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La Difunta Correa

Por Ana Leguisamo Rameu - 22 de Junio, 2007, 7:12, Categoría: General

Allá por los años 1820 se vivían momentos caóticos en el Río de la Plata. Surgían caudillos como Estanislao López en Santa Fe, Martín de Güemes en Salta, Francisco Ramírez en Entre Ríos, José Gervasio Artigas (el padre del federalismo) en la Banda Oriental y Facundo Quiroga en La Rioja, entre otros. Con el tiempo nacieron nuevas ideas y enfrentamientos entre unitarios y federales. Esos movimientos que comenzaron a gestarse ya desde la Revolución de 1820. La presión, la tiranía y la violencia se hacían insoportables mientras, el Ejército Imperial (portugueses en Brasil) miraban con muy buenos ojos la posibilidad de adueñarse de La Banda Oriental.

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La finalidad de este artículo no es centralizarnos en tales hechos, sino destacar una pequeña historia que pasó a formar parte del mito nacional porque todo se relaciona, porque todo es consecuente de un antecedente.

En 1835 existía un hombre llamado Baudilio Bustos, el cual fue reclutado a la fuerza en las filas de Quiroga (La Rioja) cuando arrasaban la provincia de San Juan. Los montoneros (calificativo que significa "a montones"), no dudaron en apoderarse de este hombre joven para obligarlo a combatir, entonces lo llevaron a las fuerzas dejando sola a María Antonia Deolinda Correa, su esposa y también madre de un niño concebido con Bustos. La historia cuenta que ella era hermosa, tanto que el comisario del pueblo se sintió sumamente atraído por su belleza. De este modo vio la posibilidad que si Bustos era alejado, Deolinda podría llegar a ser suya. El problema era que ella amaba profundamente a su esposo (triste inconveniente para el comisario del pueblo que ya se preparaba con expectativas para aquella mujer).

Sometida por aquel hombre, Deolinda huyó (según cuenta la historia). Salió con su hijo, sin caballo y sin municiones. Sólo con una botella de agua, lo cual supone una situación  inmensa de desconcierto. Algunos argumentan que el comisario quiso tomar por rehén al niño de Deolinda Correa, razón por la cual ella partió desesperadamente hacia las filas montoneras para llegar hasta su marido. Corrió desde La Majadita, localidad de San Juan, y cruzó un río en balsa hacia Villa Independencia. Desesperada por la persecución de los hombres del comisario, se perdió entre cerros y médanos con su niño.

Quedó muerta de sed, de miedo y cansancio pensando en su marido. Como pudo, subió hasta un cerro, abrazó a su hijo y comenzó a amamantarlo con las últimas fuerzas que llevaba. De a poco fue muriendo mientras rezaba a Dios por la vida de su pequeño. Mientras tanto, el sol abrasador partía la tierra en temperaturas insoportables. A lo lejos, unos arrieros la encontraron muerta y fue allí donde la enterraron junto a una cruz salvando la vida de su hijo. Luego de cincuenta años un paisano, apodado Don Claudio, merodeaba por las tierras de Vallecito y llevaba a su mando unos quinientos animales que eran de su patrón. De pronto, la tormenta se abrió camino y múltiples rayos y truenos quebraron el cielo. El hombre tuvo miedo de morir y temió por sus animales. Allí fue cuando rezó a la Difunta Correa, que ya había ayudado a otros baqueanos de la zona, cuando le suplicaron sus plegarias.

Quinientos animales a la deriva, en medio de la nada, bajo el cielo negro y la lluvia que enceguecía, eran un verdadero riesgo. Al otro día, cuando amaneció, el ganado reposaba tranquilo junto a una quebrada mientras pastaba y bebía. Ninguno se escapó. Ninguno se perdió.

Los animales estaban en Vallecito, cerca de la cruz donde reposaba la Difunta Correa, entonces Don Claudio volvió a Chile, donde debía devolver los animales y prometió a su vuelta levantar una capillita en Vallecito en nombre de Deolinda Correa, la mujer que lo ayudó. Por supuesto, cumplió. Hoy el lugar cuenta con una hermosa capilla en su nombre. Por eso, los camioneros, transportistas y todo aquel que pasa, no olvida realizar ofrenda a La Difunta Correa.

En aquellos tiempos de batallas y salvajismo no había lugar a sentimientos puros. Todo se obtenía por la fuerza o por la violación. La barbarie reinaba pero hubo una mujer que supo romper el frío de las armas con la furia y valentía que algunos hombres no tuvieron. Una flor en el centro del fuego fue María Antonia Deolinda Correa, aquella que murió por amar tanto a su esposo y a su hijo. Una excepción en el campo anárquico de batalla. La mujer que, todavía, sigue con su mensaje de amor ayudando a los que la recuerdan porque aquellos senos que amamantaron hasta el final de su vida, son hoy pétalos que alumbran el camino de los arrieros de Vallecito.

Agradecimientos:

Dr. Oscar Romero Giaccaglia, autor del libro "La Difunta Correa".

Por Ana Leguisamo Rameu

V, 22 de junio de 2007

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