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Historia de la ropa interior.

Por Armando Maronese - 11 de Mayo, 2009, 1:43, Categoría: Los orígenes y los por qué

En el siglo XVII, todavía no existía la bombacha. Las mujeres solían depilarse el pubis y algunas se pintaban desde el muslo a los tobillos con pintura blanca, como sustituto de la ropa interior.

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Después de la guerra, hacia 1850 aparecieron los corpiños tipo embudo para acentuar el busto (las teorías psicológicas decían que los hombres buscan el pecho después de cualquier desastre).

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Sí, pero no. La coquetería femenina, que une el sí pero no, la verdad y el artificio, requirió de un adiestramiento secular que parece haber comenzado en el mismísimo Paraíso, cuando Dios sin querer unió el deseo con la prohibición, al recortar estratégicamente la desnudez con una hoja de parra. Desde aquel estreno del pudor en Adán y Eva, se sabe que el erotismo media entre el ocultamiento y la adivinanza: el cierre levemente abierto, el bretel caído, un cruce de piernas, una mirada que sugiere.

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La función del vestido es, justamente, producir cortes, bordes, discontinuidades sobre la superficie del cuerpo, transformarlo -según escribió el psicoanalista argentino Germán García- en un signo que será leído de manera adecuada, es decir, según los ideales de la persona, según la imagen de sí mismo que esa persona quiere mostrar al otro.

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En este sentido, la ropa interior femenina es un elemento fundamental en el delicado arte de desvestirse. Materia de fantasía que nunca deja de tener una extraña magia sobre la líbido porque, como decía Montaigne a mediados del siglo XVI, "hay ciertas cosas que sólo ocultamos para mostrarlas".

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Sobre este claroscuro se desliza un fetichismo errático: desde 1830 hasta 1914 -año en que la mujer mostrará por primera vez públicamente sus tobillos-, no había nada más apasionante para un hombre que vislumbrar la curva de un pie o la forma de un empeine. Esto favoreció un impresionante fetichismo en torno al pie, el tobillo y las pantorrillas, que cantó como nadie Restifde la Bretonne y que explica el hecho que, en los burdeles de lujo de Londres y París durante la Belle Epoque, los clientes tuvieran derecho a elegir los botines que se pondrían sus partenaires aun antes de elegirlas.

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Todavía mayor valor erótico tuvieron hasta hace unas décadas, los pies vendados de las mujeres chinas, esos puntos blancos que -junto a la desnudez de los actores y la crudeza de los detalles-, resaltan en las pinturas eróticas desde el año 900 hasta la revolución de Mao Tsé Tung, a mediados del siglo XX. Una verdadera tortura que consistía en encorvar el dedo gordo y replegar los otros cuatro dedos contra la planta del pie, de forma tal que, con el tiempo y el sucesivo ajuste de las vendas, el pie quedaba reducido a una especie de muñón que se encerraba en un calzado diminuto, mientras que el tobillo hipertrofiado se disimulaba bajo polainas cuyo estilo iba a variar considerablemente según los siglos y las modas.

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De hecho, las polainas y los zapatos eran las únicas ropas que conservaba una mujer desnuda. Un fetiche que los occidentales creyeron explicar con fantasías tales como, por ejemplo, que el modo de andar que se imponía atrofiando el pie, además de su connotación erótica, provocaba un desarrollo especial del monte de Venus y una gran vivacidad de los reflejos vaginales. Nada menos científico. Todo lo que los artistas jamás revelaron sobre este atributo femenino, se reduce a la representación de una mujer que comienza a enrollar o a desenrollarse las bandas del pie. ¿Algún parecido con la escena de una tal Mrs. Robinson, poniéndose y quitándose las medias, con parsimonioso desdén ante la mirada atónita de un recién graduado que debía aceptar, en la intimidad de aquel cuarto, que no sabía nada de la vida?. Un toque de distinción.

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Las mujeres han usado ropa interior desde los comienzos de la civilización. A veces, abiertamente; otras, en secreto, de acuerdo con los dictados sociales y siempre a los fines de distinguir los cuerpos de acuerdo con su status social y con su status moral. En efecto, hasta el siglo XIX, fue siempre un objeto minoritario y de élite: su costo y su singularidad le dieron la categoría de prenda de lujo. Así, en el Antiguo Egipto, las esclavas -de origen árabe o nubio- iban siempre bien desnudas; la ropa interior no existía más que para las Nefertitis o las Cleopatras.

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El shenü, la primera prenda interior conocida en la historia de la Humanidad, era una especie de enagua vaporosa, bordada y ribeteada de hilos de oro, acorde al clima tórrido de Egipto. En la Antigua Roma, el equivalente a la ropa interior actual era una túnica o camisa -hecha de hilo, de lino o de un tejido muy fino, que por delante llegaba hasta las rodillas y por detrás hasta las pantorrillas-. También directamente sobre la piel se utilizaba el mamillare, una especie de venda o faja de tejido fino que servía para sujetar y alzar el pecho. En los baños públicos tan sólo se cubría el cuerpo con una pequeña tanga o taparrabos llamado subligar.

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Por aquellos tiempos en que la toga era una vestimenta masculina, sólo las prostitutas y las mujeres de costumbres licenciosas estaban obligadas a ir vestidas con toga (corta y de color oscuro), para diferenciarlas precisamente de las mujeres honestas (de ahí que mujer togada equivalía a prostituta o mujer fácil). Sólo ellas podían amar sin corpiño y -tal como muestran las pinturas de los burdeles de Pompeya- eran las únicas a los que los hombres podían tocar con la mano derecha: a las mujeres honradas les estaba reservada la mano izquierda.

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El uso de las antiguas bandas que usaban las griegas y su superposición dio origen a las primeras medias femeninas, que treparon por las piernas en la Edad Media. El uso de estas medias estaba restringido también a las grandes damas a las que se les exigía (Dios mediante) que sólo tuvieran sexo de tanto en tanto poniéndose las llamadas chemises a trou (camisas con agujero), bordadas con letanías tales como Ave María o Dios lo quiere, para que no fuera a quedar alguna duda de los derechos del marido.

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Por lo demás, en aquellos tiempos de pestes y cruzados, hombres y mujeres se vestían igual, con tejidos gruesos y baratos, como un vasto ejército de campesinos. Toda la maravillosa lencería a la que una mujer europea de la época de Carlomagno podía optar, era una especie de corpiño de tejido más suave, como el lino o el algodón, que debía conservar incluso en los muy esporádicos baños. 

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Algún tiempo después, en la España del siglo XVII, las mujeres -que todavía no conocían las bombachas- solían depilarse el pubis. Esta costumbre, que también se observó en Francia y en Italia, se sofisticó aún más cuando Juana de Portugal llegó a Castilla para casarse con Enrique IV: la reina viajó acompañada por un grupo de damas que no sólo se depilaban totalmente, sino que pintaban sus muslos -desde la cintura a las rodillas- con una pintura blanca, para que así, al bajar de sus caballos, no mostrasen a los presentes más que una fugaz visión de algo blanco. Era el sustituto de la ropa interior.

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Las bombachas fueron descubiertas por las españolas recién cuando Isabel de Valois llegó a España para casarse con Felipe II. Tanto la reina como sus damas las llevaban.

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El benemérito corsé - Hay acuerdo en que la Edad de Oro de la lencería íntima, cuando ésta fue más abundante y oculta que nunca, cubrió desde el año 1830 a 1914. Difícil imaginar semejante cantidad de capas debajo del vestido: camisa, pantalón, corsé, cubrecorsé y enaguas, todo con muchos volados, encajes, bordados, cintas y lazos. Esto tenía varias ventajas: 

  • Eliminaba, para las chicas de familias bien, la posibilidad de una violación exprés.

  • Resultaba útil como chaleco antiatentados (en 1852 la reina Isabel II salió ilesa de una puñalada trapera gracias a su corsé).

  • Daba distinción, porque sólo podían usarlo las mujeres ociosas: ningún trabajo manual hubiera podido ser realizado con aquello puesto.

  • Aseguraba que quien lo portaba era una mujer de buenas costumbres: el cuerpo holgado era signo inequívoco de conducta holgada.

  • Declaraba a los cuatro vientos que la mujer no se encontraba embarazada.

Según las denuncias de algunos médicos y demógrafos de la época, el corsé causaba daño a la cerviz y volvía con frecuencia doloroso el coito; la presión sobre las vísceras abdominales por encima del útero, interfería con los flujos menstruales, sobre todo en las mujeres jóvenes; y provocaba, tanto en las jóvenes como en las adultas, problemas uterinos que volvían más comunes los abortos y los daños fetales. Por el contrario, las mujeres de clase obrera, quienes se hallaban menos restringidas por los corsés, no sólo conservaron su fertilidad normal. Ellas pudieron disminuir su pobreza estructural al quedar convertidas (como prostitutas) en válvula de escape para el deseo de los hombres de clase media, cuyas mujeres de cintura estrecha sólo podían ofrendarles respetabilidad y belleza.

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Los expertos en el tema, aseguran que en ese mundo cerrado y mudo, quienes han marcado la pauta de la ropa interior -transgrediendo leyes y tribunales e imponiendo nuevas estéticas y modos de vida-, han sido las mujeres de mala vida. En las mujeres honestas la ropa copiada a sus hermanas livianas, fueron signo de expresión y rebeldía.

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En la época victoriana de la década 1900-1909, las mujeres iban tapadas desde el cuello hasta el empeine, pero lucían una silueta de líneas sensuales inspirada en las formas del ánfora o la guitarra. La moralidad sexual constituía el alma de la moralidad social y, sin embargo, eran las grandes cocottes de París quienes dictaban la moda.

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También era paradójico que la moda resaltara las formas de las mujeres más maduras, pero lo hacía. De hecho, esa fue la última vez en la historia que habría de favorecerlas. En la década siguiente (1910-1919), el mundo de la danza ejerció una influencia profunda en el diseño de la ropa interior. Primero con el abandono del corsé por parte de Isadora Duncan y sus túnicas a la manera griega, y después por la impronta de la bailarina Irene Casüe, con cuya colaboración se popularizaron el bunny hugy el tango. El resultado fue una suprema libertad de movimientos y la inevitable revelación de los tobillos.

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Recién en los años 20, las mujeres dejaron de aplastarse los intestinos y abandonaron la costumbre de sujetarse los senos desde abajo para hacerlo desde arriba. Ahora debían parecer sumamente ágiles y livianas y sobre todo, lisas como tablas. Por eso llevaban fajas elásticas, sin ballenas y apretadas. Fue el cambio más grande de los últimos cien años y no se trató sólo de un cambio político: era también un cambio práctico. Bailarinas como Josephine Baker o Florence Milis y las Blackbirds incitaban a todas a bailar el charleston y el black bottom, en un mundo que avanzaba a un ritmo muy diferente. Todos se dedicaron a imitar los detalles de lencería de Coco Chanel, con sus novedosas tiras de colores contrastantes que resaltaban aún más la ligereza del vestido y la ausencia de artificios.

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La siguiente revolución iba a tener lugar 2 décadas después, a finales de los 40. Su protagonista fue el nylon, un material nunca visto hasta entonces que no sólo aliviaba el tedio de la ropa interior de los años de guerra, sino que permitía una nueva forma corporal. Esta silueta de mujer, más muscular, armónica y femenina iba a imponerse en los años 50, e iba acompañada de zapatos con taco aguja y corpiños puntiagudos con costuras circulares para acentuar la abundancia de lo que ocultaban (había teorías psicológicas que aseguraban que los hombres buscan el pecho después de cualquier desastre).

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Desde Hollywood, las actrices imponían ese estilo: Elizabeth Taylor muy bella con su combinación de color marfil en "La gata sobre el tejado de zinc caliente". Janet Leigh como una ladrona impasible con su corpiño negro en las escenas iniciales de "Psicosis", el insuperable éxito de Alfred Hitchcock. También el sujetador sin tirantes fue un gran éxito en los años 50, ideal para los vestidos de noche strapless.

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Se dice que el gran empresario Howard Hughes inventó el sostén de voladizo (estilo balcón), que fue lanzado por mediación del generoso pecho de Jean Rusell en la película "The Outlaw" (1941). El escándalo que produjo el escote de la protagonista, postergó el estreno de la película hasta el año 1950. De ahí que el éxito del nuevo sostén se dio recién bien entrado el decenio.

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En la década del 60 llegó la masificación del pantalón y de su acompañante íntimo, el panty. Con él se vino abajo la lencería interior: combinaciones, portaligas y ligas pasaron al baúl de los recuerdos. Estos cambios por primera vez afectaban a las jóvenes, como prueba el hecho de que en 1960, comenzaran a venderse sujetadores, portaligas y fajas para adolescentes.

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Estos diseños iban a influir en todas las tendencias de lencería en los veinte años siguientes, impulsados por la aparición de las fibras elásticas (Lycra y Spandex), que fueron la sensación de la década del 80. Por aquellos años en que asomaba la posmodernidad, borre de las diferencias, comodidad transformada en valorías máximas ventas de ropa interior, fueron logradas por Calvin Klein, con sus calzoncillos de deporte masculinos adaptados para mujer: de algodón gris jaspeado y con una camiseta al tono, eran el summun de los afrodisíacos para los yuppies. Como muestra Lola Gavarrón en su libro "Piel de Ángel".

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En la historia de la ropa interior femenina, nada muere y desaparece totalmente: Nuestra ropa interior actual, no deja de ser trozos aislados del corsé, madre de todo lo posterior, corsé que estaba ya diseñado, y bien diseñado, en las esculturas cretenses de hace 3600 años. La dama que ha usado bodys, que ha ceñido firmemente su abdomen con los pantys, que ha llevado airosamente por la calle jeans estrechos, sabe que cuando se pone un portaligas y unas medias por algo es, y dota a este acto, muy cotidiano hace medio siglo, de una significado bien distinto.

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Armando Maronese

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Bibliografía:

Erotismo en la historia. Curiosidades y anécdotas, por Cortos Fisos.

Dessous, por Gilíes Néret.

Los cuerpos dóciles. Hacia un tratado sobre la moda, por Paula Croci y Alejandra Vítale.

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