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El caminante que no sabe a dónde va

Por Luis Enrique Furlan - 25 de Mayo, 2006, 21:54, Categoría: Sociedad - Estilo de vida

Por los senderos de tierra de los campos argentinos siempre asoma la figura del linyera, variante criolla del eterno peregrino de la legua, que antepone a todo la libertad.

La voz popular linyera, hace tiempo institucionalizada, proviene, al decir del erudito, del piamontés jergal lingera (grupo de vagabundos) y éste, del piamontés linger (pobre). El vocablo en su versión femenina, en cambio, remite al atado donde lleva sus escasas pertenencias.

Al promediar el siglo XIX y hasta mediados del XX, era común encontrarlo por los caminos del campo argentino, habitualmente solo, sin rumbo ni destino fijo. Solía acercarse a boliches y estancias buscando alimento y refugio transitorio. Nadie le preguntaba de dónde venía ni hacia dónde se dirigía.

En algún paraje acampaba a la sombra del árbol, preparaba su modesta ración e higienizaba su ropa en alguna vertiente de agua cercana. En ocasiones, lograba una changa que le permitía hacerse de poco dinero y vituallas. Era un verdadero peregrino de la legua.

Más que un desclasado, soñaba con la utopía de la absoluta libertad del ser y pugnaba con su ejemplo en desarrollar una teoría social, que si no encontraba discípulos al menos resultaba complaciente para todos.

En ocasiones, el linyera se convirtió en croto, es decir, en uno de los tantos trabajadores golondrina que viajaron clandestinamente en trenes de carga, al amparo de la ley del gobernador bonaerense Crotto, para encontrar ocupación de recolectores de la cosecha. Un bracero trashumante de paga exigua y carente de beneficios sociales.

Personaje singular de la llanura, aunque los hubo en otros planos geográficos, su figura constituía una imagen más del aquelarre humano. Su misterioso vagabundeo, la identidad desconocida y el carácter habitualmente parco, hicieron de él un símbolo contestatario. Lejos del rechazo, era recibido y atendido solícitamente, pues nunca excedía su alojamiento.

De a poco, el linyera fue perdiendo el concepto de vagabundo o atorrante, que algunos le endilgaron. Luis Gudiño Kramer testimonió: "En la fonda del piojo había siempre un fogón, abajo de una enramada, así que los linyeras no precisaban ir a matear a la intemperie".

Símbolo literario

Alguno, más elocuente, vertía en ocasional diálogo su filosofía existenciaria, dando pábulo a la imaginación de la gente y de los literatos. Enrique Larreta, por ejemplo, le otorgó protagonismo en su obra El Linyera , llevada al cine en la década del treinta.

En Los linyeras , un clásico del circo vernáculo, de Juan Martín Cella, el protagonista se define: "Vamos como gorriones. Venimos como semillas que arroja la bendita mano de Dios sobre un campo yermo". En la trama, este errante se rebela contra la organización rural: "Siempre encerrado como bestias, haciendo tanta pampa libre".

El poeta lunfardesco Francisco Bautista Rímoli, adoptó el heterónimo de Dante A. Linyera. Un tango recorre esta confesión del caminante: "Esperando un sol/de felicidad/ arrastrando voy/como un caracol/ mi suerte en larga soledad" (Luis Merio), y una canción lo universaliza: "Linyera soy/corro el mundo/y no sé dónde voy/no tengo norte/no tengo guía/para mí todo es igual" (Ivo Pelay).

El linyera, todavía, puebla el paisaje campestre de nuestras pampas. Cuando declina el atardecer, esa enigmática y misteriosa figura suele recortarse en el sendero de tierra o sobre los rieles oxidados.

En algún otro lugar cercano, encontrará resguardo al amparo de la invitación: "Abramos la ventana/ ya vienen los linyeras/ Por los caminos vienen/a la trilla y la quema/ Estoy en la ventana / deténgase quien quiera/ Pídame casa y duerma" (Jose Pedroni). El caminante que no sabe adónde va. El autor es poeta y ensayista. Su libro más reciente es "Los poetas del medio siglo".

Por Luis Enrique Furlan

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