Está bien que en el mundo todo cambia, que nada es para siempre y que nunca nos podemos bañar en las mismas aguas del río, que el cambio es vida y la fijeza perpetua es muerte… Pero todo tiene sus límites y ponderaciones: para que haya cambio tiene que haber previamente algo estable que ha de cambiarse o mantenerse. De lo contrario, la misma idea de cambio sería impensable. Hay una tendencia natural de la lógica humana a respetar el principio de identidad. Una cosa son las aguas del río y otra distinta es la naturaleza humana. El cambio permanente, la fluidez eterna, se parece demasiado a la nada. Leer artículo completo