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¿Tendrán cerebro para aprender la lección?

Por Armando Maronese - 24 de Julio, 2008, 18:25, Categoría: Opinión

No es ésta la primera vez que se agrietan las relaciones entre la presidencia de la Nación y la vicepresidencia. Ha ocurrido así en regímenes constitucionales y durante el desenvolvimiento de gobiernos de facto. Nadie ha quedado con dudas sobre la importante significación, aún fresca en la memoria de todos, que la renuncia del vicepresidente Carlos Alvarez tuvo en la crisis comenzada a fines del siglo anterior. De modo que los propios protagonistas de la cuestión desatada a raíz de la derrota sufrida por el oficialismo en el Congreso de la Nación deberían estar advertidos de la gravedad de actuar con ligereza en un asunto cuyas derivaciones podrían, de no haber correcciones de fondo, acentuar lo delicado de la situación política de estos días.

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Ayer, como derivación algo tardía de lo sucedido, renunció el jefe de Gabinete. El doctor Alberto Fernández, de actuación próxima a Domingo Cavallo en el pasado, se había constituido desde la campaña electoral de 2002/03 en una de las figuras de confianza del matrimonio Kirchner. Siguen, en cambio, sin moverse de las entrañas del poder los personajes cuya sola presencia pública ha producido efectos devastadores para la administración: Ricardo Jaime, Guillermo Moreno, Luis D Elía y otros.

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Con la agresividad que ha sido característica del ex presidente Kirchner y de sus émulos callejeros, todo tipo de maldiciones e improperios se han dirigido contra quien con su voto devolvió credibilidad a una de las instituciones fundamentales de la Constitución. Desde entonces la palabra traición ha estado en boca de los elementos más negativos del Gobierno.

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Llama la atención la facilidad con la cual se reclama constancia en supuestos compromisos de lealtad desde las máximas instancias del partido peronista. El ex presidente permitió que su nombre compartiera no una vez, sino siete, las boletas electorales a cuya cabeza figuraba el doctor Carlos Menem.

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La mano que alzó en la Convención Constituyente de 1994 y la mano que también alzó su mujer contribuyeron a que fuera posible un segundo período presidencial del doctor Carlos Menem. En los primeros cuatro años de aquel gobierno, se deshizo la política de estatizaciones que dominaba el país y se abrieron los mercados. Kirchner no ahorró elogios a Menem en más de una oportunidad y, cuando debió pronunciar las primeras palabras como presidente electo de los argentinos, por defección de éste para insistir en mayo de 2003 con su candidatura en una segunda vuelta electoral, descalificó su gestión en términos que fueron desmesurados.

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Esa es la adjetivación que ha cuadrado para señalar la conducta política global de los personajes de los dos últimos gobiernos del país en el tratamiento de cuanto ciudadano no se haya sujetado a su voluntad caprichosa: desmesura. Desmesura con descaro e hipocresía, porque es difícil encontrar un portavoz gubernamental que no haya servido sin mayores reservas al jefe del peronismo de los noventa.

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¿Qué hicieron en esos años, acaso, quienes en la memorable madrugada del 17 de julio en el Senado, con olvido de la dispersión de la propia tropa política, lanzaban tremebundas advertencias sobre la situación en que podía quedar el gobierno de la actual presidenta, como consecuencia de la conducta de un supuesto Judas? ¿Qué hicieron otros durante la gestión de Carlos Menem o de Eduardo Duhalde: ministros, secretarios de Estado, diputados, intendentes, o qué papel cumplieron no pocos de sus antecesores y seguidores respecto de los cargos públicos que les fueron ofrecidos durante los ahora vituperados años de gobierno militar?

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¿Traición a quién y a qué? ¿No será al artículo 29 de la Constitución Nacional, que califica de traidores a la patria a los que hagan posible la suma del poder público? Si el voto del ingeniero Cobos adquirió la relevación incuestionable que le adjudica el país, no fue sino por una serie de torpezas mayúsculas que llevaron, primero, a una votación pareja por lo verticalista en la Cámara de Diputados de la Nación y, luego, a que el oficialismo se encontrara, a pesar de amenazas y de ofrecimientos de dudosa naturaleza, con que le resultaba imposible reconstituir en el Senado la mayoría de dos tercios de la que había disfrutado hasta poco antes.

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Nadie ha perdido tanto en tan poco tiempo. Sería, sin embargo, un error creer que ha sido como consecuencia de un solo hecho. Las calidades políticas, por así decirlo, de quienes fueron encumbrados en el poder en el otoño de 2003, estaban configuradas aun antes de haber llegado al poder. Fueron después dejando sus marcas, como cicatrices mal curadas, en el cuerpo cívico de la Nación, que prefirió por años anotar en silencio las anomalías que emergían. Al final, se colmó la capacidad colectiva de absorber agravios y el campo terminó por plantarse, en realidad, en nombre de todos.

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Ocúpese ahora el Gobierno de que se laven las paredes con inscripciones obscenas y mafiosas: a nadie le hace más daño que al gobierno la intimidación que extraña comparar la vida del vicepresidente con la del fin trágico de Augusto Timoteo Vandor. Deje de dilapidar el gobierno, los fondos públicos con propagandas destinadas a zaherir adversarios, porque también esto lo desprestigia y coloca a no pocos de sus miembros, en la situación de dar explicaciones legales más adelante sobre ese tipo de sucesos. Abandone el gobierno los lenguajes alambicados, por no decir retorcidos, como los que utilizó en los considerandos de la decisión por la que suspendió la resolución 125 y comience a trabajar, de una vez por todas, por la unión nacional. Escuche el gobierno a quienes desde las filas del peronismo exigen una autocrítica a la que se ha negado con perseverancia digna de mejores causas.

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La histórica sesión del 16 y el 17 de julio de 2008, no pudo haber sido nunca la de la traición del vicepresidente de la Nación a un Poder Ejecutivo que lo había dejado aislado en una situación de desaire equivalente a la que había afectado en su momento al actual gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli. Fue, sí, aquella sesión la de la simple y elemental lealtad de una parte de los senadores y del ingeniero Cobos con los principios del bien común y de equidad, quebrantados por el inconcebible maltrato del que se pretendió hacer objeto al campo mientras se privilegiaba al capitalismo de amigos.

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Después de una experiencia como la que mantuvo en vilo al país, es imprescindible que el Gobierno reencamine su gestión de acuerdo con la lección recibida y la grandeza que aún se espera de él.

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Armando Maronese

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