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La ilegalidad, el desorden y la impotencia

Por Joaquín Morales Solá - 23 de Octubre, 2006, 22:32, Categoría: Opinión

La Argentina vacila entre la aparente legalidad y los violentos desórdenes. Barrabravas cercanos al Gobierno reprimieron a sindicalistas que bordean los extremos ideológicos; esas corrientes del gremialismo están fracturando la felicidad política en la que vive Néstor Kirchner. Los asambleístas de Gualeguaychú le ofrendaron al Gobierno la última derrota de una cadena de fracasos en su largo enredo con Uruguay. Impotencia oficial frente a grupos que también lo corren por izquierda al presidente progresista. Y la desaparición absoluta del testigo Jorge Julio López podría ser el primer desafío de grupos irregulares al propio Estado, que no ha conseguido nada todavía sobre el esfumado anciano.

Sergio Muhamad mide cerca de dos metros y tiene la apariencia de un panzer alemán. Nadie sabe qué hacía en el Hospital Francés en el momento de los disturbios, aunque servicios oficiales aseguran que habría sido el propio interventor del sanatorio, José Luis Salvatierra, quien lo convocó -a él y a sus muchachos- para amedrentar a los sindicalistas que todavía creen en la revolución permanente de León Trotski. El día anterior, activistas gremiales le habían cruzado la cara de un navajazo preciso al subdirector médico del hospital.

El Hospital Francés es una empresa privada quebrada, con deudas que ascienden a más de 200 millones de pesos. Su comisión interna -como antes fue la del hospital Garrahan- está poseída por ideas de otrora y no cree que Kirchner sea un progresista. Sus dirigentes llegaron a quemar ruedas de automóviles al lado de los quirófanos. Las paredes del hospital, sucias y pintarrajeadas, alejan cualquier noción de la asepsia médica.

¿Explica eso la aparición fantasmal de Muhamad? Desde luego que no. Muhamad pertenece a la juventud kirchnerista, aunque debe de haber jóvenes kirchneristas que no usan las trompadas para convencer a los indecisos. Muhamad, sí. Todo el episodio tuvo las formas y el contenido de una fuerza de choque en defensa del Gobierno. La policía protagonizó escenas que parecían una parodia, si no fueran un drama. La dura infantería pertrechada para combates huía de la golpiza de unos pocos bravucones. Grupos irregulares se habían hecho cargo de la situación.

El juez contribuyó a la impunidad cuando mandó que las identificaciones se hicieran en el propio hospital y no en la comisaría. ¿Es posible en la Argentina de hoy pegarle a la policía y volver caminando a casa? Muhamad debería estar entre rejas, acompañado por los sindicalistas que tajearon la cara del subdirector del hospital. Muhamad no podría ser otro Luis D Elía, que tomó y destruyó una comisaría y ahora se desplaza en auto y con chofer oficiales. Así, la inocencia del Gobierno se torna increíble e improbable.

Para peor, la omnipresente interna se coló dentro del propio oficialismo: la foto de Muhamad con Kirchner, que se difundió en el acto, estaba colgada en la oficina que el barrabrava tenía en el gobierno capitalino. Con sensatez, Jorge Telerman lo había echado antes de que Muhamad se identificara ante la policía.

Dirigentes de Gualeguaychú convocaron a los asambleístas a tirar abajo con nuestras manos las chimeneas del capitalismo. Se referían a la papelera Botnia, que se levanta en la uruguaya Fray Bentos. ¿El problema no era, acaso, la ecología y el medio ambiente? ¿O el problema es ahora el sistema capitalista que rige en otro país?

La Argentina ha perdido todas las batallas últimas en su disputa con Uruguay: no le fue bien en La Haya ni en el Mercosur y el informe del Banco Mundial fue una derrota sonora. Ese documento del organismo multilateral sostuvo que las dos papeleras juntas no afectarían el medio ambiente. Pero ya una papelera, la española ENCE, se fue de Fray Bentos. ENCE está haciendo consultas ahora con los gobiernos de Kirchner y de Tabaré Vázquez para relocalizarse sin crear otro conflicto. La estrategia argentina era boicotear con éxito los créditos internacionales. No hubo éxitos.

Algunos diplomáticos de Kirchner deberían pagar por tantos errores argentinos. Llevaron al Gobierno por un camino equivocado y ahora esas estrategias ya no sirven. Sólo el jueves último el Gobierno se pronunció correctamente sobre los cortes de los puentes. Pronunciamiento correcto, pero insuficiente. Fueron sólo opiniones tardías. A esta altura, el Gobierno debió asegurar la libre circulación de los puentes, sin negarle a nadie el derecho a expresarse.

El Gobierno creyó que ganaría la moderación en la asamblea de Gualeguaychú, porque gestionó -y obtuvo- su división. El problema es que la racionalidad siempre pierde cuando se enfrenta con la arbitrariedad. Kirchner sintió la traición: él mismo les había dicho a los asambleístas que la decisión de recurrir a La Haya significaba también la prolijidad en los métodos y el acatamiento de las decisiones del tribunal. Los asambleístas eligieron darse todos sus gustos.

¿Qué hacer ahora ante tanto desquicio? El único camino que le queda al Gobierno es achicar las consecuencias del error. Es probable aún una negociación con Uruguay y un acuerdo digno para los dos. "Los Fernández" (el Alberto argentino y el Gonzalo uruguayo) no hablan desde hace mucho tiempo, pero no han roto una amistad que viene desde que eran jóvenes e inocentes. Alberto es el jefe de Gabinete argentino y Gonzalo es la mano derecha de Tabaré Vázquez. También el embajador uruguayo, Francisco Bustillo, es un negociador con paciencia de monje benedictino.

Los cortes de este fin de semana podrían tener una virtud: están anticipando lo que sucederá en el verano. Otro verano de cortes de puentes sería intolerable para el gobierno uruguayo. Denunciaremos un golpe institucional al Mercosur y nos haremos la pregunta que corresponderá hacerse: ¿existe el Mercosur?, anticiparon en Montevideo.

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Kirchner no quiere que lo insulten en Gualeguaychú, pero sabe también que los márgenes se le encogen dramáticamente. El viernes, cuando vio otra vez por televisión la rebeldía en Entre Ríos, pidió a los fiscales que ordenaran a la Gendarmería tomar todas las precauciones para reprimir delitos penales. Fotografías, filmaciones e identificaciones de los revoltosos. Por ahora, ganó allí el olvido de la ley.

Nadie oyó gritar a Jorge Julio López. Nadie vio nada cuando se lo llevaron. Pero, cuando faltan pocos días para cumplirse un mes de su desaparición, la hipótesis más firme del Gobierno consiste en que fue secuestrado. El Gobierno perdió mucho tiempo, al principio de todo, confiando en un extravío involuntario o en un ataque de pánico del propio anciano. El paso del tiempo demolió ambas hipótesis.

El caso de López es una tragedia institucional. Esta vez se trataría de grupos irregulares que desafían las decisiones del Estado. Intolerable, aun cuando haya quienes están en desacuerdo con aquellas decisiones. El Estado existe o no existe; no es algo que se pueda tomar de acuerdo con el paladar de cada uno. Las fuerzas del Estado, sin embargo, se mueven entre tinieblas, impotentes, frente a este drama.

Un mundo extraño se percibe cuando la policía encontró, por fin, una razón de ser controlando los precios y el abastecimiento. Una vieja ley de Gelbard sobre el abastecimiento, que no impidió en su momento el derrumbe de la economía argentina, es el último hallazgo del incomparable Guillermo Moreno. La historia no sirve nunca de nada en el audaz país de los argentinos.

Por Joaquín Morales Solá

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