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Miedo del propio miedo

Por Armando Quintana - 23 de Febrero, 2007, 13:05, Categoría: Opinión

Desde los primeros momentos de la historia ya se pensaba en el miedo, y era Epícteto quien decía:"No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo". Dicen también que quien tiene miedo a la muerte, es porque no ha hecho nada en la vida.

Discutíamos este tema en un grupo de amigos, y todos los componentes del mismo coincidíamos en que la motivación, el ánimo, la fe, la propia vida, es lo que ayuda a superar los miedos. En definitiva, son necesarios motivos interiores para no rendirnos nunca ante los obstáculos, que hoy éstos, mañana los otros, siempre – como dicen los gallegos- "haberlos, haylos".

La fe, el espíritu, pueden ser motivos. Sin género de duda. Pero ninguno tan importante como nosotros mismos: somos únicos e irrepetibles. No hay otro como nosotros. La parte que nos toca hacer, solo la haremos cada uno. Dependiendo de los otros, en colaboración con otros, aprendiendo de los otros, fortaleciendo los lazos en común. Sí, con todo ello. Pero la decisión final siempre es de nosotros mismos.

Y si de todo se puede padecer, de todo se puede salir. Porque en nosotros mismos está el origen de muchos problemas, y en nosotros mismos también está la solución a casi prácticamente todos.

Reflexionar sobre nuestra historia, sobre lo positivo que hemos recibido y hemos dado, nos ayudará también a ello. El secreto está en nuestro interior. Tal vez esa caricia al alma, que algunos llaman.

De todas formas, no dejo de reconocer que cuando el miedo se apodera de una persona, tarda en salir. Y suele ser, con frecuencia, por razones irracionales, por cosas de la misma vida, que todo depende del momento en que te pillen. Conozco una persona cercana que la muerte de una amiga en el parto le afectó sobremanera, de forma especial cuando aquella noche fue a acompañar a su marido y tuvo que pasar por una serie de pasillos vacíos, con camas también vacías de aquel hospital que, a aquellas horas de la madrugada, también estaba vacío. Eso le impide dormir con todas las luces apagadas de su casa cuando su esposo está de viaje o llega tarde a la casa. Ha de dejar una luz encendida en algún sitio de la casa.

Ojalá que  para cualquier clase de miedo, todos podamos encontrar esa luz encendida.

Armando  Quintana

V, 23 de febrero de 2007

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