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Las diferentes máscaras de la violencia - 2 de 3

Por Armando Maronese - 18 de Agosto, 2006, 1:51, Categoría: Corrupción - Violencia

Atacó a golpes a la maestra que había retado a su hijo en un recreo. La mujer la tomó por el cuello y, frente a un aula llena de chicos, la tiró al piso y le siguió pegando. Los especialistas creen que hay una crisis de autoridad en las escuelas, debido a la actitud de los chicos y sus padres.

Muchas son las veces en que somos testigos de la impotencia, frustración, amargura y desilusión de los maestros y maestras, cuando comparten noticias como éstas o por haber presenciado o sido víctimas de hechos violentos, sucedidos en la escuela. Este tipo de conductas nos cuestionan y nos comprometen, pero, lamentablemente, siempre nos ponemos a reflexionar desde las dolorosas consecuencias y no desde una actitud de prevención.

La escuela cristaliza las tensiones de nuestra sociedad y, a veces, las exacerba. Es un fenómeno sensible que debemos tratar con prudencia porque ningún país está a salvo (Eric Debarbieux,"Violencia Escolar: un problema mundial", en Observatorio Europeo de la Violencia Escolar, publicación Correo Unesco, abril 2001).

La violencia se ha tornado en algo cotidiano, lo observamos a diario en los medios de comunicación, aunque se convive con otro tipo de violencia que se expande en silencio y, por lo tanto, no es noticia: mortandad infantil, desocupación, carencia de buenos servicios sanitarios, salarios bajos, escasez de vivienda, etc., en definitiva, toda la sociedad experimenta la violencia.

Frente a esta realidad, hemos creado mitos y prejuicios para comprenderla, elaboramos preconceptos que nos impiden abordar la situación y, al mismo tiempo, nos paraliza el carecer de respuestas adecuadas y no conocer el modo de operar sobre ella para modificarla.

El docente es tan víctima del sistema educativo como el alumno. El docente está socializado en una sacralización, en una idealización del método educativo, y está excluido en la elaboración de los planes, está enajenado de su propia necesidad, hay un discurso del poder que le marca al docente un ideal (Ana María Quiroga).

El aula la podemos considerar como un lugar de poder del docente, un espacio de omnipotencia en el que el niño queda sometido tanto física (debe dejar inmovilizado su cuerpo detrás de un banco que lo aísla de sus compañeros), como mentalmente. Desde esta perspectiva, pareciera que el único que no puede expresar sus deseos e intereses es el niño; sin embargo, el docente tampoco es tomado en cuenta: no se lo incluye en la elaboración de los planes de estudio, tiende a realizar una tarea enajenada y, socialmente, se le exigen, cada vez, más obligaciones a cambio de menos reconocimiento (Aizemberg y otros).

¿Tiene la escuela alguna posibilidad de asumir esta situación, de "hacerse cargo" de ella? Algunos especialistas proponen como primer paso "hacer consciente la función social que hoy está cumpliendo la escuela sin saberlo".

Los educadores desean recuperar el sentido y la finalidad de su misión: el poder de educar. Esto equivale a brindar un tiempo y un espacio donde niños y jóvenes adquieran herramientas para la vida. Parecería que hoy la función del docente se enmascara de policía, psiquiatra o abogado. Parafraseando un lema usado por los actores, hace unos años, podríamos afirmar: "Son educadores, queremos educar".

Si queremos acabar con la violencia, tenemos que vivir de otro modo: en el respeto mutuo y no en la negación del otro; en la colaboración, en un deseo compartido y no en la exigencia de la obediencia. Es decir, tenemos que apoyarnos en nuestra biología de seres humanos que surge de la biología del amor, en la historia de lo vivo, para abandonar el espíritu psíquico de la violencia y recuperar el espacio psíquico de la colaboración ( Humberto Maturana).

La realidad nos está marcando otras exigencias. Debemos incluir, en nuestro trabajo, en general, la problemática de la violencia y generar espacios de reflexión y contención. Desde ya que necesitamos de la colaboración de toda la comunidad, incluyendo las autoridades, para que no nos sintamos solos, como nos hemos venido sintiendo.

La tarea de prevención de la violencia está a nuestro alcance: prevención que significa promover acciones dentro de la comunidad en donde se tome conciencia de la magnitud del problema; informar a la comunidad de los riesgos y buscar especialistas que brinden charlas sobre la temática como una posible salida.

Si bien el maltrato, la injusticia y la intolerancia son moneda corriente en nuestros días, debemos revalorizar la libertad, el respeto, la tolerancia y la justicia, a fin de que adquieran, de nuevo, significación para nosotros y toda la comunidad en general.

Es nuestro deber oponernos a la violencia con protagonismo y responsabilidad, y no seguir esperando que otros se ocupen de solucionar este problema. El diálogo es nuestra herramienta. ¡Empecemos a usarla!.

Armando Maronese

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