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Cristina y sus 3 chanchitos

Por Carlos Salvador La Rosa - 20 de Julio, 2012, 2:03, Categoría: Opinión

Los 3 chanchitos (fábula del siglo XVIII, famosa por la versión de dibujos animados de Walt Disney, en 1933; y luego la versión de Looney Tunes).

"Había una vez tres cerditos que eran hermanos -Hugo, Daniel y Amado- y se fueron por el mundo a conseguir fortuna. El más grande les dijo a sus hermanos que sería bueno que se pusieran a construir sus propias casas para estar protegidos. A los otros dos les pareció una buena idea, y se pusieron manos a la obra, cada uno construyó su casita. (...)"

"Porque en realidad los chanchitos nacen con su mamá, allá en el primer lugar, que es la maternidad de chanchitos. Allí están 7 días, hasta que completan los 21 kilos aproximadamente y... pasan a dos lugares más antes de llegar al productor y esto produce estrés a los chanchitos. ¿Por qué? Porque pelean; me dicen que cuando son destetados y los llevan al primer lugar comienzan a pelear entre ellos para ver quién tiene la jefatura... La verdad que nada me pareció tan cercano a nosotros los humanos... veíamos cómo los chanchitos peleaban, pese a que cada uno tenía su teta.

Porque es como dice el refrán: "Cada lechón en su teta", pero sin embargo se peleaban entre ellos por cuestiones de liderazgo. Así que, como verán, los chanchitos son muy parecidos. Hay unos chanchitos más lindos, otros más feos, pero bueno, todo chanchito está feliz."

Los anteriores son párrafos del discurso de la Presidente Cristina Fernández en San Luís, 27 de junio de este año.

El día anterior al paro de los camioneros Cristina alcanzó los límites máximos de su furia pasional, diríamos que más bien los excedió. No habló de vida sino de muerte buscando -injustamente-, culpables políticos por unos gendarmes fallecidos accidentalmente en el sur del país e incitando -irresponsablemente-, al temor al caos diciendo que no enviaría fuerzas de seguridad para garantizar el orden en la movilización convocada por Hugo Moyano.

La señora estaba enardecida, herida en su amor propio (que para ella es sinónimo de poder propio) cuando vio que bastó que se ausentara unos días del país para que todo se desmadrara (o sea, que se quedara sin madre).

Sus tres crías quedaron solas y la cosa peor no pudo ser. El chanchito Boudou quedó a cargo de la Presidencia y entonces el chanchito Moyano se dio un festín ante la inexistencia de autoridad (y de todo) que mostró su hermanito. Para colmo, el tercer chanchito, Scioli, suplicaba dinero a la mamita para que no le estalle Buenos Aires mientras jugaba al fútbol con su hermano Huguito, queriendo quedar bien a la vez con la mamá de los tres y con el chanchito réprobo.

Felizmente, Cristina es mujer con todas las letras y entonces, luego de descargar sus sentimientos, se dio cuenta de que se excedió en sus odios. Entonces recuperó su rol de reina madre y ya no despotricó contra sus hijos sino que se dedicó a explicarles diciendo que en el fondo no había nada de malo en que cada chanchito peleara por su espacio de poder, y que ella se encargaría de que todo chanchito fuera feliz, tanto los lindos como los feos, los buenos como los malos, que al fin y al cabo todos son sus crías.

No obstante, Cristina está desilusionada de sus bebés y cada vez los siente menos merecedores no sólo de su herencia sino incluso de compartir las joyas del reino. No le gusta que cada pibe siga su propio camino en vez de seguir el camino materno.

Al pibe que mandó a la calle no le perdona que pretenda hacerla suya, cuando en realidad ella lo mandó allí para garantizar que la calle fuera de toda la familia, que expulsara de ella a todos los chicos malos y la pusiera, con sus camioncitos, al servicio del reino. Pero Huguito armó allí su propio feudo.

Al pibe que mandó al barrio no le perdona que haya querido quedarse con los votos del conurbano que son todos de ella; el ingrato de Scioli ya se olvidó que Buenos Aires le fue confiscada a Eduardo Duhalde cuando ella lo llamó "padrino", o sea mafioso. Ella corrió con los riesgos y ahora su pibe se quiere quedar con los frutos. Desagradecido.

Con respecto al tercer chanchito, ése no es un hijo que nació de su seno como los otros dos, sino que fue adoptado. El chico abandonó a sus papás neoliberales y se hizo nacional y popular. Ella creyó que la transformación ideológica del chico era cierta, y por eso no sólo lo adoptó sino que lo convirtió en vicepresidente, para que los otros hijos entendieran que no bastaba con nacer en el seno de ella sino que también hay que seguir el camino fijado por ella.

Pero lamentablemente esta vez también le fue mal, porque los genes neoliberales del adoptado terminaron por imponerse a la educación nacional popular inculcada; entonces, el pícaro intentó robarse la herencia en vez de ganársela con el sudor revolucionario. Ahora ella no sabe cómo sacárselo de encima.

Los tres chanchitos y el príncipe encantado - Hoy Cristina se siente como en el dibujito animado de Walt Disney pero al revés. En la ficción eran tres chanchitos que se refugiaban en una casita a la que el lobo malo quería hacer volar con sus feroces soplidos para comerse a los animalitos. En la realidad es ella la que se refugió en su casita real y son los tres chanchitos malos los que le quieren hacer volar la casa para comérsela.

Por eso Cristina cambió de cuento y ya que no pudo transformar al sapo Boudou en príncipe, ni a sus hijos naturales en leales, está intentando apoyarse en otro pibe que parece un príncipe en serio, Axel Kicillof, al que ella llamó al reino para ver si la puede salvar de los tres chanchitos y de otros chanchitos más.

El Axel no es como los chanchitos Moyano y Scioli que siempre pensaron distinto a la mamá ni como el chanchito Boudou, que dijo pensar igual a la mamá por mera conveniencia. No, el Axel siempre pensó como mamá, mejor dicho, como mamá pensaba cuando aún ni siquiera ella misma sabía que pensaba así.

Evita, Cristina y la revolución. En pleno reinado menemista, en 1996, se estrenó "Eva Perón", un film guionado por el escritor peronista Juan Pablo Feinmann, donde hoy una de sus escenas cobra vigorosa actualidad.

Enojada con el diario La Prensa, Evita dijo a los suyos: "A los de La Prensa los vamos a reventar; hay que cerrar esa cloaca oligárquica". Para ver cómo cerrarla habla con Raúl Alejandro Apold, subsecretario de prensa y difusión de Perón, confeso simpatizante de las técnicas comunicacionales de Goebbels, el ministro de publicidad y propaganda de Hitler. Éste le dice a Eva que no hay ningún problema, que si ella lo ordena él va con los milicos y de un golpe cierra el diario.

Evita se da cuenta de que necesita alguien más inteligente y argumentos más inteligentes para justificar el cierre, y entonces se va a hablar con el diputado John William Cooke al que Apold considera un comunista.

En una cena a solas, Cooke inicia la charla con una larga perorata: "La libertad de prensa invocada por los medio,s es la libertad del imperialismo y la oligarquía contra el pueblo. Nosotros estamos en contra del diario La Prensa, somos enemigos del diario La Prensa y el diario La Prensa es nuestro enemigo".

Evita le pregunta a Cooke: "¿No será una dictadura cerrarlo?" A lo que Cooke responde: "Apold y yo coincidimos en cerrar el diario La Prensa, pero él lo quiere hacer porque quiere que el peronismo sea una dictadura; yo quiero que el peronismo sea una revolución".

"¿Y yo no soy una dictadora?", insiste Evita. Cooke le responde: "Si una dictadura es una revolución, se justifica que usted sea una dictadora. Pero si no es una revolución es una dictadura y nada más. Apenas eso, lamentablemente". Evita no habla más, sólo se queda pensando y a los pocos días cierra La Prensa, con el apoyo tanto de Cooke como de Apold.

En los momentos de su estreno, la anécdota parecía sólo una metáfora de los grandes desencuentros del pasado, que ya no se repetirían. Pero pocos años después, el pasado fue desenterrado y el símbolo devino realidad. Claro que el pasado no vuelve nunca igual, mejor dicho, el pasado jamás vuelve, salvo caricaturalmente.

Durante el primer peronismo, todos los que querían la revolución o algo así y eran peronistas, estaban enfrentados con Perón por sus excesos autoritarios o su tolerancia con los obsecuentes, que eran multitud.

Cooke se atrevía a hablar de igual a igual a Evita. Arturo Jauretche vivía su exilio interno por haberse atrevido a decir a Perón que era muy personalista; Raúl Scalabrini Ortiz estaba desilusionado de tantos oportunistas.

Los tres volvieron a levantar con todo las banderas peronistas recién cuando Perón fue destituido por el golpismo, pero por no haber sido obsecuentes durante el gobierno de Perón fueron duramente castigados, tanto como se castiga hoy a los que se atreven siquiera a opinar levemente diferente a lo que ordena el nuevo peronismo en el poder.Los que hoy se dicen herederos de Cooke, Jauretche o Scalabrini, repiten sus textos pero no sus actitudes, ya que entienden la revolución como la obsecuencia total al líder, bajo la excusa de no hacer el favor a la derecha.

Y si bien no es seguro que con chupamedias y alcahuetes se llegue necesariamente a una dictadura, sí es absolutamente seguro que con tipos que siempre se callan la boca ante el error y que además se prestan a defender cualquier cosa, jamás se hará una revolución, ni una reforma, ni nada que se les acerque.

En síntesis, Cristina no niega ser la madre de los tres chanchitos pero sabe que con ellos no llegará muy lejos, por lo cual está decidida a desheredarlos e ir en busca del príncipe y de la revolución. Habrá que ver cómo le sale. Primero buscó convertir al sapo Boudou en príncipe pero éste continuó siendo sapo y ahora pelea para que el príncipe Kicillof no se transforme en sapo.

Ojalá le vaya bien, como en los cuentos de hadas en que parece inspirarse, pero para eso necesita que lo que ella postula sea una revolución en serio, porque no hay nada peor que dejar tantos chanchitos heridos en el camino sin haber llegado a destino, porque los chanchitos pueden terminar por comérsela.

Y si bien es cierto que ninguna revolución se hará con los tres chanchitos, tampoco se podrá hacer repitiendo al peor Perón, al de su obsesión autoritaria con la prensa crítica o al que se rodeó de chupamedias.

Si Perón todavía es recordado (y si muchos aún siguen viviendo -y muy bien- de su nombre), es porque les dio casita a los pobres y escuela a sus pibes, que estos pagaron con laburo y no con subsidios. O sea, pan, dignidad y progreso para todos. Una revolución olvidada, que aún sigue pendiente..

Por Carlos Salvador La Rosa

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