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La formación de la conciencia moral en la escuela – 1 de 2

Por Armando Maronese - 26 de Mayo, 2006, 16:06, Categoría: Opinión

Una responsabilidad de todos. Tener esta conciencia, permite a la persona reconocer la cualidad moral de un acto concreto qué piensa hacer, qué está haciendo o qué ha hecho. A través de la conciencia reconocemos los principios de la moralidad y su aplicación a circunstancias concretas.

La conciencia moral, se va educando a lo largo de la vida y es responsabilidad de la familia, la escuela, la sociedad y de uno mismo, alcanzar una conciencia moral equilibrada. Este equilibrio posibilita no culparnos por sentimientos incontrolables o justificar cualquier actitud.

En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo reciben calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la voluntad. Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones estén reguladas por la razón.

Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza, los movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios.

La tarea no es simple. Se trata de "formar" la conciencia, no de darle un listado de actos "buenos" y "malos". Debemos generar en la persona la capacidad de mirarse hacia adentro, con honestidad y con humildad, viéndose tal cual es, para discernir acerca de las motivaciones de sus actos. Hay que mostrar la necesidad de hacerse responsable de sus acciones u omisiones, es decir, de su vida. Hay que enseñar a ser libre y a amar. Hay que hacer tomar conciencia de que hemos sido creados a imagen de Dios y que tenemos una misma dignidad. Hay que ayudar a descubrir que la vida es una maravillosa oportunidad de crecer permanentemente, incluso, en la conciencia moral.

Por último, y fundamentalmente, se deberá experimentar que la educación de la conciencia no nos hace esclavos, sino que garantiza la libertad y engendra la paz del corazón. El actuar de acuerdo a una conciencia moral forjada en el amor, nos hace realmente libres y nos aleja de cualquier tipo de esclavitud proveniente del exterior o de nuestra propia interioridad.

Esta tarea de formar la conciencia moral, comienza desde el nacimiento en la familia. Los padres tendríamos que tener presente en cada una de nuestras acciones, que no tenemos hijos para nosotros, sino para que sean ellos, para que se relacionen con otras personas, para que se integren en la sociedad y descubran el plan que tienen para cada uno, único camino a la felicidad real. Por lo tanto, debemos enseñarles, desde pequeños, que no están solos en el mundo, que estamos en relación con otros que tienen sus propios intereses y necesidades que deben ser respetadas.

El bebé reclama permanentemente y es imposible satisfacer todos sus reclamos porque, cuanto más satisfacemos, más pedirá. Obviamente, no porque sea "malo", sino porque nosotros le habremos hecho creer que todo se puede obtener inmediatamente con sólo llorar o gritar. Se ha visto frecuentemente a madres desbordadas por sus hijos, porque no pudieron ponerle un límite. Se ha visto niños en la escuela cuyos padres admitían no haberles dicho nunca "no", y no podían reconocer que sus compañeros tenían los mismos derechos y sentimientos que ellos. "Le pegué porque no me gusta su cara"; "le saqué la cartuchera porque es linda y la quiero para mí", eran las justificaciones de una nena de seis años a la cual, según contaron sus padres, nunca le habían puesto un límite.

El niño pequeño actuará de acuerdo con una moral heterónoma, es decir, de acuerdo a una ley que le viene de afuera. Todavía no descubrió el sentido de los valores, que si algo es bueno o malo, no lo es por un capricho de alguien que quiere hacer sufrir al hombre. Tiene claro que no debe tocar la cocina ni meter los dedos en el enchufe, porque sus padres se enojan y que, cuando comparte un juguete con su hermanito, sus padres lo felicitan. Como padres, debemos saber esto, y ayudarlos a que puedan alcanzar, cuando sean más grandes, una moral autónoma en la cual hayan descubierto el sentido del valor y puedan dar razones de su actuar. Llegará un día en que comparta, porque descubrió el sentido de compartir, porque experimentó que cuando uno es generoso, todos salimos beneficiados y no, porque eso hace felices a sus padres o maestros.

Para lograr el pasaje de una moral heterónoma a una autónoma, debemos trabajar desde pequeños haciéndoles experimentar el sentido de los valores.

El amor desinteresado. Los padres amamos a nuestros hijos como son, no los queremos más porque sean buenos ni menos porque hagan travesuras. Como los amamos, queremos su bien y, por eso, les enseñamos un determinado camino. Pongamos un ejemplo: los niños no debe comer porque de esa forma las mamás se ponen contentas o porque hay niños que mueren de hambre. Deben comer, y variado, porque lo necesitan para crecer bien. No deben ordenar el cuarto porque de esa manera sus padres estarán más tranquilos. Deben ordenar el cuarto para aprender a hacerse responsable de sus cosas, tener un orden exterior que lo ayuden a lograr un orden interior. Es cierto que si llegamos de trabajar y encontramos que nuestros hijos ordenaron el cuarto e hicieron la tarea, manifestaremos alegría, pero, también tenemos que buscar la forma que descubran que esas acciones son buenas fundamentalmente para ellos, no para nosotros.

La capacidad de interioridad. A veces, los padres sólo le pedimos a nuestros hijos que piensen cuando hacen algo mal. "Le pegaste a tu hermano, andá al cuarto a pensar lo que hiciste". Parece que el pensar fuera un castigo. "En esta escuela hacen pensar mucho a mi hijo", dijo, a modo de crítica, una madre. Es tarea de los padres ayudarlos a pensar, valorizar el reflexionar acerca de la propia vida para descubrir por qué hacemos las cosas y educar nuestros sentimientos. Descubrir que somos una unidad en la cual la razón y las emociones deben ir de la mano sin que una pisotee a la otra.

La responsabilidad. De a poco, el niño deberá asumir sus responsabilidades. A veces, es más fácil armar la mochila de nuestros hijos o vestirlos, que enseñarles a armar la mochila o a vestirse solos. A ser responsable se aprende y, por lo tanto, se enseña. No es posible que un alumno lleve la mochila vacía porque la madre piensa que su hijo tiene que aprender a ser responsable. Esto es cierto, pero es tarea de ella hacer que su hijo arme la mochila. A veces, queremos sobreprotegerlos y les hacemos todo y, otras, los dejamos solos. Los padres tenemos que asumir también nuestras responsabilidades.

El respeto por el otro y por uno mismo. En primer lugar, deberemos ayudarlos a quererse a sí mismos, lo que implica que deben tomar conciencia de que ellos son responsables de su vida y, cuando sean grandes, serán lo que construyeron desde niños. La vida es como el eco, si das amor, recibís amor, si das indiferencia, recibís indiferencia. Luego, deberán descubrir que el compañero no es un enemigo, si no otro niño que está en crecimiento y, como ellos, hace algunas cosas mal y muchas otras bien. Hay cosas que son graves pero, hay otras cosas que son propias de los chicos que están creciendo y que todavía no son concientes de lo que hacen o dicen. Por eso, aunque hay que darle importancia a esas situaciones, no debemos tratar al otro niño como si fuera un delincuente.

La confianza. Muchos padres leen las cartas de sus hijos, los diarios íntimos, le revisan las carpetas sin pedir permiso y justifican esta actitud en la necesidad de saber "en qué andan sus hijos". La mayoría de los niños se dan cuenta que sus padres hacen esto y sienten que no les tienen confianza, que no les creen y que no pueden, en su propia casa, dejar las cosas sobre su escritorio y confiar en que nadie se las va a tocar.

Podríamos pensar en muchos otros valores, como el diálogo, la ayuda mutua o el perdón que se deben descubrir en la familia desde que somos pequeños. Sabemos la importancia de los primeros años en la vida de una persona y por eso, somos responsables de ayudarlos a crecer descubriéndolos.

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Armando Maronese

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