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Ante los peligros del neoestatismo

Por Sergio Berensztein - 29 de Enero, 2008, 18:28, Categoría: Opinión

A diario nos enfrentamos con claras muestras del fracaso del Estado. Mueren por semana en accidentes de tránsito, el equivalente al doble de las víctimas del atentado a la AMIA. La inseguridad se ha convertido en una obsesión para los argentinos de todas las clases sociales. La crisis energética, la falta de agua potable y de cloacas, la crisis de la educación y de la salud y la dificultad para acceder a la justicia, limitan el ejercicio pleno de los derechos ciudadanos y truncan el desarrollo humano. Ya sea por exceso o por defecto, nuestra vida cotidiana está sobredeterminada por la desidia, la improvisación y también la corrupción imperante en el aparato del Estado, en el nivel nacional, provincial y municipal.

Esto ha empeorado desde el retorno de la democracia: no hubo hasta ahora ningún esfuerzo sistemático por construir un Estado transparente y moderno, diseñado explícitamente para profundizar la democracia y promover el crecimiento con inclusión y movilidad social. Puesto de este modo, se trata del gran proyecto ausente de la historia argentina: nunca tuvimos ese modelo de Estado. Tuvimos otros, peor o mejor administrados. Pero nunca construimos el Estado que necesitamos, si es que en efecto la Argentina aspira alguna vez a cumplir con los derechos y garantías establecidos en su Constitución.

Una democracia plena y una economía de mercado abierta y dinámica, requieren un Estado ágil, fuerte y eficiente. El debate no debe centrarse en su tamaño sino en los resultados: la provisión de bienes públicos (educación, infraestructura, justicia, salud, seguridad y preservación del medio ambiente), priorizando la equidad distributiva y garantizando la igualdad de oportunidades.

¿Qué no hace el Estado argentino? Precisamente todo lo que en el mundo moderno explica el progreso de las naciones: crear un entorno de reglas claras y estables que promuevan el diálogo, la cooperación y la interacción civilizada entre los actores políticos y sociales; garantizar el pleno ejercicio de los derechos y hacer cumplir con las obligaciones que establecen la Constitución y las leyes; formar capital humano para que los ciudadanos puedan desarrollar sus proyectos de vida, contando con los talentos necesarios para insertarse en una sociedad global cada vez más exigente y competitiva; promover la inversión privada, la innovación y la creatividad y establecer una regulación apropiada para evitar los monopolios y los "fracasos del mercado".

Nuestro Estado no tiene política poblacional, migratoria ni territorial. Muchos dudan de que haya una política de defensa. No hay programas de formación de un verdadero servicio civil. Tampoco se ha avanzado en el gobierno digital. Los Estados más modernos y democráticos también cometen errores y bastante a menudo. Pero la situación es aún más grave cuando predominan la inercia, la negligencia y el aprovechamiento político y personal de la debilidad del Estado, como ocurrió y ocurre en la Argentina.

Retorno del estatismo - La decadencia del Estado se profundizó desde mayo de 2003, pues hubo un retorno a las viejas prácticas del intervencionismo populista, sobre todo en materia económica, que nunca estuvieron del todo erradicadas. El Estado busca involucrarse ahora en múltiples ámbitos de la vida nacional. Se privilegian las prebendas y el amiguismo por sobre la transparencia y la competencia; la cooptación, el clientelismo y el corporativismo por sobre la representación genuina de los intereses sectoriales, y la "selección de ganadores" (es decir, también la de perdedores), sin que se expliciten los criterios ni se establezcan los plazos y los costos que toda la sociedad paga por esas decisiones.

Se trata de un Estado para el que, independientemente de la carga impositiva, todos los recursos son pocos: siempre habrá algún sector "necesitado" a quién auxiliar (vale decir, subsidiar), con la correspondiente contraprestación en materia de obsecuencia al oficialismo de turno. No se trata, como en el pasado, de un Estado autoritario, represor y violento: en ese sentido, los argentinos hemos aprendido lo suficiente como para no repetir esa clase de desatinos. Sin embargo, se fomentan decisiones arbitrarias y se toleran caprichos personales, ya sea para hostigar a una empresa o a un sector en particular (como Shell o la industria cárnea), ya sea para avanzar en, o al menos anunciar, proyectos de dimensiones faraónicas (como el Gasoducto del Sur o el tren bala).

La experiencia histórica, de la Argentina y del mundo, sugiere que este modelo de Estado puede generar conductas predatorias, convirtiéndose en una máquina de saqueo, violación de derechos (conviene recordar que los de propiedad también son derechos humanos) y limitación de libertades individuales.

Algunos confunden este retorno del estatismo con una presunta recuperación de la capacidad de transformación de la política. Se suele contrastar la situación actual con la de los años 90, durante los cuales hubo un supuesto sometimiento de la "política" a los "mercados": el proceso de reformas económicas es visto como un renunciamiento frente a la dinámica de la globalización (o, en versiones más radicalizadas, simplemente a los designios del "Imperio").

Aquí suele insertarse un matiz productivista mezclado con una reivindicación del movimiento por los derechos humanos, pues el antecedente principal de aquellos cambios no es otro que el Proceso de Reorganización Nacional, cuando se inició la desindustrialización del país en el contexto de la represión más brutal que, en efecto, jamás existiera en la Argentina. Esta visión está enraizada en el viejo revisionismo nacionalista acuñado hacia comienzos de los años 30, incluida su concepción conspirativa, maniquea y xenófoba de la realidad. Así, ese modelo "entreguista" favorecía a unos pocos en detrimento de los intereses de la Nación, que coincidían naturalmente con los de las "mayorías populares". Más aún, Argentina es vista como víctima de intereses foráneos que sólo buscan extraer ganancias fáciles a costa del hambre del pueblo.

En este sentido, el retorno del neoestatismo tendría un sentido reparador, para restaurar una supuesta época dorada en la cuál la Argentina era un país justo, libre y soberano, con el Estado como columna vertebral. Esa Argentina y ese Estado jamás existieron. Pero sí es cierto que hubo y hay una simbiosis crónica entre estatismo y presidencialismo: al acumularse un conjunto desproporcionado de atribuciones y recursos en el Poder Ejecutivo, se atrofia la división de poderes, se anula el federalismo y se asfixia la competencia democrática.

El círculo vicioso - ¿Cómo desenredar este monumental círculo vicioso? Este es el debate más importante que está pendiente en la Argentina y la sociedad en su conjunto tendrá, más temprano que tarde, que asumir el liderazgo que le corresponde.

Resulta casi irrelevante discutir medidas específicas de una eventual reforma política, incluida la cuestión electoral, sin antes considerar la matriz del dilema institucional que padece la Argentina. Este statu quo difícilmente será modificado "desde arriba". ¿Qué presidente se animaría a hacerlo? Implicaría prácticamente un suicidio político. Es significativo que la democracia argentina necesite de esa clase de gestos para afianzarse.

Por Sergio Berensztein

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