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Las diferentes máscaras de la violencia - 3 de 3

Por Armando Maronese - 18 de Agosto, 2006, 1:54, Categoría: Corrupción - Violencia

El abuso moral o mobbing - Dentro de las máscaras de la violencia que se exhiben hoy en las instituciones, el acoso moral (también llamado psicológico) o mobbing aparece como una de las epidemias del siglo XXI.

Podríamos definir mobbing como el deliberado y continuado maltrato modal y verbal que recibe un trabajador, excelente en su desempeño, por parte de un superior o de uno o varios compañeros de trabajo, que pretenden desestabilizarlo y minarlo emocionalmente, con vistas a deteriorar y disminuir su capacidad laboral o de empleo, y eliminarlo, así, más fácilmente del puesto que ocupa en la organización.

Hasta ahora, este tipo de acción ha pasado inadvertido, ya que se lo consideraba dentro de un marco de violencia simbólica, o sea, dentro de esa violencia que es socialmente aceptada. Ejercer el poder, a través de distintas metodologías de influencia para lograr un fin determinado acorde con los objetivos de una institución, es una práctica legítima dentro del mundo del trabajo. Esto mismo puede llevar a encubrir ciertas conductas enfermas u hostiles, que terminan lesionando la integridad, la moral o la salud del trabajador.

Estos comportamientos son reiterativos y persistentes en el tiempo, y se perciben, a diario, en los organismos (ya sean políticos, comerciales, deportivos, eclesiales o educacionales), debido a que el mobbing, en su tarea destructiva, implica al resto de los integrantes de la institución: los convierte en cómplices u observadores pasivos de su accionar, creando un clima de miedo y cobardía, de manera que nadie se atreva a defender a la víctima por temor a correr el mismo destino.

Este tipo de acoso suele ser empleado, por un superior o un igual, con el objeto de reducir la influencia social de su subordinado o, bien, para que renuncie voluntariamente.

Las consecuencias de este estratagema pueden acarrear un deterioro psicosomático en la víctima del acoso: depresión, irritabilidad, fatiga crónica, insomnio, estrés, ansiedad, ataques de pánico, cambios en la personalidad, hasta ideas suicidas.

Una de las características llamativas de este síndrome, que refieren varios autores, es la dificultad de la víctima para entender lo que está ocurriendo, y organizar conceptualmente su propia defensa.

Las personas en riesgo de padecer mobbing, pueden enmarcarse en tres grandes grupos:

1. Las envidiables, brillantes y atractivas, por ser consideradas como peligrosas o competitivas; por los líderes implícitos del grupo, que se sienten cuestionados por su mera presencia.

2. Las vulnerables, con alguna peculiaridad o defecto, o simplemente depresivas necesitadas de afecto y aprobación, que dan la impresión de ser inofensivas e indefensas.

3. Las amenazantes, activas, eficaces y trabajadoras, que ponen en evidencia lo establecido y pretenden imponer reformas o una nueva cultura.

Gonzáles de Rivera describe a la persona del acosador como "mediocridad inoperante activa", es decir, "un trastorno de la personalidad caracterizado por apropiación de los signos externos de la creatividad y el mérito, ansia de notoriedad que puede llegar hasta la impostura y, sobre todo, intensa envidia hacia la excelencia ajena, que procura destruir por todos los medios a su alcance". Para entenderlo mejor: quien asume este rol es una persona con suficiente autoridad o carisma para manipular dinámicas grupales de acoso; su personalidad es una combinación de rasgos narcisistas ("el mundo gira a mi alrededor") y paranoides ("como todos están en mi contra, ataco antes de que me destruyan"). Este interjuego lo ayuda a autoconvencerse de que está actuando con razón y justicia.

Según Iñaki Puñel son: personas con capacidad superficial de encanto: con mucha locuacidad y desparpajo; personas con un sentido grandioso de los propios méritos: piensan que los demás "les deben todo"; personas que mienten sistemática y compulsivamente: gracias a lo cual, habrá llegado tan lejos profesionalmente; personas sin remordimientos o sentido de culpabilidad: es incapaz de tenerlos; personas manipuladoras: con el objetivo de escalar jerárquicamente a costa de "quien sea" o de "lo que sea"; personas que no son empáticas: no le importan los sentimientos de los demás.

Ana Martos, en su libro, ¡No puedo más! Las mil caras del maltrato psicológico, dice: La violencia psicológica se viste con innumerables ropajes para acecharnos desde el rincón más insospechado. Unas veces, se muestra bajo la forma de maltrato psicológico, compuesto por vejaciones, humillaciones y trato degradante más o menos continuado. Otras veces, aparece en forma de manipulación mental, compuesta por sobreprotección, influencia sobre nuestra percepción y manejo más o menos visible de nuestros actos. La violencia psicológica está ahí, en algún sitio y, en cualquier momento, nos puede tocar.

A partir de esto, pensé cuántos de nosotros, empleados, profesionales, comerciantes, docentes, etc., sin advertirlo, sufren esta clase de acoso. Nuestras instituciones se manejan en un clima, supuestamente afectivo, que permite que estos nefastos personajes utilicen el poder y la violencia al servicio de sus propios y particulares objetivos. Trastocan, así, todo el funcionamiento institucional y generan, sin ningún tipo de escrúpulos y en distinto grado, diversas patologías en el ambiente en que se infiltran. Detrás de estas conductas, subyace el miedo a perder el cargo que le otorga el poder, porque sabe de sus limitaciones actuando en función de sus temores y no en función de las necesidades institucionales. Algo para tener muy en cuenta es que, al contrario de la violencia física o del acoso sexual, el mobbing constituye un proceso más "silencioso" y sutil, en tanto conduce a un aumento de confusión y a la disminución de la autoestima de la víctima, que se siente, incluso, responsable de lo que sucede. Por esto, la mayoría de los afectados callan por miedo a ser juzgados y etiquetados como "problemáticos".

A partir de esto, pensé cuántos de nosotros, empleados, profesionales, comerciantes, docentes, etc., sin advertirlo, sufren esta clase de acoso. Nuestras instituciones se manejan en un clima, supuestamente afectivo, que permite que estos nefastos personajes utilicen el poder y la violencia al servicio de sus propios y particulares objetivos. Trastocan, así, todo el funcionamiento institucional y generan, sin ningún tipo de escrúpulos y en distinto grado, diversas patologías en el ambiente en que se infiltran. Detrás de estas conductas, subyace el miedo a perder el cargo que le otorga el poder, porque sabe de sus limitaciones actuando en función de sus temores y no en función de las necesidades institucionales. Algo para tener muy en cuenta es que, al contrario de la violencia física o del acoso sexual, el mobbing constituye un proceso más "silencioso" y sutil, en tanto conduce a un aumento de confusión y a la disminución de la autoestima de la víctima, que se siente, incluso, responsable de lo que sucede. Por esto, la mayoría de los afectados callan por miedo a ser juzgados y etiquetados como "problemáticos".

María José Blanco Barea, integrante de la Comunidad Virtual de Trabajo para el Estudio Multidisciplinar de la Violencia Psicológica, aconseja, a modo de prevención, que: es imprescindible un estudio multidisciplinar y coparticipado sobre la violencia, en el que se implique al Estado y a la sociedad. Porque cuánto más sepamos cómo funciona la voluntad violenta de destruir, mejor sabremos defender nuestra voluntad creativa de vivir (...). No siempre "el silencio es salud". El primer paso para resolver un problema es saber en qué consiste, para, luego, ser capaces de reconocerlo y hacerle frente. La solución al conflicto pasa, irremediablemente, por afrontarlo abiertamente. Al decir de Iñaki Puñel, el salmo 109 de David describe el mobbing de este modo: (...) pues los malvados y los mentirosos hablan contra mí, me dirigen palabras engañosas, me acosan con odio, me atacan sin razón. En pago de mi amor, me acusan, pero yo ruego por ellos, me devuelven mal por bien y odio por amor. Me voy desvaneciendo como sombra que declina (...).

¿Debemos ir desvaneciéndonos o ver pasivamente como se desvanecen otros? Ante estas situaciones, no puedo dejar de pensar en la parábola del Buen Samaritano donde todos pasaron sin ver. Hoy, "el herido" puede ser nuestro compañero. Sólo debemos ponerles nombre a los ladrones.

Armando Maronese

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