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Las mujeres y la guerra

Por Armando Maronese - 24 de Julio, 2008, 20:51, Categoría: General

Carne de cañón. Aunque no siempre van al frente, a menudo las mujeres se llevan la peor parte en una guerra: si no es castigo directo, sirven como botines de guerra, o se las condena al olvido.

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"Quisiera casarme, de verdad quisiera. Pero tengo miedo de que mi esposo me abandone por otra, porque no seré capaz de hacer muchas cosas para él. Hay que cocinar y cuidar al marido, y no puedo hacerlo…" Calla. Y su silencio grita, mientras su mirada se pierde en un recuerdo que la hiere, todavía. No hay consuelo que valga, ni modo de aliviar la tristeza de sus ojos aguados. "Tenía 13 años, no sabía nada de la guerra. Estaba regresando de la granja cuando nos atacaron. Quemaron algunas casas, mataron a muchos… Rogué que no me cortaran las manos, les rogué…". Ni siquiera suelta el llanto, Mariatu. Ya no. Aprendió a convivir con su tragedia en un campo de amputados de Sierra Leona, al oeste de África, donde comparte destino con otras 260 víctimas de un ataque habitual en los conflictos armados de su país.

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"Me dieron unas manos de metal, pero no parecen manos. A veces me las pongo". Ya tiene casi 20, la piel oscura, el pelo corto, los pies descalzos. Pura pobreza. "Me resulta difícil asearme –susurra–. Sobre todo cuando tengo mi período, me tienen que ayudar… A veces no duermo durante días. Es difícil olvidar". Uno quisiera creer que estas cosas no pasan. Que no existen. Pero Mariatu está ahí, con sus muñones. Y, aunque duela, habrá que enterarse que no es la única. Que, para el mundo, es apenas un testimonio más del horror que viven las mujeres de todo el mundo cuando la guerra arrasa sus vidas.

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Sierra Leona. Afganistán. Irak. Angola. Bosnia. Ruanda. Colombia. Kosovo. Sri Lanka. Yugoslavia. Chechenia. Sudáfrica. Como Mariatu, millones de mujeres son afectadas por conflictos armados de diverso calibre en los rincones más diversos del globo. Desde tiempos inmemoriales, sea religiosa, política o étnica, civil o internacional, nuclear o convencional, la guerra impacta en las mujeres de manera muy particular, sometiéndolas a situaciones extremas y forzándolas a asumir roles que jamás tuvieron.

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"En general, actualmente son más frecuentes los conflictos armados internos que los internacionales, lo cual hace que la población civil se vea cada vez más involucrada en las guerras o que sea tomada por alguna de las partes en función de sus estrategias. Y "la guerra en casa" tiene un impacto mucho mayor sobre las mujeres", explicó en Ginebra Charlotte Lindsey, responsable del proyecto Las mujeres ante la Guerra, del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), un organismo humanitario que, bajo una premisa de independencia y neutralidad, protege y asiste a millones de víctimas en más de 80 países. "A partir de las operaciones en el terreno, decidimos que era importante comprender mejor de qué manera la guerra afecta a las mujeres, porque sólo suele hablarse de la violencia sexual y hay muchos otros aspectos que deberían tenerse en cuenta", reclama.

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Si bien en una guerra las mujeres sobreviven más que los hombres, a ellas les toca una dura tarea aún después de culminado el conflicto. Uno de los problemas más graves que enfrentan es la desaparición de sus parejas. En Bosnia, por ejemplo, el 92% de los desaparecidos tras las sucesivas guerras de los Balcanes –más de 20 mil– son hombres, lo cual implica una inmensa cantidad de mujeres libradas a su suerte, a cargo de hogares, hijos y familiares y con pocos o ningún recurso para salir adelante. "Hojeé el libro que armó la CICR con fotos de pertenencias de cuerpos hallados en fosas comunes. Pasaba las páginas rogando a Dios no reconocer nada… Han pasado seis años desde que perdí el rastro de mis hijos y mi esposo. Tenemos derecho a enterrar a nuestros muertos dignamente", llora Dzidza, una mujer bosnia cuya edad fue desdibujada por el dolor.
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La cantidad de mujeres que han perdido contacto con sus maridos en Sierra Leona es alarmante. Tanto, que el CICR ha iniciado un programa para 62 mil mujeres, en el cual les enseñan a trabajar la tierra y algún otro oficio para que puedan mantenerse. "Lo mismo sucede en Bosnia y en Afganistán, donde hay cientos de miles de viudas tras tantos años de guerras. Y, aún cuando el conflicto termina, para ellas continúa porque no saben cómo seguir", dice Lindsey.

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La crueldad de los ataques hacia las mujeres durante una guerra no ha conocido límites. Amputaciones, violaciones, prostitución forzada, secuestros, matanzas masivas, torturas, son las caras más tristes de un fenómeno que la comunidad internacional debiera empezar a asumir en su verdadera dimensión. ¿Por qué los gobiernos toleran estos delitos? "Nadie quiere dar demasiada información, es difícil entender –lamenta Lindsey–. Nosotros les explicamos una y otra vez que es su responsabilidad controlar a sus tropas, y que es fundamental tratar estas cuestiones en tiempos de paz. Las fuerzas armadas son grupos muy disciplinados: atacar este problema desde la instrucción es esencial. Si los gobiernos se deciden se puede hacer algo".

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La escritora canadiense Madeleine Gagnon ha publicado una completa investigación sobre la violencia sexual como arma de guerra. Explica que en Kosovo, por ejemplo, las milicias y los paramilitares serbios sabían que la mejor manera de desestabilizar a la población albanesa era alterar el núcleo familiar. Hacerlo estallar. Y nada mejor que una violación para lograr su objetivo: "Ellos saben que una virgen violada no podrá encontrar marido; y que la casada será abandonada por su esposo. Saben que no hablarán porque ser violada es una vergüenza, que se sentirán culpables", cuenta una estudiante albanesa en su libro Las mujeres dan la vida, los hombres la quitan.

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En algunos casos, la violación ha tenido una función estratégica: ha operado como instrumento para alcanzar objetivos militares específicos. En Bosnia, por ejemplo, formó parte de una siniestra "empresa de purificación étnica", librada sobre los cuerpos de las mujeres más jóvenes –cifras oficiales estiman que entre 1992 y 1993 fueron abusadas casi 40 mil mujeres–. Una vez violadas, eran encerradas en campos especiales y obligadas a continuar con su embarazo, para hacerlas pasar por la humillación de tener un hijo serbio. El índice de suicidios después del parto fue altísimo.

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Las mujeres han sido tomadas como botín de guerra desde hace décadas. Un ejemplo paradigmático de esta situación sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando unas 200 mil mujeres chinas, coreanas y filipinas –bautizadas patéticamente "mujeres confort"–, fueron secuestradas y enroladas en una red de esclavas sexuales para "servir" a los soldados japoneses. El objetivo del emperador Hiroito era desalentar las violaciones en los territorios ocupados y proteger a sus soldados de enfermedades venéreas. Los medios no importaron.

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Los años siguieron sumando cifras escalofriantes. Sólo en la década del 90, se estima que unas 5 mil mujeres fueron violadas por soldados irakíes tras la invasión de Kuwait; que alrededor de 500 mil fueron torturadas, abusadas y mutiladas en Ruanda entre 1994 y 1995, según datos de la ONU; que 1.600 niñas y jóvenes argelinas fueron secuestradas y reducidas a esclavitud sexual por grupos islamitas armados entre 1994 y 1998, según fuentes gubernamentales; y los ejemplos siguen, con millones de historias detrás de números que espantan. "Mi madre me cuidó largamente. En secreto. Para mi padre, mis hermanos y los amigos del clan, ella inventó una historia que ya he olvidado. A causa de la deshonra, claro. Al mes me casé con un primo que habían elegido para mí. Él jamás lo supo. Para la noche de bodas mi madre me había dado un frasco de sangre de ternera para que volcara sobre la sábana…". Tenía 18 años, Anna, cuando dio a luz a Karim, hijo de un soldado serbio que la violó durante el conflicto de Bosnia-Herzegovina. Es su secreto más doloroso, el mejor guardado.

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La amputación, muy frecuente en Sierra Leona, es otro de los delitos más aberrantes. "Es una psicología muy difícil de entender, pero es la forma en que decidieron pelear en ese conflicto. Nosotros tratamos de darles asistencia en lo que es ortopedia y prótesis, porque en algunos países los discapacitados son muy marginados y no tienen forma de reinsertarse", explica Lindsey. En algunos países de África –donde también hay muchas víctimas de las minas antipersonales– y en Afganistán, el CICR enseña a los discapacitados a fabricar las prótesis para que puedan tener un empleo en los organismos que se ocupan de estos temas.

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"No sé exactamente, pero la gente dice que tengo 10 años –cuenta Mah Bibi, su infancia truncada al sur de Afganistán–. Uno de mis hermanos tiene 5 y el otro 7. Yo los cuido. Mis hermanos me piden de comer, pero todo se ha secado. La gente me dice que hay guerra, pero yo sólo pienso en el hambre". No recuerda cuándo murió su madre; sí, que su padre se marchó hace cuatro años "para buscar alimentos". Y que desde entonces no supieron más de él. "Hace meses que estoy mendigando. Esta mañana no tenía que comer y comí hierba. Pero pronto ya no habrá hierba, se secará, y ¿qué vamos a comer? ¿La arena?".

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Uno de los temas que preocupa al CICR es el de las mujeres detenidas. "En general son civiles; no es común que las mujeres soldados sean capturadas porque no suelen estar en el frente –dice Lindsey–. Según nuestras estadísticas, el 96% de los prisioneros son hombres, y esto es complicado porque, al ser minoría, no hay lugares de detención para ellas. Deberían estar separadas y no lo están. Y no siempre es bueno reclamar que las trasladen porque a veces esto implica que las alejen mucho de su familia, que es la que facilita su vida en prisión".

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Mujeres soldados. La presencia de las mujeres en las filas militares comenzó a hacerse visible a partir de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en los ejércitos alemán, británico y soviético. En los dos primeros tenían un rol más bien secundario, como reserva o como soporte de las tropas masculinas. Pero en la URSS las mujeres iban al frente como cualquier hombre, y llegaron a constituir el 8% de las fuerzas armadas del país. "Ha aumentado la cantidad de mujeres soldados en todo el mundo, pero hay un debate respecto a si deben ir o no a la línea combate. Italia y Gran Bretaña, por ejemplo, no lo permiten", explica Lindsey. En Estados Unidos, el 14% del personal de sus fuerzas armadas es femenino: 40 mil mujeres participaron en la guerra del Golfo, en 1990-1991.

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Las mujeres tienen mayor protagonismo en combate en los grupos paramilitares y en las luchas de liberación nacional. Se estima, por ejemplo, que más de un tercio de las fuerzas del grupo separatista -Tigres Tamiles- de Sri Lanka son mujeres. Y lo peor es que suelen ser las elegidas al momento de seleccionar los comandos kamikaze. "Son preferidas porque son menos sospechosas. Además, en algunas regiones está prohibido palpar a las mujeres, y pueden usar un dispositivo suicida entre sus ropas simulando estar embarazadas", sigue Lindsey. Según el Centro de Estudios en Ciencias Sociales de ese país, las "mujeres bomba" suelen llegar a esa decisión tras haber sido víctimas de una violación sexual: los guerreros las buscan con el argumento de que la inmolación podrá devolverles la pureza perdida. El suicidio es su ofrenda más suprema para lograr el perdón.

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También es muy común la presencia de mujeres en los grupos paramilitares colombianos –en las FARC y en el Ejército de Liberación Nacional–. "Me vi envuelta en la guerrilla cuando tenía sólo 11 años. Quería hacerlo, no me obligaron. Por razones de seguridad no vi a mi familia por mucho tiempo. Pero alguien nos entregó… Hace ocho años que estoy encerrada y me quedan muchos más. Me dieron 25. No quiero tener hijos por mi niñez, como guerrillera. No quiero que sigan mi mismo camino", dice Amanda, una de las 247 mujeres que reciben asistencia del CICR en los centros de detención estatales. De todos modos, uno de los problemas más graves en Colombia es el de los desplazados. Empujadas por la violencia y el peligro, comunidades enteras abandonan sus hogares en busca de algo de paz y seguridad. El tema más delicado, en esta situación, es el acceso a la asistencia médica. Las vías fluviales son peligrosas y hay que emprender largos viajes para ver a un médico.

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Los organismos de acción humanitaria y diversas ONGs están intentando concientizar al mundo sobre este problema. A nivel internacional, no escasean las normas de protección de mujeres en zonas de conflicto. Reglas hay: lo que falta, a veces, es una voluntad más férrea, por parte de los Estados, a la hora de auditar su cumplimiento. "Cuando hay toque de queda tenemos problemas para llegar a nuestro trabajo. Tengo que caminar veinte minutos para llegar al hospital. Hay soldados por todas partes, pero yo camino, aunque haya disparos. Tiraron tres bombas molotov a mi casa; por la noche no podemos dormir todos, uno tiene que hacer la guardia. Pero este es mi país y mi hogar. Hemos estado aquí durante generaciones y no voy a partir", cuenta Shihnaz, una enfermera de ojos mudos y hablar pausado, decidida a no abandonar la ciudad palestina de Hebrón.

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El derecho internacional humanitario (DIH) reconoce a la mujer una protección general como persona civil y un trato similar al que exige en los hombres en caso de que sea miembro de las fuerzas armadas. Además, goza de una protección especial –instituida por la Convención de Ginebra (1949) y los Protocolos adicionales–, contra los atentados a su honor y, particularmente, contra la violación y la prostitución forzada. En los últimos tiempos, los tribunales penales internacionales han perfeccionado esa protección, persiguiendo la violación y otras formas de violencia sexual como crímenes de guerra.

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Sin duda, uno de los países que más desvela al mundo, actualmente, es Irak. "Sabemos que será muy difícil para las mujeres –dice Lindsey–. Desde la guerra de 1991, ellas han tenido problema con el acceso al agua, que es su responsabilidad y es esencial para la salud y la sobrevivencia de la familia. Hemos trabajado mucho en ese sentido. La mujer iraquí es muy fuerte, ha sabido manejarse en situaciones muy difíciles. Para ellas es muy importante el tener una vestimenta digna; sabemos que tendremos que distribuir ropa, y no cualquier ropa: ellas deben tener su cabello cubierto. Nos hemos preocupado por conocer su cultura; debe haber médicas mujeres, porque un hombre no puede verlas".

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Lamentablemente, en los conflictos armados, los derechos de los individuos retroceden peligrosamente. Y, muchas veces, niños y mujeres se llevan la peor parte. El fantasma de la guerra nos acosa, irremediablemente. Estas historias son, apenas, un testimonio mínimo de un fenómeno que crece. Y que no crece a espaldas de los gobiernos. La conciencia debería impedirnos el seguir resumiendo esta tragedia en la lavada e impune categoría de "daño colateral".

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Armando Maronese

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Fuente: EFE

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