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Humillaciones y remordimientos

Por Armando Maronese - 21 de Abril, 2007, 23:12, Categoría: Opinión

Entre los malos recuerdos, se desatacan los remordimientos. Son los recuerdos más dolorosos, son los que provocan las angustias mas profundas, porque tocan nuestra autoestima. ¿Cómo es eso?... Son recuerdos dolorosos, de errores que hemos cometido, que nos llevan a despreciarnos a nosotros mismos y así, nos hacen sentir indignos de vivir. Entonces, nuestro interior se llena de debilidad, nos parece que nuestro ser es muy frágil, y sospechamos que la vida no esta hecha para nosotros.

Y si la humillación ha sido pública, a menudo, se nos presenta en la imaginación el rostro cargado de desprecio de los demás. Además, al caminar por la calle tenemos la impresión de ser rechazados y criticados por las personas que nos miran. Esto es una verdadera llaga en el amor a uno mismo. Es como si ya no pudiéramos aceptarnos ni imaginar un futuro feliz. Quisiéramos desaparecer y nacer de nuevo, para destruir esa historia que ya no se puede borrar.

A causa de este dolor profundo de sentirse humillado, despreciado, se producen reacciones internas que dañan la calidad de vida de la persona. No es raro que algunas semanas o unos meses después de una gran humillación, surja alguna molestia física, que experimentemos una serie de síntomas no relacionados con una lesión en los órganos. Se trata de un mal funcionamiento del cuerpo que tiene su origen en la profunda angustia de una autoestima lastimada.

Otras consecuencias más comunes pueden ser depresiones, melancolías, insatisfacciones profundas, desgano, descontroles en la comida, anorexias, alcoholismo, etc.

Si no los curamos, los remordimientos no desaparecerán con el paso del tiempo. Podremos disimularlos con la actividad o las distracciones; pero, ni bien tengamos un momento de soledad o de silencio, volverán a torturarnos. Y si escapamos de la soledad, aparecerán igualmente, en medio de una conversación o de un pasatiempo, impidiéndonos disfrutar de lo que estamos viviendo.

Puede suceder, que estemos pasando un buen día, pero recordamos ese error, esa humillación, ese fracaso, ese pecado, y la alegría se desvanece. O escuchamos que elogian a alguien y nos nace el dolor de no haber sido perfectos, de tener esa mancha en la propia imagen, o el temor de que los demás puedan advertir eso que hicimos mal y desconfíen de nosotros, etc.

Estos sentimientos, suelen convertirse en un sabor muy amargo que perfora el alma de golpe, en medio de una buena comida, de un paseo, de un momento agradable. O surgen en medio del trabajo y nos hace sentir que nuestra actividad no vale la pena, porque ya no es posible modificar el pasado.

Esos recuerdos quitan la alegría, el entusiasmo, la iniciativa. Lamentablemente, no se puede volver atrás para borrarlos. Tal vez, se trate de algo muy viejo, pero que no deja de regresar a la memoria cada tanto y nos tortura con palabras como éstas: ¿Por qué? ¡Cómo pudiste hacer eso! ¡Por qué no lo evitaste! ¡No valía la pena! ¡Cómo se te ocurrió decir esa tontería en ese momento! ¡Qué conseguiste con esa actitud desubicada!

Quizás, sabemos que, en realidad, no somos culpables de lo que hicimos, por que teníamos una intención buena; de todos modos, nos culpamos y nos agredimos por no haberlo evitado.

En ciertas ocasiones, han sido los demás los que nos han llevado a obrar mal o nos hicieron daño; pero igualmente, de alguna manera, nos culpamos a nosotros mismos por haber dado lugar, por no haber sido más inteligentes y astutos, por habernos dejado engañar, por haber ido a ese lugar donde sucedió lo que nos angustia recordar, etc.

Por lo general, creemos, en nuestro inconsciente, que podemos ser perfectos, saberlo todo, preverlo todo. No es así. Pensamos que deberíamos haber recapacitado a tiempo, que tendríamos que haber medido mejor el peso de lo que hicimos o dijimos, que tendríamos que haber advertido lo que podía pasar.

A partir de estos mecanismos interiores enfermizos, sacamos la conclusión que todo se debe a nuestra personalidad, que somos inútiles, innecesarios; que, en el fondo, no deberíamos existir, que no tenemos derecho a estar en este mundo, que la vida es para los demás, pero no para nosotros.

Entonces, para poder sobrevivir, desarrollamos algunos mecanismos de defensa: Uno de ellos es buscar permanentemente los defectos y errores ajenos, para compensar nuestra sensación de indignidad. Por eso mismo, se hace insoportable que alguien nos señale algún error o nos critique. Esto nos tiene permanentemente a la defensiva, y es agotador.

Otro mecanismo es vivir hablando aquí y allá con distintas personas, para asegurarnos que no piensen mal de nosotros, tratando de dar explicaciones o diciendo cosas que puedan disimular nuestros errores pasados. Esto es negarse a sí mismo y la propia historia, es esconderse para sobrevivir.

Un tercer mecanismo, es negar a los demás y pretender eliminarlos. Es como decir: Que piensen lo que quieran. Yo hago mi vida y me dedico a progresar. Que ellos hagan su vida. Yo me dedicaré a lo que me gusta y ya les demostraré quién puedo ser. Esto es poner una pared y declararnos enemigos del mundo. Parece orgullo y vanidad; por cierto, es una gran debilidad que busca desesperadamente algo que le permita defenderse de los demás.

Estos mecanismos, nos llevan a formas no auténticas de vivir; nos llevan a desgastar demasiadas energías en cosas que no valen la pena y nos obligan a renunciar a los más hermosos ideales de fraternidad, humildad, entrega, servicio, etc.; asimismo, arruinan nuestra vida mucho más que los errores que hayamos cometido.

Para no confundirnos, es fundamental que distingamos el remordimiento del auténtico arrepentimiento, porque no se trata de negar lo que estuvo mal. Veamos:

El remordimiento es algo enfermizo; es un rechazo de nuestros errores que nos limita, nos paraliza, nos llena de angustias y nos encierra en nuestro orgullo herido. No contribuye a un verdadero cambio, porque para poder cambiar de verdad, es necesario aceptarse a sí mismo. Por el contrario, el arrepentimiento nos hace levantar los ojos hacia Dios para reconocer su amor que nos espera, que perdona "setenta veces siete", que nos quiere vivos y felices, que nos regala una nueva oportunidad. Por eso, el arrepentimiento, en lugar de debilitarnos, nos fortalece para empezar de nuevo; en lugar de paralizarnos, nos lanza hacia adelante.

Armando Maronese

S, 21 de abril de 2007

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