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La soledad como elección

Por Armando Maronese - 7 de Octubre, 2007, 22:38, Categoría: Opinión

A veces uno puede elegir el poder (poder hacer) pero no elegir la soledad. La elección del poder por si solo trae de la mano muchas veces soledad. Pero no es la soledad la que se elige sino la que hay que aceptar. Es necesario reconocer que el servicio del poder genera sí o sí la soledad. Las personas a medida que vamos desarrollando algún tipo de crecimiento personal o profesional, también vamos experimentando que quedamos cada vez más en un círculo pequeño de personas. Esto no tiene que ver con elegir o con separarse de los otros por un sentimiento de superioridad. Mientras más avanzamos en un estado de situación, vamos determinando nuestro posicionamiento en ello.

El súbdito siente que muchas cosas no las puede compartir con su superior por más democrático o paterno que sea. Entiende que el jefe o el superior están en otro lugar. No es que no lo quiera, sino que necesita independizarse, separarse, identificarse quizás  con aquellos que se encuentran a la mano, a la misma altura. No se trata de afirmar la jerarquización de las personas, simplemente de entender que todos encontramos en aquellos que conocemos como iguales, un espacio de expresión, de convivencia libre. Tal vez de libertad. Esa soledad la siente el padre, por ejemplo, en su decisión de poner orden o límites en sus hijos.

El hijo ama a su padre pero también necesita desprenderse de él para crecer. Yo puedo querer mucho mi  papá, pero no por ello puedo considerarlo mi par. Mi padre no es mi amigo, porque no puedo compartir quizás todos los momentos o espacios que yo logro con mis coetáneos. Se busca en vano reemplazar el lugar del padre o del amigo. La creencia del papá que se siente "uno más" es falsa y dañina para sus hijos. Existe también la tentación en profesores de hacerse querer por la complicidad con los alumnos, por el común acuerdo de pasar por alto ciertas normas institucionales. A los alumnos les conviene el negocio, pero el profesor además de demostrar su inmadurez, pasa identificarse con los alumnos desplumando su rol de adulto, altamente necesario hoy por hoy. Tampoco genera la cercanía ilusoria de estar codo a codo con los jóvenes. Los chicos y las chicas no necesitan que renunciemos a nuestro status de adultos para estar a su lado. No necesitan tenernos tras sus pisadas; requieren de guías, de adultos que ya hayan caminado y que los ayuden sin absorber ni asfixiar. Podemos estar cercanos y a la vez ser referentes. El referente no está encima sino un poco más adelante. No puedo llevar conmigo en el auto los carteles de vialidad, los necesito a una cierta distancia para que me guíen.

De esto se trata, de aceptar la soledad que implica estar un poco más adelante para indicar la senda. En varias oportunidades me tocó guiar a personas amigas, de paseo por ciudades muy lejanas de aquí, y mi preocupación por encontrar el camino y no perderme me obligaba a adelantarme unos metros. Otras veces, guiar a amigos por cotos de caza a los cuales ya conocía, y mi preocupación era no perder la senda y eso también me obligaba a tomar precauciones más exigentes, reconocer la ruta y orientarme. Necesariamente, los amigos a los cuales guiaba, tenían que quedarse atrás y no separarse de sus pares. Tantas otras veces necesité adelantarme y hacer el camino yo solo, marcarlo, señalarlo y volver para buscar al grupo. Esta es una buena parábola: el que guía debe aceptar la soledad de ir un poco adelante y orientarse para orientar. Aceptar la soledad que no es aislamiento individualista, es solo toma de distancia para ayudar y guiar. Ese espacio obligado para conocer el terreno y ayudar, sin invadir.

El retiro es necesario de quien busca pensar nuevamente su lugar en el grupo o en la familia. La distancia de un miembro de la familia, por un pequeño lapso de tiempo para conseguir un bien económico, intelectual o espiritual. La soledad del joven estudiante que sufre la separación de la casa que lo vio nacer, pero tiene que prepararse para la vida. La soledad de quien se retira para pensar, para rezar. Esa soledad saboreada por quien cree que su momento de meditación es necesario y determinante. La soledad productiva, de la que necesitamos un espacio para respirar y dar luego el aire a los que más necesitan.

La soledad de elección, para ser con los otros sin perderse en el melancólico encierro. Esta soledad incomprendida, la mayor de las veces, que no muere en sí, florece en la comunidad y alimenta. Este desierto, constante y presente en nuestras vidas. Deseos y necesidad de mirar para adentro y encontrar respuestas para quienes sufren. La necesaria y equilibrada soledad sin caer en la depresión y el aislamiento siempre será necesaria, y la búsqueda del otro como proyección y encuentro, posibilitará que entendamos que el amor implica dar y éste tiene raíz en el encontrarse consigo mismo y determinar quien soy. En el "yo" está comprendido el "tú" como expresa Martín Buber, pero afirmarme como ser autónomo me ayuda a determinarme y encontrar al otro a mi lado, no como un algo sino como un alguien.

La soledad del aislamiento, degenera en egoísmo y corrupción de mi yo. Induce a la desesperación y produce el vacío angustioso del ser. En cambio, en la soledad buscada para amar, aumenta el ser con los otros y se encuentra plenamente el sentido de la vida.

Armando Maronese

D, 07 de octubre de 2007

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