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La ingratitud

Por Armando Maronese - 7 de Diciembre, 2007, 18:29, Categoría: Opinión

La ingratitud es una acción que puede herir profundamente a las personas que han hecho algo importante por nosotros: a los padres, hermanos o amigos. Cualquier tipo de maldad es el trueno; la ingratitud es el rayo. El trueno asusta, pero el rayo mata. La ingratitud es el espectáculo más triste que uno pueda presenciar y una vieja fábula nos la refleja:

"A cierto lobo glotón se le atravesó un hueso en la garganta mientras comía. Viéndose en semejante apuro, rogó con mil promesas a una Cigüena que se lo extrajera.

Oye- le dijo- tú que tienes un pico tan largo, bien podrías quitarme este hueso que me ahoga. Hazlo por favor, que yo recompensaré tu servicio.

Enternecida la cigüeña por los ruegos del lobo y confiada en sus promesas, le sacó el hueso con suma habilidad; y luego, terminada la operación, le pidió el pago de sus servicios, a lo cual, el lobo mostrándole los dientes contestó:

¡Cuán necia eres! Después de que he tenido tu cabeza entre mis dientes ¿Aún me pides premio mayor que el perdonarte la vida y dejarte libre para contar que pusiste tu vida entre mis dientes?

Ante la insólita respuesta, para evitar mayores desengaños, se marchó la cigüeña sin decir nada."

¿Lo ven? La ingratitud es la insensibilidad a..., yo no los llamaría favores recibidos, sino me agrada más, en este caso, ayuda para superarse. Es la amnesia del corazón.

Es inútil esperar reciprocidad de los ingratos, ellos nunca corresponden a las ayudas recibidas. Por más miel y leche que uno diera a las víboras, veneno solamente le escupirán.

¿Quién no ha sido pagado con ingratitud? El que no sepa de ingratitudes poco bien habrá hecho en la vida. Pero bueno, ¿qué importa la ingratitud de los hombres? Al fin y al cabo, al servir, uno solo trata de hacer el bien y no de colocar fondos ni de recibir recompensas.

Es preferible crear ingratos que dejar de ayudar o si gustan, hacer el bien a los demás. Además, el mal pago añade mérito a las buenas obras.

Quien ayuda a superarse conocerá a veces la ingratitud, pero también la emoción de dar, de ayudar. Pero también, siempre se encontrará gente noble y agradecida.

Una señora contaba:

"Todas las mañanas, de camino a mi trabajo, me encontraba a una mujer de mediana edad que, envuelta en un abrigo andrajoso, pedía limosna junto a la puerta de una iglesia de ladrillo.

A cuanta persona pasaba por allí le daba los buenos días con una cálida sonrisa, y yo también le regalaba algo.

Luego de casi un año, noté que la mujer había desaparecido, y me pregunté qué le había sucedido. Sin embargo, un día volvió a aparecer junto a la Iglesia, aún con su abrigo de siempre.

Yo me estaba disponiendo a abrir mi bolso para darle su ayuda, pero ella me detuvo.

- Gracias por ayudarme todos estos días – dijo -. Ya no me verá más por aquí, porque he conseguido un empleo.

Entonces, sacó de su bolso un pequeño paquete y me lo dio. Había estado esperando allí, pero no a que le dieran dinero, sino para obsequiarle una rosquilla a cada una de las personas que la habían socorrido".

De todas las personas que lean mi escrito, las únicas que serán realmente felices son aquellas que busquen y hallen la manera de ayudar a quien lo necesite.

Sembremos semillas buenas de paz, de optimismo y de ayuda al que necesite. Vivamos según nuestra recta conciencia. Ayudemos a otros lo más que podamos, de tal forma que nuestras vidas sean una alegría constante, porque hacemos el bien y ayudamos cuando nos necesitan. No nos preguntemos si ellos nos agradecerán o retribuirán. A mí, personalmente, no me interesa que me lo agradezcan, pero sí que me ayuden cuando lo necesito, quienes he ayudado a superarse. A quienes les he hecho ver que tenían que elevar su autoestima. Que debían quererse a sí mismos. Que estuve a su lado en sus momentos más difíciles.

Hagamos  el bien sin pensar en la recompensa, porque solo así demostraremos amor para con todos. Tendamos nuestras manos generosas para ayudar y hacer el bien por el bien mismo y no por el galardón.

Esperar gratitud, nunca debe entrar en nuestros cálculos. Aquél, que haciendo beneficio espera la gratitud, carece de generosidad y aquel que extraña no recibirla, carece de sentido común; de manera que no hay que pedir a nuestro prójimo que agradezcan el beneficio; tal vez, lo que hay que pedirles es que no se venguen de haberlo recibido".

La ingratitud es el crimen más grande que pueden los hombres atreverse a cometer.

Armando Maronese

Viernes, 07 de diciembre de 2007

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