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Las diferentes máscaras de la violencia - Parte 1 de 3

Por Armando Maronese - 18 de Agosto, 2006, 1:43, Categoría: Corrupción - Violencia

Hablando de educación - Uno de los temas que más nos preocupa, a los hombres y las mujeres de nuestra tierra, y creo que no sólo de ella, es la violencia que, día a día, nos invade. Al ser un problema social, afecta todas las áreas de nuestra vida, por más diversas que éstas sean. Todos, de algún u otro modo, estamos expuestos a ella.

¿Qué es la violencia? Según el diccionario de la Real Academia Española: (Del lat. violentĭa) Cualidad de violento. Como no me quedé conforme con esta explicación, seguí investigando: ¿qué es ser violento? Con sorpresa, encontré ocho definiciones de las cuales elegí tres que se adecuan a lo que deseo desarrollar en este artículo: 1.Que está fuera de su natural estado, situación o modo. 2.Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones. 3.Que se ejecuta contra el modo regular o fuera de razón y justicia. ¿Pueden estas definiciones describir la violencia o un acto de violencia y sus derivados? Es evidente que no. El problema de la violencia es más amplio de lo que creemos, y no siempre es ajeno a nosotros.

Cada uno, a su manera, sabe que aquello que nos daña o nos paraliza es violencia. Sin embargo, a pesar de eso, vivimos tan inmersos en la violencia, que, a veces, no llegamos a distinguir lo que es violento de lo que no lo es. Una mirada hiere tanto como un golpe. La violencia se promueve de diferentes maneras y en distintos sectores de la sociedad: violencia doméstica, violencia política, violencia socio-económica, violencia cultural...

Algún psicoanalista dijo que "no hay vida auténtica sin violencia, sólo la inerte calma de los cementerios". Aceptar esta proposición como una verdad, nos llevaría a bajar los brazos y emprender el camino del acostumbramiento. Entonces, para evitar que esto suceda, debemos estar más atentos, para detectar cuáles son las causas de esta violencia cotidiana. ¿Qué hacemos o qué dejamos de hacer para que continúe, crezca y nos envuelva?

Nuestras escuelas no están ajenas a ella. Debemos admitir que las paredes de la escuela son permeables a la realidad. Que la vida de los alumnos (niños y jóvenes) y de los docentes, esta plagada de violencia.

Hasta ayer, se daban dos formas de violencia en la escuela: la natural entre los niños y adolescentes: producto de la competitividad, la afirmación del yo, el desarrollo de su personalidad y la imposibilidad de controlar el instinto; y aquélla aplicada por los docentes a sus alumnos: no me refiero a los castigos corporales, que los hubo, sino a esa violencia psicológica que ejerce quien ocupa un lugar de poder.

Hoy se observa otra forma de violencia por parte de los alumnos y sus padres hacia los docentes y la institución. No creo que sólo pase por desafiar la autoridad y rebelarse contra el orden establecido, lo cual sería entendible desde el proceso evolutivo de los niños y jóvenes. El grado de agresión contenido en los hechos de violencia, ocurridos en nuestras escuelas, nos obliga a repensar e indagar, a fondo, sobre las causas.

A consecuencia de las políticas socioeconómicas deficientes, se ha originado un deterioro tanto económico como social. La inestabilidad laboral, la falta de seguridad, de justicia y la influencia de los medios de comunicación que se empeñan en difundir mensajes violentos, podrían ser el disparador del aumento de la rebeldía, del desacato de las normas de conducta y de la deserción en el alumnado. Actualmente, cualquier joven o niño puede presenciar un sinfín de asesinatos cómodamente instalado en su cuarto, por no hablar de las imágenes morbosas, pobladas de cadáveres y cuerpos descuartizados, de los noticieros o de los video-juegos, en los que gana el que vuela a tiros más cabezas de seres humanos. La violencia en los alumnos, sus actos de grosería, incontinencia moral e irreverencia, tienen el carácter de síntomas. Si no alcanzamos a comprender que son coincidentes con las noticias y escenas nefastas que consumen a diario, seremos incapaces de hallar una solución a este problema.

El germen de la violencia habita en la sociedad, de la cual formamos parte. Por lo tanto, debemos ocuparnos más que preocuparnos.

La violencia psicológica o emocional no se percibe tan fácilmente como la física, pero también lastima. Es un mecanismo, tal vez, más sutil, pero no por eso menos hiriente que la violencia física: se envían mensajes, realizan gestos o manifiestan actitudes de rechazo con el objetivo de humillar, avergonzar, hacer sentir insegura y mal a una persona, deteriorando su imagen y su propio valor, su autoestima, perjudicando su estado de ánimo y su capacidad para tomar decisiones. Aquí la palabra tiene un rol principal. Hacer sentir a una persona que no hace nada bien o que no sirve, provoca dos tipos de reacciones: la aceptación de que lo que le decimos es verdad o la ira y su consecuencia: la violencia. Así, se crea un círculo muy difícil de romper, ya que tanto el uno como el otro desean imponerse. No hay peor violencia que la que engendra el mal uso del poder. En este punto, muchas personas incluidos algunos docentes deberían cuestionarse acerca de ciertas conductas nacidas de su propia baja autoestima y temores que los conduce a la práctica de un autoritarismo patológico. El miedo también es causante de violencia.

¿Estamos preparados para cambiar nuestras conductas?, ¿podemos reconocer que solemos ser propiciadores de la violencia que recibimos diariamente? Recuerdo un caso, de una vieja conocida, profesora de matemática, que tardó más de  tres semanas, sin razón alguna, en corregir una prueba escrita, definitoria para la aprobación de algunos de sus alumnos. No se cuestionó si el tema había sido bien o mal explicado por la docente, pero los resultados fueron catastróficos. Su actitud motivó que, a la salida del colegio, un grupo de chicos pateara las puertas de su automóvil. En ningún momento, nadie se preguntó cuál había sido el motivo real de este suceso. Simplemente, se atinó a opinar: "¡Qué agresivos estos chicos! ¡No traen ninguna educación de la casa! ¡Merecen ser expulsados! Sinceramente, yo considero que habría que haber expulsado, junto con ellos, a la profesora. Ella aún sigue valiéndose de su autoritarismo en el mismo colegio, cómplice de sus acciones. Los chicos expulsados por agresivos concurren a otro establecimiento. ¡Y qué casualidad! No tienen dificultades en matemática.

Si yo fuera ministro de educación, la primera recomendación que haría a los profesores sería: no hacer jamás juicios de valor sobre sus alumnos; ustedes no tienen derecho de emplear la palabra "idiota", ustedes no tienen derecho de emplear la palabra "estúpido", ustedes no tienen derecho de escribir en el margen "este razonamiento es imbécil", ustedes no tienen el derecho de decir "nulo"... deben excluir todos los juicios de valor que afectan a la persona. Debemos tomar conciencia de que la escuela es un centro generador de violencia. Asumiendo esta realidad, podremos comenzar a modificar algo.

No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo. Pero, frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos. Cuando el Dios de la historia venga, nos mirará las manos (Mamerto Menapace).

Armando Maronese

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