitjio fere.

ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen"

La fundación de la Real Academia - Don Juan Manuel Fernández Pacheco era un aristócrata español con gustos raros entre los de su especie en aquellos años. Leer y escribir, por ejemplo. Tenía además interés por las artes y las ciencias. Para no aburrirse, durante los meses de verano comenzó a reunir en su casa a amigos suyos. Sin mayor protocolo, desde el mes de agosto de 1713, don Juan Manuel y sus contertulios empezaron a discutir sobre letras, ciencias y artes.

Todos admiraban lo que la Royal Society de Londres y la parisina Académie Royale des Sciences llevaban haciendo desde hacía 40 ó 50 años. Se les ocurrió que otro tanto podría hacerse en Madrid. Sin embargo, para formar cualquier academia dedicada a las artes y las ciencias, había que empezar por darle lustre a un medio sin el cual poco se iba a poder escribir de ningún tema: la lengua. Era prioritario fijar la ortografía -que estaba muy descompuesta-, organizar la gramática y compilar un gran diccionario donde cada palabra viniera respaldada por ejemplos de autores notables. Con esto, las discusiones derivaron hacia los asuntos del idioma. Así que la tertulia, que iba en principio para "academia total", se quedó en academia de la lengua. Cuando el señor Fernández Pacheco (todavía no he dicho que era marqués) le presentó la idea a Felipe V para que la apadrinara. El rey le dijo que lo hacía con mucho gusto, es más, le dijo que su real persona venida de la culta Francia ya se le había ocurrido -antes de que un marqués español se lo pidiera-, que algo así tenía que fundarse en sus reinos. Era puro protocolo, claro está. La verdad es que el rey, esos días de octubre de 1714, cuando estampaba su firma fundacional en las actas académicas, como casi todos los días de su vida, sólo hablaba francés. Desde ese año nos referimos a la Real Academia Española, Academia Española, la Academia (por ser la de más veteranía) o la Española a secas. No añadan de la lengua, que no les suele gustar a sus integrantes.

Si el rey venido de Francia estaba de acuerdo con apadrinar aquello, los notables castellanos no lo estaban. El Consejo de Castilla ponía todas las trabas posibles a la fundación de una academia, donde casi ningún miembro era castizo castellano. Los consejeros eran más papistas que el Papa. Sólo veían ofensas: para empezar, el marqués y padre de la idea académica era navarro; el censor de la corporación, Folch Cardona, era catalán; en cuanto a los otros... ya se encargaba de darles publicidad el fustigador Luis Salazar y Castro: "Venirse un italiano a hacer en Madrid el papel de corrector de la lengua castellana es un empeño temerario. Atreverse un gallego o maragato, con un acento más áspero y más duro que su tierra, a enmendar las expresiones cortesanas, es cosa que merece carcajada. Y pensar que un andaluz o extremeño han de ser compadres de los castellanos, y los han de pulir el lenguaje es una de las aprensiones más ridículas". Como puede suponerse, don Luís Salazar nunca fue académico, aunque por su erudición no hubiera desentonado en la Docta Casa.

En 1771, con la publicación de la Gramática, la Academia había concluido la tarea que se había fijado hacía poco más de medio siglo: tres grandes obras normativas que dieran prestigio al español y lo modernizaran. A la Gramática precedió en 1741 la Ortografía y a ésta, entre 1726 y 1739, el Diccionario de Autoridades. Algunos criterios fijados en aquellos años siguen vigentes hoy, como las reglas de la b y la v, la escritura de c y z, (decidieron eliminar la ç de un plumazo) y si ahora decimos y escribimos doctor, efecto y significar en vez dotor, efeto y sinificar -como decían y escribían Lope de Vega, Quevedo o Calderón-, es también por la ocurrencia académica de 1726.

En 90 años de reformas, los que van de 1726 a 1815, los académicos despojaron la escritura de colgajos etimológicos, la hicieron más sencilla y práctica; además, dejaron trazada la senda para nuevas simplificaciones cuya dificultad técnica es muy poca. Su mayor obstáculo estaba en que los académicos se decidan a ejecutarlas y se pongan de acuerdo en cómo y cuándo... y todos estaremos dispuestos a aceptar sus criterios. Los hablantes del francés, inglés o alemán se complican inútilmente la vida escribiendo cosas como Philosophie, theatre, assassin o approbation, que el hispanohablante escribe filosofía, teatro, asesino y aprobación, ahorrándose la ph, la th, la ss, y la pp; es más, lleva ahorrándoselas 150 años por lo menos.

La oportunidad de estas reformas quizá no ha sido advertida en toda su trascendencia. A partir de 1823, algunos americanos, al calor de la independencia política que se alumbraba, empiezan a escribir y difundir por sus países ortografías propias más simplificadas aún, que apartaban el uso criollo del peninsular. Vencido aquel primer impulso y reconocido el inigualable valor de una escritura conjunta, a la hora de rectificar y acatar la norma común hispánica, el hecho de que la ortografía académica fuera ya de por sí sencilla, allanó el camino de vuelta para quienes habían predicado el cisma ortográfico. Retornaron sin mayores escollos y el español no se partió en varias normas ortográficas, que es la primera piedra para diferenciar toda la norma lingüística. Considerado el caso, es fácil advertir por cuántos azares y por cuántos filos de navaja hacen pasar los hablantes a sus lenguas.

Cuando Carlos III inicia sus planes escolares en el decenio de 1770, el español ya ha resuelto los problemas más espinosos de su moderno proceso normalizador. Tiene un inventario léxico que es la envidia de Europa; inmediatamente va a aparecer otro no menos notable de Estaban Terreros y Pando con voces científicas y sus correspondencias latinas, italianas y francesas; tiene una ortografía sencilla y tiene una gramática moderna. Todos los saberes que recorren Europa en inglés, francés, alemán, italiano, latín, se pueden verter al español sin más dificultad que encontrar un traductor fiable. Como éstos no escasean, las enciclopedias, tratados y estudios de cualquier materia se imprimen con generosidad. Si los españoles no son campeones de las ciencias, por lo menos no están desinformados. Tienen, incluso, gente meritoria como Juan Bautista Aréjula que, él solo, es capaz de decirle a Lavoisier, Fourcroy o Berthollet que, en determinados aspectos de la moderna terminología físico-química, no están muy acertados. Pero la hegemonía francesa en dicho campo era indiscutida. Para que se hagan una idea: si hoy escribe todo el mundo los derivados de kilo-, mil, con k, es por el "error" de sabios franceses que no transcribieron correctamente con qu, la palabra griega de la que procede la voz "mil". Se puede escribir etimológicamente así: quilómetro, pero ¿Alguien lo hace? Mejor, no intentarlo.

Los franceses, que en el siglo XVIII copan con los británicos el mundo de las ciencias positivas y se pelean por sus aplicaciones comerciales, no le hacen mucho caso al español. Pero Aréjula tenía razón. Era más correcto llamar arxicayo --como él quería-, a lo que gracias a los errores de los sabios franceses todos llamamos hoy oxígeno. Ya daba igual. Un campo de gran importancia para dar cuerpo y peso a cualquier lengua, como es el de la creación científica y técnica, se escapaba irremisiblemente de aquel remozamiento general que la Academia había llevado a cabo con el español. En ese preciso terreno, la ascensión del francés, el alemán y, sobre todo, el inglés, resultaba imparable. La mitad de lo que la revolución industrial iba a traer en novedades científicas y técnicas entre 1750 y 1900 lo trajo en esa última lengua. A finales de este periodo, en Estados Unidos se producían más manufacturas de objetos modernos, patentes y novedades científicas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas y era el país que, sólo él, acaparaba la cuarta parte de toda la riqueza mundial. Las circunstancias políticas, económicas y comerciales que se han ido gestando desde mediados del siglo XX, no han hecho sino darle el espaldarazo al inglés para convertirlo, como quien dice, en la lengua planetaria. Quizá ni un tipo tan inteligente como Aréjula podía sospechar en su día tanta bonanza.

…/// continúa en parte 3.

Por Armando Maronese

Permalink :: Comentar | Referencias (0)

Blog alojado en ZoomBlog.com