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Los errores políticos del Presidente

Por Joaquín Morales Solá - 16 de Septiembre, 2006, 1:27, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

Decidió que esa marcha no se haría y, a partir de ese momento, Blumberg y su concentración pasaron a ser sus enemigos. Una decisión simple que implicó, al mismo tiempo, un imponente error político. Néstor Kirchner terminó desafiado por primera vez en su propia plaza y vencido por espontáneos peatones. Levantó a Blumberg como un referente opositor del que carecía hasta el jueves último. Es cierto que no tenía respuestas sobre su destartalada gestión para enfrentar la inseguridad. Con todo, lo peor que le sucedió fue tener que mostrar una alianza sin disimulos con los ex piqueteros Luis D'Elía y Emilio Pérsico.

Una encuesta de Julio Aurelio señaló que había más sectores sociales bajos que altos, de acuerdo con la marcha de Blumberg y que las adhesiones comprendían tanto el sur como el norte de la Capital. Ni siquiera las edades de los consultados marcaron una diferencia significativa en aquella adhesión. Un 65 por ciento de los consultados en el área metropolitana (Capital Federal y Gran Buenos Aires) estuvo de acuerdo con la convocatoria de Blumberg, mientras que sólo un 8 por ciento manifestó su acuerdo con la contramarcha de D'Elía.

Esas mediciones explican el tamaño del error cometido. Error más inexplicable aún si se tiene en cuenta que el Gobierno sufre de adicción a las encuestas. Pero la decisión de boicotear aquella convocatoria fue tan tajante, que no se detuvo ni siquiera en la necesidad electoral de esconder a D'Elía.

El discurso y los métodos de D'Elía espantan a los sectores medios de la sociedad. Hace poco, el Gobierno culpó a los periodistas de exponer al ex piquetero para perjudicar a Kirchner; esta vez fue Kirchner quien lo expuso a D'Elía ante la televisión, en un acto financiado con recursos del Estado. A veces, el Presidente parece no conocer a la sociedad díscola e indomable que le toca conducir.

No fue el único error que cometió. La presencia pública de los viejos piqueteros les dio autonomía a ellos (y a otros grupos no tan cercanos al Gobierno), para recrear en Buenos Aires el conflicto de Medio Oriente como nunca había sucedido aquí hasta ahora. La dirigencia de la comunidad judía denunció penalmente a Quebracho (Pérsico fue uno de sus fundadores) por coacción, amenaza y uso de la fuerza. El propio discurso de D'Elía, en la contramarcha, se metió de lleno en el conflicto de Medio Oriente. Empezó de ese modo a destruirse la vieja convivencia entre argentinos que profesan religiones distintas.

Los discursos tienen rangos de gravedad diferentes. Algunos cuestionan la reciente acción bélica de Israel en el Líbano; es un debate legítimo y la Argentina no es una excepción en el mundo. Sin embargo, una cosa es el reclamo de una solución para el pueblo palestino, que debe suceder, y otra es el apoyo a la militancia antijudía de Hezbollah.

Otras arengas locales son francamente antisionistas y ahí ya comienzan a herir muchas sensibilidades. El 90 por ciento del pueblo judío es sionista, si ser sionista es creer en la necesidad de un Estado nacional judío, más allá de los aciertos y los errores de sus líderes temporales.

El tercer rango es el más grave y remite directamente al antisemitismo. Quebracho tiene un discurso y una literatura antisemitas. En la Facultad de Filosofía y Letras hubo paredes pintadas con mensajes que no se pueden reproducir sin lastimar las convicciones de muchos. Tanto es así que el cardenal Jorge Bergoglio se ha hecho cargo de los problemas de la comunidad judía como si fueran propios.

El presidente de la DAIA, Jorge Kirszenbaum, debió reunirse con el decano de esa facultad como antes lo había hecho con el ministro del Interior, Aníbal Fernández. A los dos les planteó la inquietud de la comunidad que lidera por los repetidos actos de antisemitismo explícito o de otros que se acercan peligrosamente a esa aberración humana.

Sería una perversión de la realidad, suponer que existe antisemitismo en el gobierno de Kirchner. No lo hay, y él ha sido un presidente especialmente preocupado por seducir a la comunidad judía. Pero en sus alrededores se dicen cosas que se parecen demasiado a una militancia contra el pueblo judío. Resaltan D'Elía, Pérsico, Hebe de Bonafini y algunos sectores de la Cancillería, todos con acceso directo al despacho presidencial.

Kirchner perdió ahora la simpatía, que la tuvo, de gran parte de la comunidad judía. Pagó un precio demasiado caro por contar con fuerzas de choque para intimidar a sus opositores.

No fue así antes. Incluso, Kirchner promovió un acercamiento entre dirigentes judíos argentinos y mundiales con el caudillo venezolano Hugo Chávez. La comunidad judía venezolana es perseguida por el chavismo y muchos judíos venezolanos han optado por el exilio.

En la Argentina, varios de los laderos presidenciales que ofenden a los judíos tienen nexos importantes con Chávez y con sus petrodólares. ¿Cómo explicarle entonces a la comunidad judía argentina que Kirchner es un presidente confiable?

El Presidente ha cometido otros errores. No pudo tolerar nunca que los dirigentes socialistas hubieran asistido en Rosario al acto de inauguración de la convención radical. Socialistas y radicales son socios políticos en Santa Fe desde hace mucho tiempo. Kirchner vapuleó públicamente a los socialistas, que podrían ganar Santa Fe, un distrito clave, y que habían decidido no apoyar ninguna de las candidaturas presidenciales del año próximo. Está empujando a los socialistas a los brazos de Lavagna.

Alfonsín no arrastra a muchos radicales cuando se constituye en arquitecto de eventuales soluciones políticas. Pero tiene un público notable en su partido cuando subraya los actuales problemas institucionales y, sobre todo, cuando los radicales valoran su gestión para reinstalar la democracia y para crear en el país una noción colectiva sobre los derechos humanos. Alain Touraine suele decir que la Argentina de Alfonsín constituyó un ejemplo en el mundo por la revisión del pasado y por el enjuiciamiento de los jefes de la dictadura.

Kirchner ha señalado que ni él ni Alfonsín son mártires de la dictadura. Tiene razón. Pero hay una diferencia sustancial si no se quiere ofender a la historia: Alfonsín tuvo coraje cuando el coraje escaseaba. La revisión del pasado es mucho más fácil 23 años después, luego de que las instituciones democráticas han atravesado victoriosas las peores crisis económicas, sociales y políticas. Los militares de hoy son, además, una sombra de lo que eran en 1983.

Kirchner critica y no hace autocrítica. Es innegable la responsabilidad de los dos grandes partidos políticos argentinos en los fracasos de los últimos años. Y así lo dijo el Presidente, que perteneció, le guste o no, a la conducción del Partido Peronista durante gran parte de los años 90 y accedió al poder gracias a él. La reforma constitucional de 1994, hecha tras el pacto de Olivos, fue aceptada y votada por Kirchner y su esposa.

Todo es viejo en la Argentina. El actual debate político e intelectual es una memorable antigualla. La discusión pública (política, económica o internacional) atrasa 30 años, por lo menos, tanto como algunos personajes encaramados en el espacio público. El país podría perder una de las mejores oportunidades que tuvo desde que lo inventaron como nación. Kirchner parece decidido a confirmar la sospecha de Manuel Vicent: ser argentino significa estar triste o estar lejos.

Por Joaquín Morales Solá

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