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Genocidio Armenio

Por Armando Maronese - 25 de Abril, 2008, 2:48, Categoría: Conflictos bélicos

El 24 de abril de 1915, el Ministerio del Interior de Turquía publicó una orden que autorizaba el arresto de todos los dirigentes políticos y sociales armenios sospechosos de albergar sentimientos nacionalistas. De modo que tan sólo en Estambul se capturó y ejecutó a 2.345 dirigentes armenios.

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Al día siguiente, un despacho telegráfico originado en Londres y fechado un día antes, informaba sobre hechos ocurridos en la ciudad de Tabriz, por aquel entonces en poder de los turcos. Decía escuetamente: "La policía turca cumpliendo órdenes de las autoridades disparó contra los armenios haciendo una verdadera matanza entre ellos".

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Nadie sospechaba que con los hechos de Tabriz se iniciaba, hace 93 años, una de las más crueles matanzas que registra la historia de la humanidad y la primera ocurrida en el siglo XX: el exterminio, entre 1915 y 1916, de 1.500.000 armenios, incluyendo ancianos y niños desprotegidos.

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En Turquía, sin embargo, sigue siendo tabú todo recuerdo de la ocupación de las tierras armenias por su población de origen. Así, hasta el nombre del país se tachó en los mapas y documentos turcos. A fines de los años cincuenta, el gobierno rebautizó todos los caseríos, aldeas y ciudades de las provincias orientales. Los monumentos armenios que atestiguaban dieciséis siglos de vida nacional fueron destruidos, abandonados o transformados en establos.

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El silencio turco nos recuerda que en materia de genocidios, el negacionismo no es un accidente de la historia, sino la última etapa de su construcción. Por eso, un genocidio no culmina realmente hasta que el criminal logra, si no eliminar a todas las víctimas potenciales, al menos un número lo suficientemente grande y, conjuntamente, toda huella, todo recuerdo del crimen.

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Héléne Piralian estudió de cerca el caso de los descendientes armenios del genocidio cometido por Turquía, paradigma en materia de negacionismo, así como las implicancias psicológicas y simbólicas que para aquellos ha tenido esa negación mantenida a lo largo del tiempo.

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Al respecto, advierte que un proyecto genocida se construye mediante la combinación de la destrucción y su negación, de modo tal que el asesinato de las personas se duplica con la muerte de lo simbólico. Se trata, entonces, de hacer coexistir a la desaparición de un grupo con su posterior negación, a fin de que con los muertos desaparezcan igualmente las huellas del asesinato. Puesto que sin muerte no hay asesinato, no hay asesino y, por lo tanto, tampoco genocidio ni memoria consciente posible.

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El negacionismo consiste en una manera de conservar y continuar con los efectos de la destrucción simbólica propia de los genocidios. Maniobra que está dirigida a escamotear la existencia pasada de los muertos, a través de la negación presente y persistente de los crímenes cometidos. Lo cual, como resultante, les impide a los sobrevivientes realizar un duelo y simbolizar la muerte.

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Y aquí cabe la formulación de una pregunta esencial: ¿cómo paliar las operaciones de negación y sus efectos para con las víctimas y descendientes? Al respecto, Piralian responde que el reconocimiento de las ocultaciones se convierte "en un trabajo primordial y en una especie de deuda psíquica ineludible para quien desee que la civilización viva".

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Esa deuda psíquica puede saldarse recurriendo a instancias éticas que permitan echar luz sobre los crímenes perpetrados, desarticulando así el discurso de la negación y el ocultamiento. Esto fue lo que sucedió, de algún modo, cuando los herederos armenios del genocidio turco lograron que por primera vez se reconocieran las operaciones de exterminio sufridas por su pueblo.

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El Tribunal Permanente de los Pueblos, reunido en París en abril de 1984, aprobó una resolución que expresaba que "el genocidio de los armenios es un crimen internacional del cual el Estado turco debe asumir su responsabilidad". Un año después, una comisión de las Naciones Unidas aceptó calificar el caso armenio como el de un genocidio. Lo siguió luego el Parlamento Europeo en 1987 y el Parlamento Francés en el 2001.

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Recién hace dos años, Turquía acusa el golpe de una Europa que le compele a volver sus ojos hacia el pasado. Tanto es así que Francia, a través de su ministro de Industria, le ha reiterado la necesidad de que reconozca y admita el genocidio armenio. Puesto que "ser capaz de revisar su pasado forma parte de las costumbres democráticas".

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A consecuencia de las demandas de la Unión, a la que aspira a sumarse en forma definitiva, el primer ministro turco acabó por dar un paso histórico. Durante el primer debate parlamentario acerca del genocidio del pueblo armenio reclamó sinceridad en el tratamiento de la cuestión. Virtud que, de existir, contribuirá a iluminar una verdad histórica que ha venido siendo sistemáticamente evitada hasta el presente. 

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Armando Maronese

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