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Hipólito Irigoyen ante la condición humana

Por Osvaldo Álvarez Guerrero - 25 de Junio, 2007, 1:42, Categoría: Personalidades

I

Hipólito Yrigoyen, bautizado Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen, nació en Buenos Aires el 13 de julio de 1852. Era hijo de Martín Yrigoyen, un vasco francés carrero y cuidador de caballos, y de doña Marcelina Alem, hermana de Leandro Alem, el fundador de la Unión Cívica Radical y revolucionario caudillo federal y popular.


Criado en un hogar sencillo, tuvo una cuidada educación en colegios de clérigos franceses y españoles. Era el mayor de los cinco hijos del matrimonio Yrigoyen-Alem, con dos hermanos -Roque y Martín-, y dos hermanas -Amalia y Marcelina-. Ayudaba a su padre en sus trabajos de cuarteador y carrero, en los suburbios porteños, y allí se conformó un carácter voluntarioso y disciplinado. Adolescente, trabajó como empleado en un comercio de tenderos, como conductor de tranvías y ya estudiando derecho, en un estudio jurídico. Siguiendo a su tío Leandro, actuó políticamente en el autonomismo populista de Adolfo Alsina, que sería Vicepresidente de Domingo Faustino Sarmiento. Fue durante la Administración de éste último, que Yrigoyen fue designado comisario en la Parroquia de Balvanera, a los 20 años.


Finalizó sus estudios de abogado a los 25 años, asumió como diputado en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires en 1877. En 1880, fue administrador General de Patentes y Sellos de la Nación por pocos meses, y luego será elegido diputado Nacional, por el partido del General Julio A Roca. Al finalizar su mandato, decepcionado por la política pequeña de intrigas y acuerdos de conveniencia que vivió en la Legislatura, no volvió a ocupar cargos públicos. En esa década de 1880 a 1890, Yrigoyen realiza su etapa de recogimiento, retirándose de la vida pública, mientras ejerce la docencia en la Escuela Normal de Señoritas, y se dedica al estudio, la reflexión y las ocupaciones de campo.
Su reaparición es explosiva, porque participa como uno de los protagonistas en la Revolución de 1890. Y poco después, junto con Leandro Alem, funda la Unión Cívica Radical, el 2 de julio de 1891.


A la muerte de Alem, asume la conducción de su partido. Es intransigente con el régimen de gobierno, al que juzga oligárquico, corrupto y fraudulento. Esa intransigencia lo conduce a la abstención electoral y al levantamiento armado de carácter revolucionario. Es en particular importante la Revolución de 1905, cuando Yrigoyen define el sentido y orientación de la "reparación fundamental" de la Nación, según sus propios términos; en esa oportunidad organiza un partido aguerrido y fuertemente conexionado en la abstención electoral y la resistencia armada.


Su empeño y coherencia, su honradez e inteligencia, lo convierten en un gran caudillo popular de la democracia. Gran organizador, incansable militante, misterioso conspirador, su figura va adquiriendo en las masas populares caracteres míticos: de palabra parca pero convincente, siempre referida a muy altos ideales, generoso y desprendido en el trato personal. Sus correligionarios lo admiran; los correligionarios lo idolatran; los enemigos lo respetan y lo temen por su intransigencia insobornable. Finalmente, como jefe de la oposición, la presión revolucionaria, la obstinada abstención de la intransigencia obtiene del Presidente Roque Sáenz Peña en 1910 la sanción de la ley de sufragio universal y secreto, que lo llevaría a la Presidencia en 1916.


Luego del periodo constitucional del también radical Marcelo de Alvear, es nuevamente electo Presidente con amplísimo apoyo popular en 1928. El 6 de setiembre de 1930 es derrocado por un golpe militar, de tendencia fascista. Preso en la Isla de Martín García por disposición de la Dictadura, es absuelto y regresa a Buenos Aires, ya muy enfermo.
Muere el 3 de julio de 1933, en medio de la congoja popular. Una multitud lo despide.

II

Desde el punto de vista de la historia de las ideas políticas y de la filosofía social en Latinoamérica, Yrigoyen es el político krausista por excelencia y el ejemplo más característico de esa corriente reformista y democrática. Su pensamiento y los modos de su conducta pública y privada, su personalidad y, en fin, su estilo humano, tienen los rasgos, en forma y sustancia, del krausismo como filosofía ética y modalidad de vida, tal cual se desenvolvió en la España del Siglo XIX. "Los krausistas vestían sobriamente, por lo común de negro, y componían el semblante, pareciendo impasible y severo; caminando con aire ensimismado, cultivaban la taciturnidad; y cuando hablaban, lo hacían con voz queda y pausada, sazonando sus frases con expresiones sentenciosas, a menudo obscuras; rehuían las diversiones frívolas y frecuentaban poco los cafés y los teatros" escribe José López Morillas (El krausismo español, pág. 54-55). Pero más allá de estos rasgos exteriores, que parecen pintar la figura del "Peludo", como lo llamaban a Yrigoyen sus contemporáneos, el krausismo fue sobre todo, dice el mismo López Morillas en el libro citado, un "estilo de vida, una cierta manera de preocuparse por la vida y ocuparse de ella, de pensarla y de vivirla" (pág. 208).


Pero la gran vocación de Yrigoyen no es la contemplación filosófica, la escritura de tratados o ensayos, ni la ensoñación teórica alejada de la vida real. Es la política, como pensamiento conducente, y sobre todo la política como práctica. Ese proyecto político, que lo absorbe durante toda su trayectoria vital, no se limita ni se guía para adquirir, acrecentar o permanecer en el "poder" - palabra excluida del lenguaje yrigoyeneano-. Se funda, en todo caso, en una suerte de panteísmo democrático participativo, en la que el pueblo, conjugación armoniosa de individuos-ciudadanos libres, se gobierna a sí mismo completando su plena soberanía.


La dedicación política yrigoyeneana se asimila al apostolado, concebido como civismo de pedagogía social. Cuando sale de su recogimiento, en el período de peculiar monasticismo laico de los años ochenta, Yrigoyen define esa actitud: "Hace veinte años, salí de mi recogimiento a la convocatoria de la opinión pública nacional, y desde entonces, no me ha dado volver todavía a la normalidad y a la regularidad de mi vida" (segunda Carta a Pedro C. Molina, DHY, pág.89, en noviembre de 1909). De hecho, su existencia prosigue estrictamente en los hechos con una consistencia infrecuente ese camino de "sacrificio", en el que "se confunde su autonomía con la de los demás, asumiendo y aceptando juicios y responsabilidades comunes" según el mismo lo confiesa en el mismo documento (pág.89).


Esa consagración a una "causa" emancipadora, de trascendencia ética, es conscientemente un camino a la autorrealización de su personalidad, a través de un intenso cuestionamiento interno, de reflexión racional y maduración conceptual. En los recogimientos "acentuados se forma el justo y levantado criterio, libre de todo perjuicio, y se acumulan las fuerzas morales y reales, que venciendo todos los obstáculos, concluyen por implantar transiciones superiores." escribe Yrigoyen en la Primera Carta a Pedro C. Molina (DHY, pág. 81). Así se va conformando naturalmente en los ejercicios de autodisciplina, una vocación política misional, o mejor, utilizando palabras de Yrigoyen, de "superior iluminación apostolar" (DHY pág. 79).



III

La circulación de la convocatoria yrigoyeneana, en los momentos de mayor expansión persuasiva, apenas cuenta con textos escritos, y casi sin apariciones públicas del jefe radical. Su difusión, en los tiempos de la lucha desde el llano, no se producía sino muy parcialmente, por los canales propios de la época: diarios, periódicos, producción teatral o los libros. Tampoco por los actos de la tribuna, la arenga y la actuación parlamentaria. Todos esos instrumentos los tuvo cuando la UCR accede al gobierno, aunque Yrigoyen persistió en su conducta silenciosa, casi sin apariciones publicas. La circulación social de la "política" de Yrigoyen se realizaba más como efecto de las prácticas políticas que de una fundamentación escrita de carácter teórico. Se expresaba, entonces, a través de los "documentos" de la Unión Cívica Radical, emitidos luego de las reuniones de sus órganos estatutarios, que estaban apenas difundidos por los medios de la época. Yrigoyen condenó severamente esa prensa venal y sometida a los poderes de turno. Ese carácter documental que registra y sostiene la escritura de Yrigoyen, en términos de pronunciamientos solemnes, van fijando posición doctrinaria y testimonian "los oprobios del Régimen" para el presente y para el futuro.


El "documento" de Yrigoyen sería así un género de fuerte incidencia retórica, de tono declarativo y prescriptivo, grave y severo, que describe, y sobre todo interpreta, las realidades sociales, económicas o políticas desde una mirada con fundamentos éticos.

Difunde, pues, ya por los medios de prensa partidarios, ya por el folleto o el volante, los textos con que se expresa institucionalmente su pensamiento político. Esos textos son de escritura densa. Es un discurso racional con enunciados apodícticos, generalmente largos y con derivados sucesivos. A veces, son de compleja comprensión, sobre todo si no se penetra en la lógica de sus estructuras filosóficas, las que, como queda dicho, provienen del idealismo romántico alemán a través de sus epígonos españoles. Es a esos textos y a los mensajes presidenciales oficiales -que denotan el particular estilo de la expresión lingüística de Yrigoyen- a los que debemos recurrir, pues, para el estudio y la interpretación del pensamiento político de Hipólito Yrigoyen. Deberemos utilizar, igualmente, el léxico y el estilo de composición del propio Yrigoyen para definir ese ideario, porque es irremplazable.


Una parte importante, la más sustantiva del pensamiento yrigoyeneano, ha sido incorporada a las ideas políticas argentinas, y por lo tanto está vigente y aceptada, y cuentan con lo que podríamos denominar un consenso implícito de la teoría democrática. Lo que en su tiempo era innovador y revolucionario, hoy no tiene obviamente el mismo eco trasgresor y alternativo. Aun cuando deba ser considerada y valorada en el contexto de la historia de las ideas y, en ese marco, su ubicación en tiempo y lugar, encontrando influencias, cruces ideológicos, y eventualmente quiebres y continuidades, el mensaje de Yrigoyen ostenta el carácter de lo clásico, y por lo mismo, resulta imprescindible.


Sin embargo, una lectura crítica más profunda y más cuidadosa, encuentra rasgos originales, que adquieren hoy renovado interés y actualidad, a la luz de las transformaciones que los procesos de globalización, la crisis del estado nación y las nuevas problemáticas en torno a las así llamadas identidades nacionales.



IV

Para Yrigoyen la Política es Etica, y la Etica es Política: la simbiosis es absoluta, y por lo tanto no se plantea la contradicción teoría-praxis, o, en términos de Max Weber; una ética de las ideas en contraposición a una ética de las responsabilidades. La ética yrigoyeneana, por otra parte, es de índole social, emanada naturalmente de una moralidad individual, a la que trasciende. Por eso Yrigoyen, al anunciar la pérdida de su propia autonomía, la sublima en función de una liberación colectiva. Pero no se trata de exigir a todos esa renuncia: la idea de semejante sacrificio es un deber del dirigente, que asume esa obligación apostolar y de quienes lo acompañan en la Unión Cívica Radical. En periodos revolucionarios, la intransigencia es una disciplina severa, que obliga a quienes participan y se comprometen con la acción revolucionaria de la "Causa" contra el "Régimen". Es muy difícil ser radical, advierte Yrigoyen a sus correligionarios.


La Causa y el Régimen: he ahí una dualidad conceptual que es central en la política yrigoyeneana. Proviene de la visión romántica que atraviesa desde las luchas independentistas, todo el siglo XIX en la política argentina. Revolución o quedantismo, independencia o colonia, unidad centralista y federalismo descentralizador, institucionalidad democrática o autoritarismo oligárquico, son los términos de las tensiones entre las dos argentinas, una dicotomía de exclusiones y enfrentamientos.


Yrigoyen opta, en esa interpretación de nuestra historia a fines del siglo XIX por la idea de la revolución democrática de las instituciones propias del Estado de Derecho; por el igualitarismo contra el privilegio, por la personería de la Nación frente a la dependencia internacional. La reparación de una Argentina verdadera, degradada circunstancialmente en sus concepciones morales y en su deformación institucional, conlleva el reemplazo del Régimen, "falaz y descreído, por un orden de cosas enteramente nuevo". Será el logro de la Nación soberana en lo interior y en lo exterior. Los componentes del régimen -"una descomposición de mercaderes donde nada se agita por ideal alguno de propósito saludable sino por móviles siempre menguados" (Carta al Dr. Pedro C. Molina -preliminares de la polémica- DHY, pág. 67)- podrán retardar su caída, "imponiendo cada vez más sacrificios, pero al fin se precipitaran obedeciendo a una lógica de la historia ineludible" (Primera Carta... DHY pág. 82.). Porque sus bases son absolutamente falsas y atentatorias, así fatalmente caerá. Por eso, la Causa tiene una razón y un destino revolucionario: "Ningún esfuerzo bien dirigido y encaminado, ha dejado de ser fructífero, y siempre ha dado al hombre y a las sociedades mayor conciencia de sí mismos" (DHY, pág. 83).


Hay en esta hermenéutica de la realidad argentina un cierto optimismo panteísta, un regeneracionismo histórico que la conduce y alimenta. Partiendo de las fuentes raigales, en búsqueda de lo profundo, de lo inmutable, el retorno de las fuerzas populares y nacionales a las luchas políticas implica mucho más que la restauración constitucional, cuyo formalismo decía el régimen oligárquico cumplimentar. La que se incorpora a la lucha política en la reivindicación radical, es, en cambio, una renovación ética fundamental, un espíritu nuevo, una nueva vida, que va más allá del restablecimiento de las ideas primordiales de 1810: es la realización plena de la personalidad argentina a través de un movimiento colectivo de liberación.


La Unión Cívica Radical era el partido que representaba ese movimiento. Dice Yrigoyen, que es "numen y fuente originaria, surgida para cumplir sacrosantos deberes, y asumió todas las pruebas, como la entidad simbólica que fijó su ruta marcando modalidades antagónicas irreductibles entre épocas y tendencias"( Memorial a la Corte Suprema de Justicia, escrita desde la Isla Martín García, donde estaba preso, en agosto de 1931, DHY, pág. 470-471). Por eso, afirma en el mismo escrito, la Unión Cívica Radical así por sus majestuosas enseñanzas, la religión cívica de la Nación adonde las generaciones sucesivas puedan acudir en busca de nobles inspiraciones" (DHY.Pág. 474) y su causa es la de la Nación misma, y su representación la del Poder Público que sólo lo es cuando está encuadrado en el Estado de Derecho, el de la Constitución y la ley.



V

Las Ideas de Nación, de Patria y de Pueblo, palabras y conceptos que invoca reiteradamente en sus escritos, tienen particulares connotaciones en el pensamiento y en la acción política de Yrigoyen. Su léxico ha sido motivo de apreciaciones generalmente peyorativas, vinculadas a su construcción muchas veces basada en neologismos, a un presunto significado oscuro. Todavía no ha sido trabajado un estudio más penetrante, objetivo y abarcador, siendo, como lo es el lenguaje irigoyeneano, de ricas y creativas posibilidades interpretativas.


Yrigoyen era un hombre político, no un académico de la filosofía, aunque había ejercido la cátedra en el Colegio Normal de Buenos Aires por casi diez años. Sin embargo, pocas veces en la historia se encuentra una conjugación tan trascendente y armoniosa entre teoría política, conducta ética existencial, y praxis en la vida pública.


Por lo cual, los textos yrigoyeneanos deben ser interpretados no sólo en sí mismos, sino en su activa concreción política, en la práctica de jefe revolucionario, fundador y conductor de un partido político y de un movimiento popular, y como ejecutor de una profunda transformación democrática y modernizadora en la vida Argentina desde la Presidencia de la República.


El pensamiento de Irigoyen tiene una primera raíz axial en las concepciones emancipadoras de Mayo, y por lo tanto, en las concepciones de liberalismo racionalista y emancipador de la Revolución Francesa y, secundariamente, en las ideas de la Soberanía popular de la Escolástica Española de Francisco Suárez, del Siglo XVI, que formó parte de la argumentación de los patriotas independentistas en los debates originales del 22 de mayo de 1810. Tengo para mí, que aquella recurrencia a la tradición escolástica tenía carácter retórico circunstancial, porque respondía a una eficiencia argumentadora y a una táctica: la de usar elementos ideológicos en una discusión que el adversario no puede sino admitir, porque los comparte. En ese mismo orden, son notables las influencias en los textos yrigoyeneanos, de Esteban Echeverría y por su medio, del nacionalismo romántico de Giácomo Manzini.


El segundo eje notable en el pensamiento de Yrigoyen está conformado por el racionalismo armónico del Krausismo y sus epígonos de socialismo liberal de España y Bélgica, al que ya hicimos referencia. El Krausismo es en sí mismo una suerte de sincretismo ecléctico, con algunas connotaciones muy originales: encontramos allí fuentes kantianas y rasgos del espiritualismo de la Naturaleza de Schelling.


Y un tercer eje, lateral y parcialmente incidente, está referido al solidarismo social y otras corrientes radicales y social demócratas de la llamada "edad de oro" de la III República Francesa. Estas influencias en el pensamiento de Yrigoyen, especialmente notables en el Derecho del Trabajo y en la política educativa, a través de figuras como L. Bourgeois, Philippe Berthelot y Charles Guide, han sido aun poco estudiadas, pero en su momento fueron reconocidas por los legisladores radicales en 1922 y en 1928. Cabe agregar, finalmente, que en los tres ejes señalados, está presente la Francmasonería, a la que Yrigoyen perteneció.


En el marco de las concepciones filosóficas, el término compuesto "identidad nacional" no es utilizado por Yrigoyen. Alguna vez usó la expresión "nativa solidaridad nacional", al referirse al movimiento que implicaba la Unión Cívica Radical, "una solemne y vasta connotación rimada por definiciones siempre armónicas, comprendida por el sentimiento argentino como el más impositivo mandato patriótico de su nativa solidaridad nacional" como afirma en el Mensaje de Apertura del Congreso Nacional, el 16 de mayo de 1919 (DHY, Pág.185). Esa caracterización ontológica del espíritu nacional está en el trasfondo de su concepto de Nación, de Patria y de Pueblo, a los que recurre sin mayores distinciones.


Es cierto que las tres palabras conforman la trilogía conceptual básica del pensamiento político, puntos centrales en torno a los que gira la evolución y transformación de la ciencia política; pero Yrigoyen les da connotaciones imprevistas, una sinceridad y grandeza que hasta entonces no habían sido expresadas por el positivismo imperante en las clases dirigentes del Régimen.

VI

Pero conjuntamente con ese espiritualismo, el nacionalismo de Yrigoyen tiene estructura contractualista. Esto es, la Nación Argentina se asienta en una Asociación, que emana de una conciencia colectiva en torno a los valores que expresa la Constitución Nacional, estructura jurídica que instituye el Estado Nación republicano, democrático y federal, y que tienen sus fuentes en las ideas de Libertad, Igualdad y Solidaridad. La Idea de Nación es dinámica, un proyecto en continuo movimiento, una realización cívica de origen popular, emancipadora y soberana, reparadora y al propio tiempo revolucionaria. De ahí la importancia del sufragismo, de la voluntad general expresada a través del comicio limpio de carácter universal. La Nación es entones construcción y manifestación popular, y una vez que el pueblo se pronuncia, "la Nación ha dejado de ser gobernada, para gobernarse a si misma" (Mensaje de Apertura del Congreso de la Nación, del 16 de mayo de 1919; DHY, pag185).


Así ocurre que la Nación, para ser tal, debe responder a esos principios fundantes. Pero, alega Yrigoyen, habían sido olvidados y degradados por muchos años por los Gobiernos del Régimen (una suerte de oligarquía patrimonialista, una plutocracia) a los que atribuía los mayores males de una Nación que había que reparar en sus propios fundamentos. Las que constituyen la nacionalidad son, pues aquellas tradiciones, concebidas no como unas esencias permanentes, sino como un puente flexible que nos une con el pasado, pero que por sobre él, nos vincula con un proyecto de futuro, en función de un destino universal. Así lo que nos hace argentinos, es nuestra participación directa en la conformación y la confirmación de la soberanía política, nuestra calidad de ciudadanos y nuestra conciencia cívica. No sería tanto la lengua común, ni la religión, ni la etnia lo que fundamenta la nacionalidad, ni aun el mismo territorio en que habitamos. Todos esos elementos conforman algo así como un humus, una savia impulsora, importante pero no excluyente, desde donde surgen los valores éticos y sociales de una conciencia colectiva: confluyen, en suma, en la democracia, igualitaria y vital, auténtica y veraz, y su movilización dinámica tras objetivos justicieros.


De tal modo que la soberanía interna sacraliza a los individuos en su ciudadanía. Sin ella, no se explica la soberanía externa. Y es precisamente en ese plano, donde se percibe con mayor claridad el sentido de lo nacional que registra Yrigoyen.



VII

Este nacionalismo no es hostil ni aislacionista. Yrigoyen no es un nacionalista en el sentido de las corrientes que se tipificaron en el nacional catolicismo reaccionario. No hay en el nacionalismo yrigoyeneano una sola expresión de xenofobia, de discriminación racial o de aislamiento agresivo. La Nación no puede ser excluyente y enemiga de las otras Naciones. Su personería y su calidad nacen del individuo ciudadano, y desde ese lugar se extiende fraternamente a todos los otros pueblos: "tales son los anhelos de los pueblos sudamericanos [...] realizándose como entidades regidas por normas éticas tan elevadas, que su poderío no pueda ser un riesgo para la Justicia, ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás Estados" (Discurso de Yrigoyen en el Banquete Oficial ofrecido al Presidente electo de los Estados Unidos, Mr. Herbert Hoover, diciembre de 1928; DHY, pág. 203).


De ahí también se desprende su idea de una confederación Universal de Libres Soberanías, armoniosas en su humanismo y en el logro de los valores que fundamentan la soberanía interna, expandidos en el respeto y la solidaridad con todos los hombres sagrados del mundo, y por lo tanto en todos los pueblos sagrados del mundo. De ella nacen los principios de autodeterminación de los pueblos y de no-intervención de los países dominantes en los asuntos internos de cada pueblo. Los principios del nacionalismo de Yrigoyen no se originan ni en etnias, ni en clases, ni se deducen de religiones, sino del presupuesto básico de la sacralización de los pueblos. Es su consecuencia lógica y coherente de una mirada supremamente humanista, de una religión cívica, que religa y reúne a todos los hombres y a todos los pueblos del mundo.


En este proceso de integración, la primera etapa es la Nación, la Segunda es Latinoamérica, (aunque Yrigoyen no usa esos términos, sino Sud América, o simplemente la América) y la tercera es el mundo. Pero esta es una escalada que, desde luego lo sabe bien Yrigoyen, registra conflictos, luchas y contradicciones. La igualdad entre las Naciones es un fin último, aunque no demasiado lejano, pues hay que eliminar para ello las ideas imperiales, las hegemonías de los países poderosos y dominantes.


La entidad sustantiva es pues la Nación, en torno a la cual se desenvuelve toda la política. Es la culminación, el punto máximo de la construcción de los hombres y de los pueblos. Concibe a la Nación como un organismo complejo, constituido por elementos y valores "ideales": su historia, sus tradiciones, sus tendencias ideológicas, y sobre todo, sus instituciones. Es una categoría sustantivamente histórica, que solo puede ser definida históricamente, con atención especial a sus características sociales y a las instituciones que se ha ido dando.


La Nación es una entidad integradora, en lo interno y en lo externo, con todas las demás naciones, una articulación con la Humanidad. Es el ámbito donde se realiza la marcha emancipadora del hombre-ciudadano. Y se expresa jurídicamente en el Estado Nacional, que es integrador y participativo: pero el Estado no es más que una forma de la Nación, cuya personería ha de manifestarse en una hermandad de libres soberanías. La soberanía de la Nación no puede ser hostil, sino armoniosa con todas las demás entidades emancipadoras: el individuo, las familias, los municipios, las provincias y toda forma asociativa natural, cuyo juego y suma se integran en la Nación.


En su conjunción armonizadora, finalmente, se conforma la comunidad de naciones, una suerte de confederación internacional de libres e iguales soberanías. En esa red asociativa, que parte del hombre, como individuo, medio y fin en sí mismo, sagrado para los demás hombres, su inclusión colectiva se sacraliza en los pueblos. La sacralidad se despliega, en lo social y espiritual, en los pueblos-naciones, no en los gobiernos ni en los Estados, cuya ontología es derivada y secundaria, puramente instrumental. La democracia, consecuencia inevitable de la armonía emancipadora del individuo, es la forma única e irremplazable con que se reviste la Nación: "Los principios democráticos incorporados a las constituciones de nuestros pueblos, fueron conquistas de la filosofía política traducida en la realidad del derecho público, que renovaron los fundamentos de la ciencia del gobierno, haciendo reposar la autoridad del Estado sobre el consentimiento espontáneo de las entidades organizadas bajo los auspicios de la Igualdad" (Discurso de Despedida al Presidente electo de Estados Unidos, del 22 de diciembre de 1928; DHY, pág.205).



VIII

Como ya ha quedado dicho, los rasgos singulares de la concepción política de Yrigoyen no tienen expresión en un "programa escrito" de propuestas y proyectos de gobierno. Esa peculiaridad sería objeto de fuertes críticas, especialmente desde el socialismo y aun desde el liberalismo positivista dentro de su propio partido. Ernesto Laclau, jurista y sociólogo, y prestigioso intelectual que venía de dictar conferencias sobre la ciencia política en La Sorbona, justificaría esta posición del Yrigoyenismo, al que se adhería con entusiasmo en 1928: "El ideal de los partidos políticos es sin duda alguna alcanzar un programa de ideas. Pero estas no deben ser el fruto de una arbitraria actitud mental sino de un proceso sociológico. Es la única manera de que las ideas aprisionen conceptos vivos. Por eso el radicalismo no ha querido concretar propósitos intelectuales antes de que la masa partidaria adquiriera unidad de conciencia y comprensión de su destino social. Anticiparse a esto habría sido penetrar ideas por la fe supersticiosa en el partido y no por entendimiento popular. La primera etapa de esta pedagogía social democrática se cumple cuando el pueblo, incapaz aun de ideas concretas, despierta su alma a un sentido espiritual. La fe le revela el secreto de su destino. Ya tiene una preferencia, un rumbo. No se puede desconocer la necesidad pedagógica ni la eficacia política de crear corrientes morales en la sociedad. Es menester dotarla de una pujanza mística que la capacite a grandes empresas" (Ernesto Laclau, La Formación Política de la Sociedad Argentina, Buenos Aires, Talleres Gráficos Araujo Hnos. 1928, pág. 77).


Por eso, el mensaje de Yrigoyen se asimila más a un conjunto de premisas ideológicas, a una doctrina general, que en la acción de Gobierno va a ir mostrando su aplicación a la realidad. Este sistema de abstracciones principistas, sin embargo, no carece de profundidad filosófica: guarda relación directa con el idealismo romántico alemán, tanto como con el iluminismo francés del Siglo XVIII.



IX

Puesto en aplicación desde el Gobierno, a partir de 1916 el diseño de estos presupuestos doctrinarios adquiere resonancia realizadora en las "efectividades conducentes", para utilizar, una vez más, el peculiar lenguaje yrigoyeneano.


En el plano internacional esa consistencia ideológica con la praxis política determinó la base de una tradición, que con el tiempo marcó las líneas de una verdadera Política de Estado. Los episodios más importantes de la escena mundial fueron teniendo una replica por el Gobierno argentino: La Neutralidad en la Primera Guerra Mundial, las advertencias sobre las consecuencias negativas del Tratado de Versailles, respecto del cual la Argentina se declaró "res ínter allias acta"; las posiciones sobre la Igualdad de las Naciones ante la constitución de la Liga de las Naciones; la dignidad idealista que implicó el retiro de la Delegación Argentina de esa organización, las iniciativas para la integración de Sudamérica, sin pretensiones hegemónicas; los planteos antiimperialistas defendiendo el principio de no Intervención, con relación a la Política Norteamericana en el caso de la República Dominicana y en Nicaragua, son algunos de los actos que caracterizaron la visión de Yrigoyen sobre "la función Argentina en el Mundo". Es de notar ese criterio de "misión y función de la Argentina en el concierto de las Naciones", que se distingue del actual criterio, de menor e irrelevante contenido y pretensión, de una Argentina "que se acomode al Mundo".


En el orden económico, tanto como en el campo de lo social y lo cultural, por primera vez en la Historia argentina, el Gobierno de Yrigoyen asume un rol decididamente intervencionista, dejando a un lado el liberalismo hasta entonces imperante del "laissez faire, aissez passer".


En la economía es esencial y novedosa la defensa y promoción del patrimonio nacional. Esto es, de los bienes estratégicos que hacen a la capacidad de decisión soberana del país para su desenvolvimiento: el suelo y el subsuelo. El primero, mediante la recuperación de tierra pública mal concedida por el régimen anterior, los nuevos planes de colonización y la defensa del productor agropecuario contra los monopolios exportadores. El segundo, por la política nacionalista en materia de hidrocarburos, que se materializa con la creación de YPF y su incidencia directa en el desarrollo autónomo y equilibrado de todo el territorio nacional.


Habría que mencionar el intervencionismo directo del estado en la fijación de precios y tarifas que protejan y beneficien al consumidor y al productor; la regulación y control de los precios al consumo popular, durante la crisis de la primera posguerra mundial; y la recuperación para el Estado de más del treinta por ciento de las redes ferroviarias, los más importantes factores estratégicos para el desarrollo del país en su tiempo.


En el orden de la política social, la consideración de los intereses del capital y del trabajo, en busca de la paz social, tuvo, quizá más que en otros campos, las características de enérgica intervención a favor del trabajador. El concepto de "democracia social" aparece precursoramente ya en la primera Presidencia de Hipólito Yrigoyen: "Tras grandes esfuerzos el país ha conseguido establecer su vida constitucional en todos los ordenes de su actividad democrática. Pero le falta fijar las bases primordiales de su constitución social" afirmaría en el Mensaje al Congreso Nacional del 31 de agosto de 1921. DHY, pág. 191) Y en el mismo mensaje: "La democracia no consiste sólo en la garantía de la libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera".


Ninguna huelga obrera fue declarada ilegal. La mayor parte de los conflictos se resolvieron con esa dirección protectora, incluyendo las huelgas más violentas y los episodios de represión, como los hechos de la llamada semana trágica en enero de 1919, o en las huelgas patagónicas de 1921. Transformó sustancialmente el Departamento Nacional del Trabajo, que comenzó a intervenir de manera directa en el arbitraje de los conflictos, y en la inspección para el cumplimiento de las leyes laborales. Cajas de Previsión Social, jubilaciones, Código de Trabajo Rural, fomento de las organizaciones sindicales y su reconocimiento legal, salario mínimo y jornada de trabajo, pago de remuneraciones en moneda nacional, leyes de procedimientos para penalizar el incumplimiento de las leyes del Trabajo.


Aunque no pudo sancionar sus proyectos de ley de Código Nacional del Trabajo, de Convenios Laborales Colectivos y de Asociaciones Profesionales, es considerable el avance en materia de justicia social y de organización obrera, mediante el dictado de decretos y la acción concreta de los organismos del Gobierno.


X

La acción gubernamental respecto de la Educación Popular culminó y al propio tiempo transformó el original programa sarmientino. La creación de nuevas escuelas y bibliotecas populares en todos los rincones del país, y la idea de una pedagogía social para la plena realización de la persona, la conformación de una conciencia cívica nacional y el igualitarismo, marcan la política educativa yrigoyeneana.


Merece un análisis, al respecto, el Decreto de Exaltación del Sentimiento Nacional, dictado el 4 de mayo de 1919, claramente inspirado en el pensamiento de Louis Bourgeois, cuando fue Ministro de Instrucción Pública en la III República Francesa. En el referido decreto y en sus fundamentos, en los que se nota la intervención directa de la pluma de Yrigoyen, se señala, "que los nuevos y amplios horizontes abiertos a la democracia, en esta hora de renovaciones, exige que las instituciones docentes realicen su alta misión educadora, con fervorosos estímulos, para mantener siempre vivos los ideales y las normas de nuestra nacionalidad, perpetuando el culto sacrosanto de la tradición gloriosa que nos ha sido legada por nuestros mayores" Y, por lo tanto, "procurarán inculcar como base indispensable de la acción ciudadana, al par que un espíritu de veneración a las tradiciones argentinas, nobles y elevados pensamiento de bien público, y anhelos de verdad, de justicia y de progreso..." (Decreto de Exaltación del Sentimiento Nacional, DHY, pág.163). Compárese con estas palabras de Bourgeois, en 1897: "Una Nación no sabría vivir en paz y seguridad, si los hombres que la componen no están unidos y voluntariamente disciplinados por una misma concepción de la vida, de su objetivo y de sus deberes. La educación laica deberá formar el espíritu patriótico, lo que no será otra cosa que el cimiento de la comunidad nacional en la República y la Democracia" ( Bourgeois, L: L´Education de la Democratie Française, EF, París, 1897, pág. 78).


Y esa idea sobre la función de la Educación en la Democracia, culmina con el espíritu nuevo que se expande hacia y desde la Reforma Universitaria, el más importante movimiento político cultural de Latinoamérica en la primera mitad del siglo XIX. Allí se expresó "la febril y apasionada participación de la juventud Argentina, en el noble afán reconstructivo de la Reforma, que alarma a los retardatarios del progreso moral de la República. Pero la Reforma no es sino la realidad de la democracia universitaria, por ella misma consagrada como uno de sus postulados fundamentales. Es que la quietud de antes, que significa la muerte, ha sido reemplazada ahora por el movimiento, que es la vida", afirma en el Discurso del Centenario de la Universidad de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1921 (Citado en Manuel A Claps, Yrigoyen, pág. 124).


Y efectivamente, los cambios que Yrigoyen introdujo en la vida argentina tienen una envergadura y una profundidad con poco precedentes en la historia de las luchas populares. Una personalidad tan potente como la de Hipólito Yrigoyen, que bordea e incursiona en el mito, la intransigencia con la que revistió una actuación tan decisiva en la Argentina del siglo XX ha originado, durante mucho tiempo, las más contradictorias opiniones y las polémicas más enfrentadas. En su momento, despertó odios y rencores, desde la derecha como desde la izquierda marxista ilustrada, así como la idolatría de sus seguidores y de buena parte de las mayorías populares.


Marcelo Sánchez Sorondo, desde un ángulo aristocratizante, alegaba: "si ahondamos el análisis, encontraremos que esa fuerza de cohesión (el yrigoyenismo y la Unión Cívica Radical), proviene de dos elementos: el éxito alcanzado, y que quiere consolidarse, elemento material; y el odio metódicamente atizado contra los sistemas y los hombres que detentaron antes el poder, el elemento moral, o inmoral" (Historia de seis años, por Marcelo Sánchez Sorondo, Agencia General de Librería, Buenos Aires, 1925, pág. 23). Y desde el órgano oficial del Partido Socialista "La Vanguardia", del 12 de octubre de 1916, en su Editorial de primera pagina, la diatriba es igualmente dura, aunque desde otro ángulo: "El triunfo de Yrigoyen es la consecuencia de la ignorancia de las masas analfabetas, incapaces de comprender las ideas sociales y económicas que contribuirán a obtener su bienestar material, su progreso intelectual y su emancipación política [...] Yrigoyen no se presentó una sola vez a sus partidarios y no se dignó exponerse, ni por escrito ni de palabra, ante los electores, sus vistas políticas, sus aspiraciones sociales, sus principios económicos, en una palabra, su plataforma de gobierno".


Quizá sea el joven Jorge Luis Borges quien haya penetrado con mayor perspicacia en la naturaleza del "misterio" de Yrigoyen: "Yrigoyen es la continuidad argentina. El caballero porteño que supo de las vehemencias del alsinismo y de la patriada grande del Parque y que persiste en una casita del sur (lugar que tiene clima de Patria, hasta para los que no somos de él pero que mejor se acuerda con profética y esperanzada memoria de nuestro porvenir).
Es el caudillo que con autoridad de caudillo ha decretado la muerte inapelable de todo caudillismo; es el presidente que sin desmemoriarse del pasado y honrándose con el se hace provenir. Esa voluntad de heroísmo, esa vocación cívica de Yrigoyen, ha sido administrada (válganos aquí la palabra) por una conducta que es lícito calificar de genial" (Carta de Borges dirigida a Enrique y Raúl González Tuñón en 1928. Citada y transcripta en Goñi Demarchi, Scala y Berraondo, Yrigoyen y la Gran Guerra, pág.275).


Hoy, en general, Hipólito Yrigoyen esta considerado un prócer, padre de la democracia argentina. Tiene calles y monumentos, los homenajes se suceden, y sus máximas más famosas suelen citarse en el discurso político. Aun resta el examen de muchos aspectos de su pensamiento, que han sido relegados, mal estudiados o ignorados; y, sobre todo, de sus influencias en varias generaciones de políticos argentinos notables, protagonistas en la historia política argentina del siglo XX.

Por Osvaldo Álvarez Guerrero(*)

(*) Ex Gobernador de Río Negro - Candidato a Presidente por la Unión Cívica Radical.


BIBLIOGRAFIA GENERAL

· Todas las citas de textos de Hipólito Yrigoyen, corresponden a la publicación ordenada por la ley 12.839: Documentos de Hipólito Yrigoyen./DHY. Apostolado Cívico, Obra de Gobierno, Defensa ante la Corte. Buenos Aires: Senado de la Nación. Secretaria Parlamentaria. Dirección Publicaciones, Imprenta del Congreso de la Nación, 1986.

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BIBLIOGRAFIA ESPECIAL

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· ÁLVAREZ GUERRERO, Osvaldo. "Singularidad y emergencia del discurso revolucionario de Hipólito Yrigoyen (1905-1916)". Ciudadanos, Revista de Crítica Política y Propuesta, Año 2 Nro. 4, Buenos Aires, Invierno de 2001.

· CLAPS Manuel A. Yrigoyen, Montevideo: Biblioteca de Marcha, Colección Los Nuestros, 1971.

· CLEMENTI, Hebe. El Radicalismo, trayectoria política. Buenos Aires: Editorial SigloXX, 1983.

· BIAGINI, Hugo E. La reforma Universitaria. Antecedentes y consecuentes. Buenos Aires: Editorial Leviatán, 2000.

· DÍAZ, Elías. La Filosofía Social del Krausismo Español. Valencia: Fernando Torres Editor, 1983.

· GOÑI DEMARCHI, Carlos A. Scala, José Nicolás y Berrondo Germán W, Yrigoyen y la Gran Guerra. Buenos Aires: Ediciones Ciudad Argentina, 1998.

· LÓPEZ MORILLAS Juan. El krausismo español, perfil de una aventura intelectual. México y Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1956.

· MORRONE, Alfredo, N. El Derecho Obrero y el Presidente Irigoyen. Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1928.

· WINOCK, Michel, y AZEMA, Jean-Pierre. La III République (1870-1940). París: Pluriel, Calmánn-Levy, 1976.

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