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Las poses públicas de un presidente

Por Joaquín Morales Solá - 29 de Septiembre, 2006, 18:49, Categoría: Opinión

Es probable que Néstor Kirchner y George W. Bush no se vean nunca más. Ninguno está interesado en el otro. Kirchner encontró una fórmula extraña: prefiere mostrarse frío y distante con Bush y arreglar luego la relación con Tom Shannon, un subsecretario de Estado. Imagina que ese exótico sistema le servirá para atravesar el año electoral como un líder progresista hecho y derecho. El año electoral que inauguró lo está llevando también a tensar la relación con Londres por las Malvinas. Al fin, esas islas remotas se han convertido en presas electorales de militares y políticos argentinos.

Bush nunca le impide a su gobierno avanzar en acuerdos con cualquier administración extranjera, pero pone una condición: no quiere ni ver a los líderes que lo han decepcionado personalmente. Con Kirchner no siempre fue así. Se vieron pocas veces, pero habían trabado una relación humanamente cordial. Dejándose llevar por la intuición, en verdad, Bush confió durante algún tiempo en Kirchner más que su administración.

Fue así hasta que estalló el escándalo de Mar del Plata. Kirchner organizó una cumbre, financió una contracumbre y hostigó al mandatario norteamericano con un discurso de rencores bíblicos. Bush no lo olvidará nunca. ¿Lo olvidará el poder político permanente de Washington?

Kirchner ve en Bush a un presidente fatigado, débil dentro y fuera de su país, y comenzando la etapa final de su carrera política. La Argentina ya no le debe nada al FMI, donde Washington influyó en favor del país muchas veces. La frialdad con Bush es ahora, entonces, una política de bajo costo. Kirchner desistió de ir al cóctel de Bush no en señal de protesta, sino porque temió tocar una mano fría.

Sin embargo, luego se entusiasmó con relanzar la relación con Washington en un encuentro con el subsecretario Shannon. Kirchner es así: lo prefiere a Shannon antes que a Bush. ¿Por qué no mencionó también en las Naciones Unidas la intensa cooperación de su gobierno con Washington en terrorismo, narcotráfico y lavado de dinero? ¿Es peor acercarse a Bush que a algunos empresarios mediáticos de la Argentina (foto mediante) para liderar el progresismo? Las cosas no siempre son como parecen.

Ahora sí, Kirchner le debe un favor a Chávez. El discurso del caudillo venezolano en la ONU llevó las posiciones a tales extremos, que el resto de los díscolos del mundo pasó absolutamente inadvertido. La historia merece una comparación: ni Fidel Castro (que hizo durísimos discursos políticos en la ONU), llegó al nivel del agravio personal proferido por Chávez.

El problema de Kirchner es el tono épico y, a veces, provinciano que les imprime a sus viajes. Las palabras lanzar y relanzar se han escuchado tanto en los últimos días que el gobierno argentino debió de ser en Nueva York, la plataforma espacial más importante después de Cabo Cañaveral. Relanzó la relación con Italia, relanzó Yacyretá, relanzó la relación con los inversores y relanzó la relación con Washington. Las cosas habrían sido mucho más creíbles si se hubiera dicho que el Presidente empezó a reacomodar cosas que estaban destartaladas.

También hay que perder tiempo en descifrarlo. Seguramente no fue cierto que le respondió a Romano Prodi que el tema de los bonistas estaba cerrado. Prodi es un político elegante y un intelectual sólido, que aprendió el silencio. La respuesta de Kirchner debió de ser más esperanzadora sobre los bonistas, como siempre la expresa cuando habla entre cuatro paredes.

Ese encuentro con Prodi, entre tanto espacio vacío en la agenda presidencial, fue lo mejor de Nueva York. Ni siquiera hubo un cruce de miradas, por ejemplo, con el francés Jacques Chirac, que en su momento también distinguió a Kirchner. Chirac sigue fastidiado con el gobierno argentino. Se necesitan muchas ganas de persistir en el aislamiento y en el error para terminar mal, en este mundo y, al mismo tiempo, con Bush y con Chirac.

Era mejor que se viera con los inversores a que no se viera. No hay dudas sobre ello. Pero un presidente sirve para abrir puertas que luego deben ser sostenidas por decisiones internas. Suponer que poderosas empresas norteamericanas decidieron inversiones en la Argentina sólo porque escucharon a Kirchner, es más marketing que política.

Lo mismo sucede cuando dicen que en la Argentina no hay control de precios; es ignorar hasta la foto de Guillermo Moreno. No hay control de precios sólo formalmente. El Gobierno se olvidó de él mismo y de sus palabras cuando aseguró que no hay crisis energética.

El crecimiento argentino, que es notable, ha llevado toda su infraestructura hasta el límite de sus posibilidades. El mejor caso reciente fue el de Aerolíneas Argentinas. Las aerolíneas pagan todos sus insumos en dólares (hasta el combustible), mientras tenían en la Argentina las tarifas congeladas en pesos. No había plan estratégico posible. Con cuatro aviones más en reparaciones, la empresa entró en crisis para cumplir con sus vuelos. Sólo cuando le aseguraron mejores tarifas pudo preparar inversiones que se anunciarán en los próximos días.

Kirchner y su canciller Taiana vienen subiendo el volumen de las referencias a las islas Malvinas. En Londres calificaron el momento actual de muy difícil. El problema no son las palabras, sino los hechos. En rigor, Kirchner suele hacer un buen diagnóstico sobre la Guerra de las Malvinas: fue un error político que costó muchas muertes inútiles; significó una regresión de 200 años para la Argentina, y es un conflicto que llevará mucho tiempo resolver porque aquella guerra fue perdida por el país. Palabras de Kirchner.

Ahora, los hechos. En la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, hay un proyecto que podría llevar la tensión con Gran Bretaña a niveles desconocidos durante la democracia argentina. Esa ley eventual desconocerá las licencias de pesca en el mar de las Malvinas, lo que afectará a empresas españolas, japonesas, rusas y coreanas, entre varias más.

El gobierno argentino ya les advirtió que deberán optar entre pescar cerca de las Malvinas o cerca del continente argentino. La vecindad de esas aguas permite que la pesca se haga con licencias de ambas partes y en los dos mares. Sabemos que preparan algo y esas islas nos preocupan, sobre todo cuando las tocan, explican en Londres.

Una comisión binacional de pesca, formada por técnicos y diplomáticos británicos y argentinos, se reunió normalmente por última vez en diciembre de 2004. Siempre tuvo agendadas dos reuniones por año; el gobierno argentino sacó los técnicos en 2005 y obstaculizó la reunión prevista para junio último. Los funcionarios en Londres saben que después de esta presión vendrá otra por los hidrocarburos. Kirchner suele hablar de eso también.

El problema no tiene solución por ahora. La Argentina habla de soberanía y los británicos amenazan con la autodeterminación de los malvinenses. Se trata entonces de manejar un problema sin solución fácil ni rápida.

La Argentina no puede renunciar a reclamar la soberanía de las Malvinas, pero ya hay un sistema por el cual ese reclamo quedó bajo un paraguas. Para llegar a hablar de cuestiones de fondo habría que atravesar un largo tiempo (sin intenciones electorales), de negociaciones, acercamientos, cooperación e intercambio. Es lo que España acaba de hacer con Londres por el Peñón de Gibraltar. Empezar por el final significará siempre no empezar nunca.

Por Joaquín Morales Solá

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