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La isla de los muertos

Por Santiago Federico Richetti - 27 de Julio, 2007, 19:32, Categoría: Opinión

Según Aristóteles el hombre es poseedor de una necesidad natural de conocimiento; es decir que, por naturaleza, necesita saber. Es por ese motivo que solemos sentir malestar frente a lo incognoscible, frente a lo oscuro, a la duda. Quizás sea el mito la forma más primitiva que tenemos de explicar –a través de la narración- lo inexplicable, el recurso más accesible para calmar nuestra angustia existencial: "¿dónde vamos cuando morimos?", se habrá preguntado el hombre a lo largo de toda su historia sin encontrar una respuesta certera, recurriendo, por tanto, constantemente al mito.

Según el mito griego –no exento de poesía-, al morir las almas eran conducidas por Hermes –dios intermediario entre la tierra y el mundo de las deidades- hasta el río Estigia, el cual cruzaban en la barca de Caronte para llegar a la Isla de los Muertos (y no es casual que sea una isla –un lugar aislado, seguramente del mundo de los vivos- el paradero de los muertos).

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Es en esta escena, la representada por el pintor suizo Arnold Böcklin (1827-1901) en 1880, en la que vemos a la barca de Caronte avanzar hacia la Isla de los Muertos. La paleta oscura –grisácea- y la atmósfera ensoñadora, mágica, del cuadro que habría sido encargado a Böcklin por una viuda dolida, fueron capaces de seducir al gran músico ruso Sergei Rachmaninov (1873-1943) que, hacia principios del siglo XX, compró una reproducción en blanco y negro del mismo.

En 1909 Rachmaninov compone su poema sinfónico "La Isla de los Muertos", inspirándose en la pintura homónima, composición que fue rechazada por el público y prácticamente devastada por la crítica contemporánea.

Sin embargo, podemos considerar a "La Isla de los Muertos" una de las más maravillosas obras del pianista y compositor ruso; es preciso destacar, la forma en que Rachmaninov logró traducir esa atmósfera densa, casi surrealista, de la obra pictórica en vibraciones sonoras, transmitiendo en su poema sinfónico el mismo efecto ensoñador que Böcklin en su cuadro.

Santiago Federico Richetti

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