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Los errores del populismo

Por Roberto Cortés Conde - 29 de Enero, 2008, 18:55, Categoría: Opinión

¿Son las políticas económicas del último cuatrienio similares a las del primer peronismo (1946-51)? El gobierno del 46 puso en práctica un esquema proteccionista (mercantilista), con restricciones cuantitativas a las importaciones, tarifas y cambios múltiples, con el objetivo de promover la industria nacional, a la que se le reservó el mercado interno y se le abarataron sus insumos importados, el trabajo y el capital.

 

La necesidad de protección implicaba que se trataba de industrias poco productivas que no podían pagar salarios altos. Pero en un esquema populista no sólo se requería pleno empleo, sino elevados salarios reales para ganar apoyos políticos. Para obtenerlos se aumentó su poder de compra, interviniendo en los precios de los alimentos, las tarifas de servicios públicos y los alquileres. Se subsidiaron los alimentos con un cambio desfavorable para los exportadores, se fijaron tarifas de las empresas estatales de transportes, combustibles y energía por debajo de sus costos y, finalmente, se congelaron los alquileres.

 

Esas medidas descapitalizaron al país en energía y transportes, estancaron las exportaciones, imposibilitaron la importación de insumos para las industrias que usaban tecnologías obsoletas y produjeron crisis en el sector externo. A todo ello se sumó el déficit del gobierno y de las empresas públicas. Los subsidios y el déficit se financiaron con creación de dinero, lo que provocó una gran inflación. Quedó evidenciada la incompatibilidad de objetivos: altos salarios con baja productividad.

 

La experiencia de los últimos cuatro años muestra un esquema proteccionista, pero, esta vez, basado en un tipo de cambio alto, sostenido con la compras de dólares por parte del Banco Central con emisión de dinero y de deuda. El tipo de cambio competitivo rige sólo para el mercado interno porque encarece las importaciones y favorece la producción local. En el caso de las exportaciones, se lo compensa con crecientes retenciones. Como las actividades para el mercado interno intensivas en mano de obra son de una productividad baja, se busca mantener salarios reales elevados, controlando los precios de los alimentos y las tarifas de los servicios públicos. Esto se traduce en un proceso de desinversión, en una pésima prestación de servicios y en serios problemas de oferta.

 

Además, no es posible pagar bien a los trabajadores si se protege a industrias que usan mano de obra no especializada, que competirá con una oferta china más barata. A la larga, el mejor salario se obtendrá produciendo y exportando trabajo de calidad. Este es el principal desafío del país. Lo que diferencia la experiencia del último cuatrienio es que el Gobierno esta vez no tuvo déficit, ni se financió con creación de dinero. Ello no es totalmente cierto ya que la compra de dólares corresponde a colocación de deuda del Central en los bancos comerciales, con el atractivo de una tasa ajustada a la inflación.

 

Es cierto que no se usaron en el Banco Central los redescuentos generalizados que fueron en esa época el factor de la enorme inflación. A diferencia de entonces, la Argentina tuvo estos últimos años superávit fiscal primario. Pero en él no se incluyen pagos efectuados con emisión de deuda, ni tampoco se toma en cuenta las cada vez más difíciles situaciones fiscales de las provincias. El gasto público aumentó enormemente y en el último año más que los ingresos. Esto se soporta por los excepcionales precios de las exportaciones.

 

¿Será esto permanente? Las políticas populistas tendieron a privilegiar el consumo sobre la inversión. Entre 1946 y 1951, el peronismo más "que combatir al capital" lo consumió, llevando a una seria crisis de energía y transportes. En los últimos años, tras la notable caída de la inversión en la crisis de 2001, ésta se recuperó. No mejoró respecto de la realizada en los 90 en energía y transportes, lo que deja un panorama difícil para los próximos años. Por otro lado la oferta de bienes no aumentó en la medida en que lo hizo la demanda, llevando a presiones inflacionarias que, por más que se oculten, ya son evidentes. La suba de precios internos incide también en el deterioro del tipo de cambio real, aumentando las importaciones y dejando menor superávit comercial. No es tan claro, entonces, el futuro de los superávits gemelos.

 

Por Roberto Cortés Conde

 

De la Redacción: El autor es profesor emérito de la Universidad de San Andrés y presidente honorario de la Asociación Internacional de Historia Económica.

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