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El primer aplauso, a los 88 años

Por Armando Quintana - 1 de Febrero, 2007, 13:57, Categoría: Opinión

Cuando ya todo estaba acabando, un aplauso sonoro estalló en el cementerio. Estábamos en el entierro de mi madre. Todo estaba para terminar. Sus hijos ya nos habíamos despedido de ella. Bueno, nunca se sabe cómo son estas despedidas. Tu corazón parece que se queda allí.

Pero de repente, el sacerdote que oficiaba el rito fúnebre comentó algo así: "Si Engracia, una persona normal del pueblo llano y sencillo, ha llegado aquí con 88 años, es porque ha tenido que bregar, luchar y hacer frente a muchas experiencias en la vida. En la vida se dan aplausos para muchas situaciones. Creo que nadie como ella se merece un aplauso hoy". Y la gente comenzó a aplaudir largo y tendido. Yo lo hacía con más fuerza que nadie. Bueno, al menos con la misma que mis hermanos.

Pero era toda la gente allí presente la que también aplaudía. Aplausos de los primos, de la familia nuestra, y de las familias de nuestros cónyuges. Aplaudían también los compañeros/as de trabajo de mi hermana. Aplausos de un grupo de inmigrantes y refugiados a quienes yo he prestado mis servicios en los últimos veinte años. Aplaudían también la gente del saber y de la ciencia, pues estaban los colegas de la Universidad de mi hermano. Aplaudía el grupo de mis amigos con los que he compartido en estos últimos años mis luchas por la libertad y un mundo más igualitario. Aplaudían los vecinos y amigos del barrio que nos han visto crecer a la sombra callada de nuestros padres.

Muchos de ellos, la gran mayoría, no conocían a mi madre. Pero aplaudían, y lo hacían con fuerza. Eso sí, conocían a sus hijos. Nos conocían a los cuatro, a nuestras/os esposas/os. Y conocían de nuestro proceder, de nuestra amistad y de nuestro saber estar, con aciertos y fallos, pero estando siempre donde debíamos estar. Conociéndonos a nosotros conocían, pues, del trabajo de mis padres.

Por eso los aplausos eran para mi madre. No para nosotros. Ella y mi padre, a quien despedimos hace 20 años aunque sin que hubiera esos aplausos, son los artífices de que nuestros amigos y compañeros estuvieran aplaudiendo. Porque ahora que uno es mayor, y que toda una vida ha caminado ya, es también cuando reflexiona integralmente y de forma mas objetiva. Y cuando uno se pone a pensar en valores como la honradez o la buena vecindad, afloran detrás las personas de mis padres. Ha habido una educación que ha trabajado sobre nosotros, en silencio, a la chita callando, pero siempre actuando. Y, como dice el adagio popular, "donde hubo siempre queda".

¿Por qué me preocupo de los demás? ¿Por qué los demás son parte también de mi vida y valores como la solidaridad estan presentes? Porque mis padres tuvieron interés en que participaran en las actividades educativas que se organizaban en la parroquia del barrio, porque no pusieron dificultades cuando los domingos teníamos que ir a acampadas y campamentos donde estos valores arreciaban.

¿Por qué soy creyente en un Dios que se interesa por los humanos, más allá de normas institucionales? Porque mi abuela estaba ahí al pié del cañón, enseñándonos desde niños a hablar con Él, a tenerlo en cuenta y a que escucháramos lo que Él nos enseña. Pues recuerdo que decía: "Dios es más grande que la Iglesia". Y mi padre siempre nos daba muestra de su gran respeto por un Ser Superior. Todavía recuerdo en las fiestas de Teror, las fiestas grandes de la isla donde vivimos, cuando se enfrentó a un desconocido que había mencionado el nombre de Dios en vano, diciéndole que se avergonzara de ello.

¿Por qué nos hemos esforzado y hemos estudiado y/o trabajado? Porque ellos se dejaron la piel en el asador, unido también al esfuerzo primerizo de mi hermano el mayor, y sudaron y trabajaron para que nosotros, sobre todo los tres últimos, pudiendo quedarnos libres de ese primer trabajo intenso de los primeros momentos de la vida, pudiéramos saborear las mieles de la cultura.

¿Por qué valoramos hoy lo que tenemos? Porque nadie nos lo ha regalado. Ellos nos enseñaron a compaginar estudio con trabajo, y por eso en nuestros ratos libres del estudio ayudábamos en casa o en la tienda de mi padre. Ellos nos enseñaron a disfrutar del domingo y gastar un duro –era la moneda de entonces- sabiendo que siempre si queríamos algo más tendríamos que ahorrar de aquel" duro" del fin de semana.

¿Por qué nos gusta disfrutar de la vida? Porque ellos nos enseñaron también a gozar de las pequeñas cosas, entre otras del disfrute de ir los domingos a la tarde a pasear por los parques de la ciudad, y sentarnos, mientras mi padre se tomaba una cerveza, a tomarnos un Baya-Baya, el refresco de aquel entonces, con unos chochos –altramuces- en el bar contiguo al parque San Telmo, y que todavía sigue allí en el Bravo Murillo de siempre.

Y así, un sin fin de cosas. Paco, el más pequeño de los cuatro y en nombre de todos, lo dejó bien claro al acabar el funeral de mi madre. Dio las gracias a todos por su cercanía y acompañamiento, pero dio también las gracias a nuestros padres, explicando todo esto con más amplitud y desenvoltura. Por eso, por ellos, aquel funeral, sin nosotros pretenderlo, sin nadie dar indicación alguna, sin haberlo organizado así desde la parroquia, también terminó en un espontáneo aplauso en el interior del templo. Mi madre lo tuvo a los 88 años. Mi padre, veinte años después de haber muerto. Nunca es tarde… Siempre es mejor hacer las cosas en vida. Pero también es de bien nacido el ser bien agradecido. Y si eso es reconocido por tus amigos, por tu familia más extensa, por tus compañeros, …mejor que mejor. Y hoy como siempre los aplausos son todo un símbolo, cuando salen del corazón, como surgió en este caso, son como un gran abrazo colectivo a una persona. Fue una gozada, ver como todos ese día abrazaban así a mis padres.

Eso sí. Soy consciente de que como mis padres, hay muchos seres anónimos en la vida de los pueblos que colaboran a su desarrollo y progreso y nadie los aplaude. Han sido muchos y son muchos más. Ellos también necesitan este aplauso, este abrazo de todos. Desde aquí, va también.

Armando Quintana

Las Palmas de Gran Canaria, 22 01 07

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