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Volver a elegirse

Por María Eugenia Sidoti - 13 de Marzo, 2009, 0:01, Categoría: Sección Femenina

Y un día volvió, cuando nadie la esperaba. La misma pareja que, tiempo antes, había decidido soltarse, andaba otra vez de la mano. Contra todos los pronósticos, dos que se habían jurado primero amor, y luego desamor eternos, volvían a estar juntos. ¿Qué pasó en el medio? Sólo lo sabe Cupido.

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"Muchas pueden ser las razones por las cuales una pareja vuelva a elegirse después de una separación. El corte, a veces, significa una solución express precipitada. En la era de lo fast, los integrantes de la pareja tal vez no logran detenerse y entrar en un espacio de reflexión. La angustia que la crisis representa se hace insoportable y la tolerancia a la frustración resulta demasiado baja como para hacer frente a los embates del tiempo y la convivencia. Entonces la separación funciona a modo de fuga del conflicto de una relación que aún no estaba agotada –explica la licenciada Viviana Kahn, psicoanalista y autora del libro Mi libertad por un novio (Sudamericana)–.

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Es la distancia la que oxigena y pone paños fríos para dar lugar a una segunda vuelta. En el mejor de los casos, y tal vez con la intermediación de un tercero terapéutico, esta nueva apuesta da la oportunidad de verse y ver al otro, abrirse a un diálogo franco, recuperando los puntos en común que amalgamaban la relación; reconociendo las diferencias y los fantasmas que habitan a cada uno y que entorpecían el encuentro y el disfrute", señala la terapeuta y aconseja: "Es necesario un cambio de posición de cada uno de los integrantes de la pareja y la voluntad de abrirse el uno al otro para así redefinir y recrear la relación". Ejemplos abundan: Daniel Scioli y Karina Rabolini , o años atrás, Ricardo Darín y Florencia Bas. ¿Finales felices? Tal vez. Más que nada, relatos de amor después del amor.

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Marta Ibañez (63) + Rolando Hanglin (63). "Nos conocemos desde los 23 años, pero como estábamos casados con otras personas, nos hicimos amigos. Después me radiqué en España y cuando volví nos encontramos de casualidad: yo le había vendido un Citroën 2CV que ella chocó y, como no había hecho la transferencia, necesitaba mi firma para el seguro. Llamó a lo de mi mamá y justo atendí yo", cuenta Lani. Ya separados de sus respectivos ex, empezaron a salir. "Nos fuimos a vivir juntos a los seis meses. Después nos casamos y nos asentamos definitivamente en la casa de Martita, junto a sus tres hijos Paula, Emilio y Javier y a los míos, Camilo y Faustina –cuenta aquel periodista cautivado por aquella rubia oficial de Justicia–.

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Eran años difíciles. Después fuimos progresando y llegó nuestra hija en común, Salomé. Hasta que aparecieron los problemas matrimoniales. Es que de los 28 a los 50 años pasan muchas cosas: chicos, lucha, desgaste…". Se separaron legalmente en 1999 y cada uno siguió con su vida: ella desde un perfil más bajo; él desde la popularidad. En esos ocho años separados, jamás volvieron a hablar. "Fue muy ingrato", reconoce. Pero un día juntó fuerzas y la llamó. "Los dos estábamos solos y la invité a cenar. Fue intenso: todo empezó de nuevo, pero de una forma distinta. Los motivos que nos habían distanciado ya no estaban, pero manteníamos ese entendimiento instintivo y espiritual de siempre. No hubo pase de facturas: queríamos resolver y estar tranquilos".

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Invitado a encontrar un porqué, Hanglin esboza: "A veces nos enamoramos de falsos espejismos y perdemos lo verdadero. Pero cuando hemos vivido un gran amor daríamos cualquier cosa por volver a él. Hay una nueva elección de esa intimidad, de entenderse con una mirada. Quienes no lo logran viven amargados para siempre. A mí, por suerte, Dios me permitió volver a las fuentes. Y nuestra intención es seguir así, hasta que la muerte nos separe".

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Mariela Garcia Wolff (32) + Gonzalo Argento (33). Trabajaban en la misma empresa de celulares, pero no se conocían. Hasta que un viaje promocional a la Patagonia los unió: "Fue en 1997: compartimos casa durante veinte días con otros chicos", dice él y ella agrega: "Cuando lo empecé a conocer me encantó". Fueron días de trabajo, amor y paisajes soñados, hasta que tuvieron que volver. "Enseguida nos dimos cuenta de que había algo fuerte. Quedamos en vernos el primer día que lloviera. No habíamos intercambiado teléfonos, pero yo sabía que estaba en la sucursal de Puerto Madero. Así que la llamé desde un teléfono público y le dije que estaba afuera", cuenta romántico Gonzalo, pero Mariela aporta un dato gélido: "El detalle es que él estaba re de novio, en una relación de años. Entonces sufríamos mucho cada vez que nos veíamos. En un mar de lágrimas, decidimos cortar. Eramos muy chicos". De ahí en más, no supieron nada del otro y formaron nuevas parejas. Gonzalo viajó a Brasil y puso un bar. Mariela apostó a la profesión, a vivir sola y a divertirse. Hasta que nueve años después volvieron a cruzarse, de casualidad, en un pub irlandés. "Cuando lo vi casi muero. ¡No sabía qué hacer! Entonces tomé coraje y lo esperé a la salida del baño", rememora ella y a él le brillan los ojos: "Fue muy emocionante: la abracé y sentí que el tiempo no había pasado. No me quería soltar". Esa vez intercambiaron números telefónicos y no se separaron. "Fue perfecto, porque estábamos en el momento ideal para empezar algo. El destino nos había juntado antes de lo previsto, pero nos dio otra oportunidad", reconocen.

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Enseguida se mudaron juntos y a los cuatro meses se comprometieron. Hasta que ella le propuso matrimonio por carta. El aceptó y dieron el sí en 2007, con casamiento por iglesia y fiesta. La luna de miel fue en San Martín de los Andes, el mismo lugar en donde se conocieron. En julio de ese mismo año, justo en el aniversario número diez del primer flechazo, nació su hija Guadalupe, que hoy tiene un año y medio. "Qué cursi, ¿no?", pregunta Mariela y enseguida remata: "¡Las historias de amor son siempre cursis!".

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Patricia Sosa (53) + Oscar Mediavilla (53). Se conocieron cuando ella tenía 15 y dos años más tarde empezaron a salir. Era 1974. "El tenía una banda de rock. Me enamoré del que tenía la guitarra colgada –bromea Patricia–. Para estar con él empecé a hacer coros, como hobby. Todavía no tenía claro que me iba a dedicar a la música: el amor me abrió las puertas de un lugar que después iba a ser mío. Nos unía la vocación, el amor por las mismas cosas y la lucha por conseguirlas. Hablábamos el mismo idioma, crecíamos juntos", confiesa la cantante. La relación duró hasta 1996 y en el medio tuvieron a su hija Marta (20). "Nos divorciamos muy mal, con reproches y facturas pendientes. Habíamos olvidado hablar: nos habíamos convertido en profesionales maravillosos, pero lejanos, que iban hacia distintos lugares. Me esmeraba tanto por alcanzarlo, que me olvidaba de mí –dice y reconoce que pagó una fortuna para tener un divorcio rápido–. No quería verlo más. Fuimos a firmar sin hablarnos y, con la jueza adelante, me regaló flores. Le expliqué que no había motivos y él dijo que era para agradecerme tantos años de felicidad. Ahí le pregunté a la jueza si uno podía volver a casarse con la misma persona y ella me preguntó si lo tenía previsto, pero le dije que ni loca".

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Según Sosa, el vértigo, la fama y el éxito les habían jugado una mala pasada: "Perdimos las prioridades. No hablábamos de nada que no fuera trabajo. Nos sentíamos muy exigidos". En 1999 volvieron a hablarse. "Primero por laburo; yo no había grabado desde la separación. El me consiguió algunos trabajos y poco a poco nos dimos cuenta de que el sentimiento estaba intacto. Sólo había sido una gran tormenta y el cielo estaba limpio", dice y señala que la reconciliación fue paulatina y que la no convivencia fue condición de los dos. "Pero estamos muy juntos, aún más que cuando convivíamos. Todavía me emociona cuando me hace el desayuno como a mí me gusta. Volvimos a elegirnos de a poco, para no asustarnos. El amor no se formaliza, se siente", sintetiza.

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Patricia Goerling (37) + Alberto Gonzalez (37). En 1991, una compañera de trabajo le prometió presentarle una rubia de pelo por la cintura y armó un partido de paddle "a ciegas". Pero la blonda que apareció tenía corte carré. "¡Yo era un fanático del pelo largo y ella se lo había cortado el día anterior!", todavía se queja Alberto, a 17 años de estar juntos entre idas y vueltas. Los dos reconocen que enseguida hubo atracción. "A los pocos días, como no tenía su teléfono, agarré la guía y llamé a la empresa donde trabajaba", se enorgullece él y ella lo anima: "¡La verdad es que me sorprendiste! Por eso acepté salir", explica y jura que el día de la cita sus papás esperaron al "candidato" para dar el visto bueno.

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Cayó bien, y la relación siguió. "Llegó un momento en que no podíamos dejar de vernos ni un día", dicen y aseguran que eso los decidió a comprometerse. Pero una mala noticia empañó la felicidad: a Alberto le diagnosticaron cáncer de colon, con muy malos pronósticos. Fueron meses de lucha y tratamientos. Y de duda: "Sólo tenía 24 años y no sabía cómo afrontarlo… Fue un golpe durísimo, pero decidí seguir con él", admite Patricia. En plena sesión de quimioterapia, él le propuso matrimonio. "Nunca había sentido a alguien tan cerca. Quería pasar toda la vida con ella", recuerda. Patricia aceptó y se casaron en 1998. "Todos me decían que estaba loca", señala.

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Al tiempo llegó Nicolás (9), su primer hijo. Pero los malos momentos habían dejado huella: "Estábamos desbordados. Mi enfermedad, la convivencia, un hijo, el trabajo, la mudanza… No supimos manejar la situación", confiesan. Así que se separaron: él se mudó a un departamento y durante más de un año cada uno hizo su vida. Hasta que una noche en la que él devolvió a su hijo después de compartir el fin de semana, se dieron cuenta cuánto se necesitaban. "Volvimos a ser novios, fue divertido", recuerdan con complicidad. Pero al poco tiempo, el destino los puso a prueba una vez más: Francisco (2), su segundo hijo, nació con una parálisis cerebral casi total y riesgo de muerte: "Recién cuando lo bautizamos en el hospital empezó a responder", se emociona la pareja. La lucha por su recuperación hoy los encuentra más juntos que nunca. "En la ruleta de la vida, pongo las fichas en ella", confiesa él. En las buenas y en las malas, Patricia y Alberto volvieron a elegirse.

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Por María Eugenia Sidoti

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