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Los Papas y el papado

Por Armando Maronese - 14 de Agosto, 2008, 20:43, Categoría: Religión - Costumbres - Sectas

La oscura historia de los Papas y el papado. Empecemos  por San Pedro  el primer Papa de  la historia  de  la cristiandad, que es el iniciador  de la gran saga. Simón Pedro, a quien el evangelio señala de forma inequívoca como príncipe de los apóstoles, fue verdaderamente el primer obispo de Roma, como vicario de Cristo, cabeza de los demás apóstoles y de la Iglesia naciente. Simón Pedro, a quien el evangelio señala de forma inequívoca como príncipe de los apóstoles, fue verdaderamente el primer obispo de Roma. El hecho, si no el título, es incontestable. Aunque no existan pruebas directas escritas, la tradición se ha mostrado siempre unánime y firme en tal sentido, sin desviarse jamás. Lo que para la historia tiene tanto peso como un documento contemporáneo de los acontecimientos. Lo único que se posee es una alusión del mismo Pedro en la primera de sus epístolas (5, 13), al mencionar a la «Iglesia que está en Babilonia», símbolo evidente de Roma y sus costumbres, para sus lectores de entonces.

Treinta años después, Clemente Romano, al escribir a los Corintios, evocará los tiempos en que «Pedro y Pablo estaban entre nosotros». Ignacio de Antioquía en el año 108... Dionisio de Corinto en el 170, Ireneo de Lyón en el 180 y Tertuliano en el 200 afirman, por su parte, que Pedro era el jefe de la comunidad romana. También hacia el año 200 el presbítero Gayo hablará de las tumbas -de los «trofeos» o restos- de los apóstoles en la ciudad del Tíber, situando la de Pablo en el camino de Ostia y la de Pedro en la colina del Vaticano.


No cabe duda, pues, que Pedro vivió en Roma. ¿Cómo primer Papa? Desde luego como vicario de Cristo y cabeza de los demás apóstoles y de la Iglesia naciente, aunque lejos todavía del estereotipo que sugiere hoy la figura de un pontífice. La palabra Papa deriva del griego pappas = padre, y aparece por primera vez en una sepultura de la catacumba de san Calixto hacia el año 296 referida al Papa Marcelino; el uso de la palabra quedó restringido como título sólo aplicable al obispo de Roma en 384, y su empleo comenzó a generalizarse en el transcurso de los siglos siguientes. ¿Se tuvo conciencia de que Pedro era el obispo de Roma? Sí, en lo que hace a la cuestión de fondo: su primacía indiscutible. Y no, en la acepción actual de la palabra; porque Pedro no se comportaría en Roma como un prelado de hoy, imbuido de sus poderes y de su dignidad. Sería más bien un predicador itinerante que un buen día llegó a la capital del imperio y tomó contacto con la población judía. ¿En qué año? A partir del 43, según unos, o después del 49, en opinión de otros. Nada se puede establecer con seguridad, ni la fecha de su llegada ni su forma de vida. Sólo cabe el recurso a la imaginación.

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¿Se alojó en la casa de algunos compatriotas, que se estrecharían para prestarle hospitalidad? ¿De qué vivió? Seguramente, del trabajo de sus manos. Quizá ganara su sustento como patrón de barco, en Ostia. Levantar una red, largar la vela, manejar el timón... Al fin y al cabo ése fue su oficio hasta que le llamó Jesús. Pedro no tenía miedo al mar: las tempestades del lago Genesareth no eran más livianas que las embestidas del Tirreno. Pero al acabar la jornada y el trabajo, se reuniría con sus anfitriones, con los vecinos, con sus nuevos compañeros, y sería divertido oírle chapurrear el latín, farfullar un poco de griego o expresarse en su arameo original con el típico acento de su tierra galilea. Incidiría siempre en la misma historia: un tal Jesús, cierto hombre llamado Cristo que había predicado unas cosas muy sencillas y muy verdaderas; un judío íntegro crucificado por testimonios falsos, dados justamente por sus hermanos judíos; un muerto que resucita al tercer día para aparecerse por todos lados más vivo que nunca...

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Al llegar a este momento de su relato, quizá la gente se sonreiría, o se encogería de hombros un tanto desconcertada... Pero hasta los más escépticos acabarían por prestarle atención. Les atraería la sinceridad de Pedro. Y, conmovidos, terminarían por aceptar la fe, por comprometerse. Se formaría así un primer núcleo que pronto tomaría cuerpo y empezaría a crecer. Así surgiría la comunidad cristiana de Roma.

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De tarde en tarde desembarcaría en el puerto de Ostia. Algún miembro de la misma fe y  procedente de Corinto o de Efeso, buscaba a Pedro para exponerle los problemas existentes en sus respectivas iglesias, para pedirle consejo y orientación. Y regresaría a Oriente con las decisiones del que hacía de cabeza en la Iglesia universal.

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En el año 48, o en el 49, fue Pedro a Jerusalén. Allí se encontró con Pablo y Bernabé, llegados de Antioquía; con Santiago y Juan, que habían permanecido en el país, y con algunos otros. Era una reunión importante: nada menos que el primer «Concilio», en el que se iba a abordar el problema de la admisión de los no-judíos. Los gentiles, para hacerse cristianos, no tendrían que pasar obligatoriamente por la circuncisión y las costumbres rituales del judaísmo. Las discusiones fueron tensas en algún momento. Pablo se enfrentó a Pedro con vehemencia a causa de la ambigua posición de éste respecto a determinados puntos en litigio. Pero todo quedó resuelto y acordado y Pedro volvió a Roma, donde prosiguió la misión de dar testimonio, fortalecer a los suyos en la fe, esclarecer toda suerte de dudas concernientes a la doctrina y... ganarse la vida. Hasta que un día, entre el año 64 y el 67, Nerón, buscando víctimas propiciatorias sobre las que echar las culpas por el incendio de la urbe, decidió sacrificar a los cristianos. Pedro caería en esta primera embestida de las persecuciones.

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Fue el primer obispo de Roma y cabeza indiscutible de toda la Iglesia. E hizo su trabajo con generosidad: dar testimonio, fortalecer, unir, servir de guía. Que el título de Papa resulte anacrónico en su caso, no tiene relevancia. Pedro fue el jefe de la comunidad cristiana de Roma y el polo de referencia, la «piedra», de todas las demás comunidades.

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Los primeros sucesores de San Pedro - En medio de la persecución y el martirio, es en esta época cuando se establecen las primeras prescripciones litúrgicas y algunas costumbres religiosas que practicamos hoy en día.

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El populacho tuvo su diversión: el incendio de Roma había sido vengado y castigados los culpables. Los pretendidos culpables, al menos, porque los verdaderos seguían durmiendo plácidamente en el palacio del emperador. Un ejército de esclavos, en los jardines públicos, se afanaba por arrancar de los postes tendidos al efecto, las carnes calcinadas de quienes, todavía ayer, eran hombres. Envueltos en jirones de tela empapados en aceite, los cristianos convertidos en antorchas humanas, alumbraron durante toda la noche las orgías imperiales. En los circos se rastrillaba el redondel, se recogían los huesos ensangrentados que habían esparcido los leones, se renovaba la arena.

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En la colina del Vaticano unas mujeres hallaron el cuerpo de Pedro. Todavía colgaba de la Cruz, cabeza abajo. Lo desclavaron y lo metieron apresuradamente en un escondrijo de la falda del cerro. Luego, corrieron a decirle a Lino su secreto, el lugar del enterramiento del príncipe de los apóstoles.

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El amanecer es la hora de las brumas. Imprecisa es la historia de los primeros Papas. Sólo son seguros sus nombres. San Ireneo de Lyón elaboró una relación de los que ocuparon la silla de Pedro hasta el año 180, pero sin más información. La primera cronología la confeccionó en el siglo IV Eusebio de Cesarea (339), tomando como referencia los principios de reinado de los emperadores. En el año 354 intentó completarla el Catalogus Liberius, pero sus precisiones sobre los meses, incluso los días, carecen de rigor histórico.

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San Lino - «Las mujeres cristianas están obligadas a llevar siempre la cabeza cubierta en las asambleas.» Acaso sea un poco decepcionante, pero es el único decreto conocido del sucesor inmediato de san Pedro. E incluso tal prescripción se remonta al tiempo en que Lino era el brazo derecho del apóstol. Originario de Tuscia, había conocido a san Pablo, quien alude a él en su segunda carta a Timoteo. De sus diez años como obispo de Roma no se sabe prácticamente nada. ¿Murió mártir? Sólo lo afirman algunos documentos posteriores al año 354, que también precisan que fue sepultado junto a san Pedro.

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San Cleto - ¿Cleto, Anacleto? Su nombre se tuvo como incierto durante muchos años, hasta el punto de considerar a veces que se trataba de personas distintas: Cleto y Anacleto, uno predecesor de San Clemente y otro su sucesor. Pero en realidad no hubo más que un Anacleto -abreviado de ordinario en Cleto-, que murió martirizado en el curso de la persecución de Domiciano (51-96).
Tercer sucesor.

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San Clemente Romano - Le hizo célebre una carta dirigida a la Iglesia de Corinto. Y esa notoriedad le ha procurado un buen número de leyendas. Habría sido ordenado por el mismo san Pedro y discípulo de san Pablo; se trataría del cónsul Flavio Clemente, asesinado por Donúciano, y si no el cónsul alguno de sus parientes; sería judío de nacimiento; y habría sido deportado a Crimea, condenado a trabajos forzados en los caminos, encadenado a un ancla y arrojado así a las aguas del mar Negro. Lo único cierto, con solidez histórica, es que este
cuarto sucesor de san Pedro
redactó una carta que constituye el primer documento serio en favor de la primacía del obispo de Roma.
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Entre los años 93 y 97 disturbios internos agitaron la Iglesia de Corinto. ¿Conflicto de generaciones provocado por jóvenes impacientes? ¿Rivalidades de partidos? ¿Reivindicaciones de laicos «carismáticos» enfrentados con sectores del clero? La cuestión fue que presbíteros irreprochables fueron forzados a separarse de sus funciones. El incidente adquirió tales proporciones que se puso en conocimiento del obispo de Roma. Ahora bien, en aquellos años el apóstol Juan, aunque ya anciano, vivía todavía, y Patmos era más accesible para los corintios que la lejana capital del imperio; el hecho de que recurrieran a Clemente, pone de relieve que otorgaban mayor competencia al sucesor de Pedro que al autor del Apocalipsis.

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Consciente de su deber de restablecer el orden, Clemente escribió su famosa carta, un verdadero tratado doctrinal que, aunque dedicado a los corintios, se dirigía a todas las Iglesias en general. En una sucinta exposición de la fe, tal como se vivía a fines de aquel primer siglo de la era cristiana, apoyado en el Antiguo Testamento y en la enseñanza de los apóstoles, conjuga un tono de bondad paternal con una firmeza y un sentido innato de la autoridad típicamente romanos. «Los sacerdotes depuestos deben ser imperativamente reinvestidos de sus funciones. Los culpables de los disturbios serán impelidos a fijar su residencia lejos de Corinto. No es propio de los laicos dictar la ley a los presbíteros, que han recibido de Dios su autoridad. El derecho jerárquico ha de respetarse estrictamente en las ordenaciones.»

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Esta carta de Clemente Romano, escrita en griego, constituye el más antiguo tratado de teología y tuvo pronto una audiencia extraordinaria que llegó hasta los confines de Egipto. Curiosamente, después del siglo IV cayó en olvido en todo el Occidente, hasta que en el siglo XVII, se volvió a descubrir en el Codex Alexandrinus. En 1894, un benedictino belga, Dom Germain Morin, escarbando en una buhardilla del seminario de Namur, hizo un hallazgo sensacional: un manuscrito del siglo XI que contenía una traducción en latín popular -de un valor inestimable-, de la célebre carta de Clemente; la versión se remontaba al siglo II, pues era casi contemporánea del mismo autor.

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San Evaristo
Quinto sucesor. Habría sido hijo de un griego de religión judía establecido en Belén. No ha sido acreditado históricamente que sufriera martirio bajo Trajano. Se le ha atribuido la reorganización de la Iglesia en Roma, pero se ha demostrado que ese hecho tuvo lugar ciento cincuenta años después. Por tanto, un perfecto desconocido.

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San Alejandro I - Parece que introdujo la costumbre del agua bendita, lo que no supone, ciertamente, una contribución demasiado notable a la historia de la Iglesia. Cosa, por otro lado, tan poco probada como su origen -¿un romano de la región de Caput Tauri?- y su martirio. Lo más probable es que se le haya confundido con otra persona del mismo nombre.
Fue el sexto sucesor.

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San Sixto I - Fue el
séptimo sucesor de san Pedro, se llama Sixto y se celebra su fiesta el 6 de abril. No se puede negar la presencia del número seis en su vida ¿Fue mártir? Lo fue en el deseo de los cristianos del siglo V, que fueron los primeros en hablar de él. Antes de esa época ningún cronista lo había hecho.

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San Telésforo - Griego de origen, se mostró comprensivo con la tradición oriental que había fijado la fiesta de Pascua en una fecha diferente a la adoptada por Roma. Por error se atribuye a este sucesor de san Pedro la introducción del Gloria en la liturgia, así como la costumbre de la misa del gallo en el día de Navidad. Confundido con otro romano, víctima de Adriano, se le venera como mártir indebidamente.
Octavo

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San Higinio - Bien formado en filosofía, este ateniense estaba bien preparado para polemizar con los gnósticos que aparecieron en Roma a partir del siglo II sembrando la confusión por doquier. Los mentores de éstos eran Cerdón y Valentín. Y por sus intrigas terminaron por ser excluidos de la comunidad cristiana. Higinio habría impuesto un principio de organización en el clero. Noveno

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San Pío IDécimo sucesor. Cerdón y Valentín, que continuaban difundiendo entre los cristianos de Roma sus ideas gnósticas, recibieron un refuerzo importante: Marción. Éste puso resueltamente en tela de juicio lo que la comunidad romana había creído hasta ese momento acerca de la doble naturaleza -divina y humana- de Jesús. Tal afirmación era inadmisible para el obispo de Roma, Pío I, que excluyó a Marción de la Iglesia en el año 144. Aunque Pío I era menos filósofo que su predecesor, Higinio, recibió una ayuda providencial en la persona de Justino, un experto dialéctico que mantuvo con éxito las discusiones con los gnósticos.

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San Ponciano - Cuando en julio del año 230 fue elegido Ponciano obispo de Roma, su ciudad natal, proseguía Hipólito su resistencia apoyado por una buena parte de la población. El emperador Alejandro Severo se había mantenido al margen del conflicto. En el 235 tomó el poder Maximino Tracio, lo que significó el principio de la anarquía militar y la reanudación de las persecuciones. Ponciano e Hipólito fueron deportados a Cerdeña. Y, como ya se sabe, aquella situación reconcilió a ambos adversarios. El 28 de septiembre del año 235, Ponciano renunció oficialmente a su cargo e Hipólito a su rebeldía. En la historia del papado esta fecha fue la primera que se pudo determinar con seguridad absoluta.

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El 30 de octubre siguiente murió Ponciano. Su cuerpo, llevado a Roma, fue sepultado en la catacumba de san Calixto el 13 de agosto de 236, el mismo día en que también fue inhumado el cuerpo de san Hipólito.

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San Antero - El 21 de noviembre de 235, griego verosímilmente, sucedió a Ponciano que, deportado a Cerdeña, había renunciado el 28 de septiembre de aquel año. Apenas le quedaban seis semanas de vida. En tan escaso tiempo, bastante hizo con mandar que se recopilaran las actas de los mártires. Murió el 3 de enero del 236 y fue el primer obispo de Roma que se inhumó en la cripta preparada para los Papas en la catacumba de san Calixto.

San Fabián - El 10 de enero de 236, daba Roma un sucesor a Antero. Un desconocido. Fabián era todavía un simple laico. Según una leyenda, cuando se hallaba entre los romanos reunidos para elegir su obispo, una paloma se posó sobre su cabeza. El pueblo vio en ello una señal y escogió a Fabián.

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La persecución del 235 se apaciguó pronto. Entre el 238 y el 249, los cuatro sucesores de Maximino Tracio estuvieron demasiado ocupados en disputarse el imperio como para hostigar a los cristianos. Fabián aprovechó aquel período de bonanza para restaurar en la Iglesia el orden y la disciplina, tan quebrantados por el largo cisma de Hipólito. Eminente organizador, puso las bases administrativas de una Roma cristiana. Dividió la ciudad en siete distritos, confiando cada uno de ellos a un diácono. Se ocupó de la conservación y cuidado de las catacumbas. Una de sus primeras preocupaciones consistió en que se repatriaran los cuerpos de su predecesor Ponciano y del infortunado Hipólito. Mandó proseguir la redacción de las actas de los mártires, comenzada por Antero. Y actuó con energía contra Privat, un obispo africano culpable de diversas faltas. Su prestigio desbordó con creces los límites de Roma. Tanto, que Orígenes, el célebre escritor y teólogo, desterrado de Alejandría por el patriarca Demetrios, recurrió a Fabián para justificarse. A fines del año 249 se apoderó Decio del poder y desencadenó una de las más violentas persecuciones.

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El 10 de enero de 250 fue Fabián una de las primeras víctimas. Le enterraron en la catacumba de san Calixto. Su sarcófago se volvió a hallar en el año 1915 del pasado siglo XX.

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San Cornelio - Durante todo el año 250, Decio desató su odio contra los cristianos. Pasarían dieciséis meses sin que pudieran reunirse para elegir un nuevo obispo de Roma. Y fue en esa circunstancia hostil, cuando la reforma administrativa realizada por Fabián demostró su eficacia y utilidad. El clero designado por él gobernó la Iglesia colectivamente en espera de que terminara el período de sede vacante.

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Sin embargo, el primado de la Iglesia de Roma era ya un hecho incontrovertible, hasta el punto de que, incluso en aquel tiempo en que estuvo sin obispo, las demás Iglesias recurrían a Roma para resolver sus problemas. Y había que contestar. Se confió tal tarea a Novaciano, que, entre los eclesiásticos de la urbe, era un escritor prestigioso que ya había desempeñado numerosas misiones. Esta nueva responsabilidad aumentó su influencia todavía más. No había duda: el próximo obispo no podía ser nadie más que él.

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Grande y amarga tuvo que ser, por lo tanto, su decepción cuando en marzo del año 251, la mayoría de los votos recayeron sobre el sacerdote Cornelio. Y no sin razón: Cornelio era partidario de adoptar una actitud indulgente hacia aquellos desgraciados cristianos que, torturados por Decio, terminaron por doblegarse. Habían permanecido renegados durante algún tiempo y solicitaban ahora volver al seno de la Iglesia. Novaciano, en cambio, prefería aplicar medidas rigurosas. La minoría de intransigentes que le apoyaba le enfrentó a Cornelio, el legítimo obispo ya elegido, y hasta encontró tres obispos italianos con suficiente inconsciencia como para consagrar a Novaciano. Surgía así un nuevo cisma, como había sucedido poco antes con Hipólito.

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En este caso, sin embargo, Cornelio contaba con el firme apoyo de todas las Iglesias. En el otoño de 251, más de sesenta obispos, entre los que estaban Dionisio de Alejandría y Cipriano de Cartago, reunidos en sínodo, aprobaron sus medidas magnánimas en relación con los arrepentidos y excomulgaron a Novaciano. El patriarca de Antioquía, Fabiano, no estuvo presente en la asamblea. Se sabía que era partidario del uso del rigor, como otros obispos orientales, que no habían visto de cerca los horrores de la persecución. Cornelio le escribió una carta para exponerle y defender su criterio. Se han hallado fragmentos de esta epístola, gracias a los cuales se ha podido conocer que en aquella época contaba Roma con 46 sacerdotes, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos y 52 exorcistas, lectores y ostiarios.

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En el transcurso de aquellos altercados y tensiones se forjó una profunda amistad entre el obispo de Roma y su colega Cipriano de Cartago, quien quedó consternado al conocer la noticia, en el año 252, de que Cornelio había sido apresado. El emperador Galo le hizo deportar a Centumcellae (Civita Vecchia): allí murió Cornelio de muerte natural, -parece- algún día del mes de junio. Trasladado el cadáver a Roma, fue depositado en la catacumba de san Calixto.

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Hasta el siglo XIX, san Cornelio fue objeto de un culto muy vivo, particularmente en Renania y en determinadas regiones de Bélgica. Era el patrono protector de los rebaños y el Santo al que se recurría para que curara las enfermedades nerviosas. ¿Qué hechos hubo en su vida para que se le adjudicara esa doble misión? Vale la pena relatar relación tan curiosa. En Bretaña, los ganaderos paganos adoraban a un tal Corneno, un horrible ídolo con cuernos. Los misioneros de la región de Carnac no lograban alejarlos de esa superchería y que se convirtieran al catolicismo. Basándose en el sabio principio de que nunca se termina de suprimir lo que no se reemplaza, eligieron de entre la relación de santos cristianos el nombre que tenía más posibilidades de sustituir a Corneno. Y el escogido fue Comelio: no eran tiempos para que los bravos bretones se fijaran en cuestiones de ortografía... aunque quedaba el problema de los cuernos, que, como es natural, no cabían en la figura de un Papa. La solución consistió en que, en lugar de ponerlos en su cabeza, se los pusieron en las manos. De ese modo aceptaron los bretones a san Cornelio y le confiaron sus ganados. En cuanto al segundo patronazgo del santo, surgiría en la Edad Media.

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En aquella época se intentaba calmar a los epilépticos haciéndoles oler aromas imposibles, como por ejemplo la de cuerno quemado. Siendo así que a san Cornelio se le representaba con un cuerno en la mano, se hizo de él una especie de caja mágica para sanar toda clase de enfermedades nerviosas. Sin investigar con mayor detenimiento la relación entre ambas cosas, se le «confió» la mencionada especialización suplementaria. Y todavía hoy, en el día de la fiesta, el 16 de septiembre, los cristianos de la región llevan a sus familiares afectados de convulsiones para que sean bendecidos por los sacerdotes de la parroquia. (El bueno de Cornelio, sin duda rendido ante la fe de los que invocan su favor ante Dios, les corresponde con su intercesión.)

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Conflictos en la Iglesia cristiana de los primeros tiempos - La  elección de los  Papas - Los distintos bandos querían hacer valer su decisión en la elección del nuevo Papa, lo que trajo nuevos conflictos entre oriente y occidente.


¿Bonifacio II o Dióscoro? (530-532) - ¿Cómo pudo Félix ser tan ingenuo, hasta el punto de creer que se acabarían las peleas si él mismo nombraba a su sucesor? El clero le hizo saber que no estaba dispuesto a renunciar a sus derechos, y justo cinco días antes de la muerte del Papa, el día 17 de septiembre del año 530, opuso a Bonifacio el hombre que Félix quería imponer, otro candidato elegido regularmente. Como el pontífice se había decidido por un representante del partido de los ostrogodos, el clero, al contrario, votó por un bizantino. De este modo, el 17 de septiembre fue elegido Dióscoro de Alejandría, siendo consagrado el mismo día del fallecimiento de Félix en la Basílica de Letrán.

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Dióscoro, claramente opuesto al monofisismo, abandonó Alejandría en su juventud y, buscando aires más ortodoxos, se instaló en Roma. Sus brillantes cualidades le valieron pronto un considerable prestigio y, a lo largo de treinta años, ejerció sobre los Papas una influencia espiritual tan manifiesta como beneficiosa. Apoyó a Símaco contra el antipapa Lorenzo; en el 519 fue él quien encabezó la delegación que se trasladó a Constantinopla con la misión de acabar con el cisma. ¿Cómo iba nadie a poner reparos a una elección tan acertada?

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Sin embargo, el hecho era que allí estaba el archidiácono Bonifacio -el elegido por el papa Félix-, que también había sido consagrado obispo de Roma por sus partidarios el mismo día que lo fuera Dióscoro. Una vez más, Roma se encontraba con dos Papas y el cisma volvía a dividir la ciudad. ¿Quién terminaría por imponerse? ¿Y a costa de qué choques y violencias?

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La muerte repentina de Dióscoro, el 14 de octubre, apenas tres semanas después de su elección, evitó los enfrentamientos. Su oponente, Bonifacio, tuvo el mal gusto de declarar anatema (excomulgado) al difunto y de obligar a los sesenta sacerdotes que habían elegido a Dióscoro a que firmaran su condenación póstuma. Afortunadamente, cinco años más tarde, Agapito, uno de sus sucesores, quemaría públicamente, como señal de reprobación, aquel desagradable testimonio de la mezquindad humana.

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A Roma le costó acostumbrarse a Bonifacio. Por muy romano de nacimiento que fuera, era de padres godos y los romanos nunca aceptarían del todo a aquel bárbaro del norte que habían tenido la osadía de imponerles. Su pontificado, por lo demás, fue poco relevante. Nadie sentiría su final cuando Bonifacio murió el 17 de octubre del 532. También él intentó designar un sucesor, pero los componentes del clero se mantenían vigilantes, dispuestos a evitar que les sorprendieran por segunda vez.

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Cambio de nombres - Juan II, alias Mercurio (533-535) - Pasaron diez semanas antes de que Roma tuviera un nuevo Papa. Diez semanas de rivalidades, de peleas, que ni el Senado de Roma ni el rey de los ostrogodos, Atalarico, lograron atajar. Sin embargo, llegaron a ponerse de acuerdo en la elección de un candidato, presbítero de la iglesia de San Clemente. El nuevo obispo fue consagrado el 2 de enero del 533. Se llamaba Mercurio. ¿Cómo se iba a poner al frente de la Cristiandad a alguien que llevara el nombre del dios de los ladrones? Mercurio se apresuró a tomar el nombre de Juan. Creaba así un precedente que, más adelante, justificaría el nacimiento de una tradición típicamente pontificio: el cambio de nombre de los llamados a ocupar la silla de Pedro.

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Apenas se distinguió Juan II por otra cosa. Desde el año 527 un nuevo emperador, Justiniano, desempeñaba su función con el mérito indudable de actuar eficazmente por la unidad del mundo cristiano en la fe y en la justicia. El Papa Juan II murió el 5 de mayo del 535 después de dos años de pontificado. Su sucesor tendría un reinado todavía más breve.

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San Agapito I (535-536) - El nuevo papa era hijo de un sacerdote, Gordiano, y procedía de la más alta nobleza romana. Juan II le había nombrado archidiácono de la comunidad de Roma. Agapito fue consagrado el 13 de mayo del año 535. Tuvo que dejar pronto la urbe -a instancias del nuevo rey ostrogodo, Teodato-, para desempeñar una misión en Constantinopla. El monarca contaba con el Papa para llegar a convencer al emperador Justiniano, de que debía detener las expediciones de represalia del general Belisario. Efectivamente, Justiniano había decidido vengar la muerte de la regente de Rávena, la princesa Amalasunta, asesinada por su propio primo y co-regente Teodato. El emperador recibió al Papa con los más grandes honores pero no se doblegó: los verdugos de la hija de Teodorico el Grande serían castigados.

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Agapito aprovechó entonces su presencia en Oriente para poner en orden los asuntos de la Iglesia y, en particular, para procurar que se cumplieran los decretos del Concilio de Calcedonia. Depuso al patriarca Antimo I, elegido por los monofisitas, y él mismo consagró -hecho único en la historia de la Iglesia-, al nuevo titular de la sede de Constantinopla, el patriarca Mennas.


Agapito no regresaría a Roma. Menos de un año después de su elección, el 22 de mayo del 536, murió en Constantinopla. La Iglesia de Oriente, al igual que la de Roma, le venera como Santo.

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Armando Maronese

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