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Kirchner, o el elogio de la desmesura

Por Joaquín Morales Solá - 6 de Abril, 2007, 14:01, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

La Corte Suprema de Justicia calla, estupefacta y molesta. Kirchner llegó hasta ella con sus agravios de tribuna porque no le gustó el documento más breve, preciso y medido que haya dado ese tribunal. Los jueces supremos no se prestarán a la escalada de agresiones, salvo que la escalada no cesara. En otro escenario, el mismo presidente se envolvió en lo que él llama la bandera malvinera para provocar el momento de mayor, e inútil, tensión con Londres desde la inexplicable guerra en las islas Malvinas, un manotazo agónico de la vieja dictadura.

Kirchner ha hecho un elogio de la desmesura. Su desmesura existe. Pero ¿es elogiable la desmesura? Depende de la materia de que se trate. En el Congreso de la Lengua de Cartagena se acaban de hacer encendidos homenajes a García Márquez y, con él, al realismo mágico de la literatura latinoamericana. El realismo mágico es la desmesura, pero colocada en la esfera creativa de la literatura. Un cambio no menor, ni benéfico, ocurre cuando la desmesura se aplica a la realidad política. Esto es lo que ha hecho Kirchner.

El discurso de Córdoba fue un acto innecesario e impolítico. El Consejo de la Magistratura estaba iniciando los trámites para investigar las presuntas tardanzas de la Cámara de Casación, que tiene en sus manos no menos de 90 causas por violaciones de los derechos humanos en la década del 70. Kirchner sólo consiguió que esa investigación quedara expuesta ante la opinión pública y provocó el repliegue inmediato del radicalismo, que cuenta con votos cruciales en el Consejo.

El Presidente instruyó luego a Aníbal Fernández y a Carlos Kunkel para que continuaran con la ofensiva contra la Cámara, ellos ya haciendo uso y abuso del léxico barriobajeroque cultivan. Ninguno de los tres percibió que se estaba metiendo con la elegancia de un rinoceronte en territorios de otro poder del Estado.

Entonces reaccionó la Corte Suprema. El primer borrador lo escribió su presidente, Ricardo Lorenzetti, y tenía un tono mucho más duro que el que salió del consenso final. No obstante, esa dureza inicial fue aprobada por Enrique Petracchi, Carmen Argibay y Carlos Fayt. Raúl Zaffaroni está fuera de Buenos Aires, aunque se mantuvo informado.

Otros dos miembros del cuerpo, Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda, aconsejaron dulcificar el documento con un argumento político: se debía extremar la mesura si se reclamaba mesura. Ellos dos y el propio Lorenzetti terminaron dándole forma final al documento que se conoció, que conservó, no obstante, el espíritu crítico y moderador que tenía el que había elaborado el presidente del cuerpo. El reclamo de mesura, equilibrio y respeto fue hecho a todas las partes del litigio, pero fundamentalmente al Presidente.

Kirchner olfateó que los jueces se le estaban sublevando. ¿Cómo? ¿Justo a él, que nombró a la mayoría de la Corte? El siempre oportuno atril le sirvió para recordarles a los jueces que estaban ahí por obra del Presidente. Casi mete al país en un conflicto de poderes. No lo hubo porque la Corte decidió mascullar su enorme malhumor, sin decirlo en público.

Diana Conti, que milita ahora en el kirchnerismo fundamentalista, acusó al tribunal de usar los métodos de la Corte menemista. Conti fue secretaria de Estado delarruista en tiempos de la Corte menemista y la acató; jamás pidió su relevo. Las conversiones políticas tienen el límite del pudor. La Corte no es eso. Se puede acordar o no con ella, pero está lejos de ser la Corte que designó Menem.

En ese discurso contra la Corte, Kirchner señaló que no lo extorsionarían con casos de corrupción. Resulta llamativa esa advertencia, porque no hay ninguna causa judicial que lo investigue al Presidente. Hay, en cambio, varios expedientes que están investigando a colaboradores suyos. ¿Ha decidido el Presidente convertirse en escudo político de sus allegados más íntimos? No sería, en tal caso, el mismo presidente que prometió transparencia desde el día que llegó al poder.

En ese atril de ofuscaciones volvió a descalificar a la prensa escrita por lo que supuestamente hizo o no hizo hace más de 30 años. Kirchner comenzó su mandato lanzando esas mismas referencias de estigma a los diarios. Han pasado cuatro años. Basta. Ya es suficiente. Tiene derecho a rectificar una información actual o a aclarar su punto de vista sobre cosas de ahora, pero ya agotó cualquier paciencia. Por ese camino, la relación de Kirchner con el periodismo se parecerá mucho a la de Chávez con la prensa. Una lástima.

En ese marco de desmesuras, Kirchner aprovechó los 25 años de la Guerra de Malvinas para cancelar un acuerdo con Gran Bretaña sobre explotaciones petroleras y prohibió que las mismas empresas petroleras trabajen en las islas y en el continente. No ha hecho mucho. Aquel acuerdo no sedujo nunca a las petroleras y las que trabajan en las islas son pequeñas empresas que no tienen inversiones en el continente. Sólo fue una señal política que tensó la relación diplomática con Londres como nunca desde la guerra que descerrajó Galtieri.

Tony Blair se está yendo. Oportunidad perdida para Kirchner, que tuvo de parte de Blair el primer gesto amigable de un mandatario importante del mundo. El presidente argentino conoció Europa, pocos días después de asumir, por una inesperada invitación de Blair a Londres, donde se reunía una cumbre de líderes progresistas. Los británicos no han hecho mucho para avanzar en cualquier negociación sobre las Malvinas. ¿Por qué deberían avanzar ellos? ¿Por qué, si el statu quo es la ventaja británica?

En lugar de apurar una negociación con Blair, Kirchner prefirió las tensiones de la tribuna, que suceden de vez en cuando. En última instancia, la relación con Londres se encierra en este dilema: ¿es posible comenzar una negociación estableciendo el final de la negociación, como lo es la soberanía de las islas? ¿O sería mejor, en cambio, progresar en otros terrenos de coincidencias mientras se construye el clima necesario para negociar sobre las islas?

Los 25 años de Malvinas coinciden, además, con el año electoral argentino. Mantener un equilibrio entre esas variables, aunque fuera inestable, es el desafío de la diplomacia. España lo logró con el Peñón de Gibraltar, también bajo dominio británico. Los españoles han reclamado siempre ese territorio y sólo han logrado pequeños y sucesivos progresos. El camino es lento.

Desmesura es también no contestar desde hace mucho tiempo a un pedido de audiencia que le hizo el jefe del gobierno capitalino, Jorge Telerman. Quería hablar con Kirchner no de política, sino de los problemas de la Capital. De la desbordada inseguridad, en otros asuntos.

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Telerman, que no carece de audacia, le contestó convocando a una consulta popular sobre si es necesario que el gobierno del distrito tenga una policía propia. El gobierno nacional no se ocupa de la inseguridad, pero tampoco quiere entregarle la policía a la Capital. Telerman tiene el reclamo social muy cerca y la inseguridad está poniendo en riesgo, además, la industria del turismo. Decidió tirarle la opinión de la Capital sobre las puertas de la oficina presidencial.

Falta todavía que concluyan las negociaciones en marcha entre Telerman y Carrió para una alianza electoral en la Capital. Si eso sucediera, Kirchner no podrá quejarse, aunque lo hará amargamente; pero fue él quien lo empujó a Telerman a los brazos de sus adversarios.

Por Joaquín Morales Solá

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