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Castro a los 80 años

Por Carlos Alberto Montaner - 5 de Agosto, 2006, 18:58, Categoría: General

¿Cómo ha podido estar tanto tiempo en el poder el peor gobernante que ha tenido Cuba? Fidel Castro ha estado a punto de morir. La hemorragia intestinal que ha sufrido y la subsiguiente operación le han llegado dos semanas antes de cumplir 80 años. Ha sido un aviso. Más de la mitad de la vida se la ha pasado gobernando. Hace casi 48 años que tomó el poder a tiros y desde entonces no lo ha soltado. Cuando comenzó, el comandante era un joven impetuoso y audaz, convencido de que sabía cómo reorganizar a la humanidad para que todos se transformaran en ricos y felices, aunque el procedimiento para lograr tan benévolo propósito fuera a palos y tentetieso.

A estas alturas de la historia, solamente quedan dos preguntas interesantes que hacer sobre el fallido experimento montado por Fidel Castro en esa pobre isla: ¿por qué se ha mantenido tanto tiempo en el poder un tipo tan excéntrico y disparatado, capaz de realizar hazañas tan improbables como destruir la centenaria industria azucarera, multiplicar por diez el número de prostitutas del país, fusilar o eliminar a 16.000 personas y colocar en el exilio a un 15% de la población cubana? Nadie duda de que el suyo es el peor Gobierno que ha padecido la isla, incapaz en medio siglo de lograr que los cubanos tengan agua potable, electricidad, comida y techo en cantidades mínimamente razonables, lo que hace todavía más urgente la respuesta: ¿cómo no ha sido derrocado un gobernante tan incompetente?

La segunda pregunta también es obvia: ¿qué pasará cuando desaparezca? Al fin y al cabo, al margen de esta crisis reciente, se trata de un anciano enfermo, aquejado de parkinson, que exhibe síntomas clarísimos de demencia senil y que ya ha sido víctima de varias isquemias cerebrales que han ido afectando su capacidad para comunicarse. Balbucea, se repite, se vuelve incoherente, se confunde y se muestra agresivamente malhumorado cuando se le presenta la menor contrariedad. Todavía es capaz de hablar ocho horas consecutivas, sin la menor piedad con la vejiga ajena, pero lo importante no es la resistencia de sus ejercitadas cuerdas vocales o de sus poderosos esfínteres, sino el contenido de sus discursos: es un pobre hombre que no cesa de decir tonterías, para vergüenza de una clase dirigente adiestrada en la obediencia a un líder carismático supuestamente infalible, y que ahora no sabe qué hacer frente a un viejito majadero y maniático, que lo mismo diseña vacas enanas que les explica el insondable secreto científico de las ollas de presión.

La primera pregunta tiene una respuesta bastante sencilla: Fidel Castro ha permanecido casi cinco décadas en el poder, pese a ser un desastroso gobernante, porque ha creado una hermética jaula institucional de la que no hay escape posible. Su permanencia al frente del país no tiene nada que ver con su talento como líder, con la época en que vivimos ni con sus habilidades como estratega. No son sus virtudes lo que lo sostienen, sino sus defectos: su falta de escrúpulos y su ilimitada capacidad de hacer daño, incluso a los que le rodean, como se comprobó con el fusilamiento de Arnaldo Ochoa, su mejor general.

Castro controla totalmente el Parlamento, el sistema judicial, las fuerzas armadas y los medios de comunicación, mientras la policía política vigila, intimida y castiga a cualquier miembro de esa estructura de poder que se mueva un milímetro de la línea oficial. Los demócratas de la oposición -un puñado de mujeres y hombres extraordinariamente valientes-, permanentemente espiados y sometidos a las interferencias de los cuerpos de seguridad, tampoco pueden moverse más allá de los estrictos límites que les señala el aparato y, cuando lo hacen, se los encarcela, maltrata o mata sin la menor compasión. ¿Por qué los cubanos no se quitan a Castro de encima? Exactamente por las mismas razones por las que los norcoreanos no se sacuden a Kim Jong-il: porque no pueden.

Sin embargo, tras su muerte, todo comenzará a cambiar, probablemente a un ritmo muy rápido. ¿Por qué? Porque dentro de la clase dirigente hay una profunda desmoralización. No obedecen por convicción, sino por puro miedo y porque saben, que la dictadura ni siquiera deja espacio para la marginación voluntaria. O doblan la cerviz y aplauden, o los barren. Pero esa humillante situación comenzará a cambiar en el velatorio del comandante, cuando todos, tirios y troyanos, sentirán un inmenso alivio en la medida en que el ataúd descienda dentro de la fosa y desaparezca la pesada mano con que el dictador les aprisionaba el cuello. Ese será el momento en que los reformistas del régimen -la inmensa mayoría- y los demócratas de la oposición, de forma organizada y pacífica, comenzarán a desmantelar ese anacrónico manicomio.

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Carlos Alberto Montaner

Escritor y periodista cubano en el exilio

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