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Un nuevo Kirchner asoma en el horizonte

Por Joaquín Morales Solá - 1 de Junio, 2006, 3:04, Categoría: Opinión

Roberto Lavagna camina, al parecer indefectiblemente, hacia la construcción de una candidatura presidencial. Rafael Bielsa comprobó que nadie es profeta en la tierra de Kirchner: sus atributos políticos e intelectuales comenzaron a ser reconocidos en el exterior antes que en su país. José Pampuro luce la condición de tercera figura institucional de la República (presidente provisional del Senado) en medio del trajín parlamentario, que no carece de cierto aburrimiento para un ex ministro de jadeantes tiempos.

¿Se trata sólo de destinos personales? En tal caso, la curiosidad periodística no dejaría de ser apenas una divertida crónica de reconstrucciones políticas, del ejercicio constante de los hombres públicos de vagar entre la cima y el llano.

El caso de aquellos tres ex ministros -sobre todo de sus desplazamientos-, simboliza, por el contrario, un cambio sustancial en el gobierno de Kirchner. Hay, en efecto, un Kirchner distinto después de las elecciones de octubre y más distinto incluso desde que provocó los cambios en su gabinete, dos meses después del triunfo electoral.

Las declaraciones de Lavagna explican su salida del gobierno: nunca hubiera homologado la prohibición de exportar carnes, nunca hubiera maltratado a los empresarios para luchar contra la inflación y nunca hubiera abandonado una estrategia de atracción de inversiones nacionales y extranjeras.

Como quien habla sueltamente de los avatares del tiempo voluble, Lavagna recordó que se fue después de que su equipo comprobó sobreprecios en las obras públicas. Imperdonable.

¿Es Felisa Miceli la culpable de las modificaciones en el rumbo de la economía? Sería injusto personalizar en ella esa culpa. Miceli es una militante de alma y suele aclarar que es funcional a las necesidades del Presidente. Estamos en el centro de la cuestión: es Kirchner el que cree en una economía con mayor injerencia del Estado.

Lavagna fue el salvavidas que le dio consistencia económica a su débil candidatura presidencial, en 2003, pero las ideas del ex ministro no eran sus ideas (no todas, al menos). El estatismo de Kirchner no sólo se expresa en algunas reestatizaciones de empresas de servicios públicos; se manifiesta, sobre todo, en el fisgoneo permanente del Estado en los negocios privados.

Esa política está orlada, además, por un discurso de clara confrontación con los empresarios. Los recibe de vez en cuando, los reprende a veces y otras veces los trata con cierta cordialidad, pero el micrófono y el atril están siempre preparados para zamarrearlos. El temor ha reemplazado entre los empresarios a la excitación por los negocios. El temor es una sensación cada vez más extendida en la vida pública.

Al revés, nunca se escuchó a Kirchner decir una sola palabra pública sobre los desenfrenos de los sindicalistas. Nunca objetó el método, ya habitual, del sindicato de Hugo Moyano de boicotear con sus camiones la salida de cuanta empresa le dice que no a sus recurrentes planteos.

El caso de Bielsa

Bielsa presidirá el próximo domingo la comisión veedora de la OEA en las elecciones de Perú. El secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, le hizo el ofrecimiento. Bielsa aceptó y terminó ocupando esas funciones luego de sobrevivir a algunas confusiones, que necesitaron de la participación especial del propio Kirchner. No se sabía, hasta la irrupción presidencial, si el Gobierno vetaba o avalaba la designación de Bielsa.

El ex canciller aterrizará luego en París para hacer una ponencia intelectual ante la Asamblea de Francia. Fue una invitación directa, sin la intermediación de los gobiernos ni de sus diplomacias. Bielsa se pondrá a trabajar en un libro con el ex presidente chileno Ricardo Lagos sobre la calidad de las instituciones en América latina.

La política exterior no está mejor desde que se ha ido Bielsa. Más bien hay una ausencia de política exterior. O, lo que es más evidente, hay una oscilante política exterior que se maneja según los humores del Presidente.

No hubo en los últimos tiempos un solo gesto de la diplomacia argentina para salvar al Mercosur, tal como fue, de su muerte segura. La rápida incorporación de Venezuela a esa alianza comercial, como se anticipa ahora, no es más que oportunismo político, que deja atrás la calidad democrática del Mercosur para ir en busca de la mayor reserva energética de la región. Sabe a extraño que nadie, ni en las oficinas presidenciales ni en las de la diplomacia argentina, haya hecho nada para superar definitivamente el entredicho con Uruguay por las papeleras.

La percepción social de la política exterior se desbarrancó nueve puntos en los últimos tres meses, según un estudio de Graciela Römer, que atribuye esa caída al conflicto con Uruguay.

Sólo un 30% de los consultados, está de acuerdo con el manejo del conflicto rioplatense y un 53%, considera que el Gobierno está llevando de mala manera o regular, esa relación histórica y única de la Argentina.

La política de la confrontación (más de Kirchner que del canciller Jorge Taiana, disciplinado y silencioso ejecutor de las políticas presidenciales), ya le valió la lejanía de Jacques Chirac, otrora un presidente cercano al mandatario argentino. Chirac estuvo en Brasil y en Chile y no pasó por la Argentina. Un gesto así de Chirac hubiera sido impensable hace sólo un año.

Pampuro fue, durante los primeros tres años del gobierno de Kirchner, el hombre que contenía a militares y al Presidente. Su profesión de médico le permitía llevar sedantes y paños fríos. Su ponderación jugó un papel clave en los primeros tiempos de Kirchner.

Pampuro ya no está al frente del Ministerio de Defensa. Nilda Garré parece observar al Presidente y limitarse a seguirlo hacia donde lo lleva su espíritu indómito.

Algunos militares en actividad y uniformados, muy pocos, han asistido a un acto político en la plaza San Martín. Es inadmisible para los reglamentos de los hombres uniformados. Pero, ¿era necesario que Kirchner vapuleara a todo el Ejército, en el día del Ejército, sólo por un puñado de militares desubicados? ¿No se les había aplicado ya a éstos el rigor disciplinario del reglamento? Cuando Kirchner exclamó "no les tengo miedo", tras cinco días en los que tuvo la oportunidad de serenarse, estaba diciendo algo más de lo que decía. Se les tiene miedo, o no se les tiene, sólo a los adversarios o a los enemigos.

Veintidós años y medio después de la restauración democrática, con juicios diversos a exponentes de la dictadura que han durado casi todo ese período, la épica inaugural de Kirchner suena a extemporánea.

Los militares ya no son un riesgo para la democracia. Basta y sobra con los reglamentos y las sanciones para los casos de indisciplina, aislados y minoritarios. Quizá ni Lavagna quería estar en su casa, ni Bielsa aspiraba a recluirse en una banca de diputado, ni Pampuro fantaseó nunca con arañar el vértice formal de la República. Tampoco podría afirmarse, con objetividad, que Miceli, Taiana y Garré trajeron nuevos vientos políticos que cambiaron los anteriores rumbos. No trajeron muchas cosas y seguramente se llevarán pocas.

Sucede que Kirchner ha cambiado o ha decidido, simplemente, ser el hombre que era antes de acomodarse en la poltrona presidencial.

Por Joaquín Morales Solá

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