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La estanciera que donó sus tierras a la Virgen

Por Yuyú Guzmán - 21 de Mayo, 2006, 21:33, Categoría: Religión - Costumbres - Sectas

Fue una dama impresionada por el milagro de las carretas la que dio origen a la actual basílica de Luján. Cuando se trata de sumar atributos a la imagen que tenemos de la Virgen de Luján, sobran los títulos, entre los cuales uno de los más conocidos es: La Virgen Gaucha. Y yo me pregunto: ¿por qué no La Virgen Estanciera?

Y voy a fundamentar tal propuesta contando una historia que se remonta a los aconteceres profundos de la ruralidad colonial. En la época de los conquistadores, el culto de la Inmaculada Concepción era muy fuerte y había mucha demanda por conseguir estatuillas que la representaran.

Por entonces, un portugués muy devoto, afincado en la región de Sumampa entre Santiago del Estero y Córdoba, había pedido a un compatriota residente en Brasil, donde crecía el arte de la imaginería, que le hiciera tallar una imagen de la Virgen para colocarla en la capilla de su estancia. Atendiendo a este pedido, fue alrededor del año  1650, que llegó al puerto de Buenos Aires, un bulto procedente de Brasil con destino a Sumampa, que contenía no una, sino dos imágenes de "Nuestra Señora".

Los dos cajoncitos que las protegían cuidadosamente, fueron colocados en una carreta que formaba parte de un convoy que partía para las provincias del Norte. La caravana salió de Buenos Aires cumpliendo la rutina usual, avanzando durante el día y descansando de noche. Después de tres días de viaje, los carreteros se detuvieron una tarde junto al río Luján.

Cuando al día siguiente se disponían a partir otra vez rumbo a Córdoba, sobrevino un contratiempo que obligó a atrasar la salida, pues una de las carretas no se movía por más fuerza que hicieran los bueyes para tirar. Y ahí viene la historia que dio origen a la leyenda de la Virgen de Luján, pues los carreteros tuvieron que sacar algo de la mercadería para alivianar la carga y se encontraron con los dos cajoncitos portadoras de las imágenes.

Se bajó uno, entre otros bultos y la carreta tampoco se movía, pero al sacar el segundo cajón, el vehículo comenzó a andar. Tras diversas pruebas para constatar el empecinamiento de dicha imagen para quedarse en ese lugar, los carreteros la dejaron en la estancia de los Rosende y se fueron.

Las tierras sobre las que sucedió este episodio mágico, pertenecían por entonces a la sucesión de Tomás Rosende. Por aquellos tiempos de la Colonia, era obligación de todo beneficiario de tierras levantar un oratorio junto a los ranchos fundacionales de la estancia.

Aquellas capillitas primitivas debían conservar a su alrededor un área libre, llamada "tierras del santo", donde el dueño del campo tenía que permitir que los pobladores humildes del pago levantaran sus ranchitos.

En el Pago de Pilar, donde estaba la propiedad de los Rosende, vivía Ana de Mattos, propietaria de mucho campo. Ana era la hija mayor de una familia de conquistadores radicada en Buenos Aires. Se había casado muy joven con un hombre que tenía una estancia en Arrecifes y otra cerca del río Areco, pero Ana enviudó y quedó libre para disponer de sus cosas.

Le gustaba hacer vida rural y se interesó por lo que había pasado con la imagen de la Virgen en la estancia de sus vecinos los Rosende. Estos tenían problemas porque la imagen de la Inmaculada Concepción, ya famosa por sus milagros, atraía mucha gente, entre mendigos, santeros y promesantes que invadían y depredaban el establecimiento. Por eso aceptaron que Ana de Mattos se hiciera cargo del oratorio y de la imagen, que adquirió y llevó a su campo, cinco leguas más allá, sobre el mismo río Lujan.

Por supuesto que los fieles siguieron a la imagen y se situaron en las inmediaciones de la capilla que le erigió la estanciera. En este nuevo lugar, Ana de Mattos no sólo donó una cuadra para el edificio del templo, sino que dispuso un cuarto de legua de su campo para beneficio del culto de la Virgen. Pasaron cientos de años, creció el culto, se agrandaron las capillas y finalmente se erigió la basílica gótica que hoy admiramos.

Dicen que por aquel tiempo fundacional, Ana de Mattos vivía en pareja con alguien que no era su esposo legítimo, pecado por el cual perdió el honor de ocupar su lugar en la historia oficial de la Virgen de Luján.

Por Yuyú Guzmán

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