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La salud de los presidentes

Por Armando Maronese - 13 de Mayo, 2006, 20:56, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

La salud de los gobernantes siempre es una cuestión de Estado. Sean éstos reyes, primeros ministros o presidentes; democráticos o autoritarios; católicos, musulmanes o judíos; del Primer Mundo o del Tercero. Y no en razón del presunto carácter morboso de los medios de difusión o del vulgo en general, sino por los efectos que una enfermedad -tanto más si es grave-, puede tener sobre una persona que carga sobre sus espaldas tamaña responsabilidad pública.

Abundan en el mundo, los ejemplos de gobernantes cuyo estado de salud dio motivo a noticias que causaron conmoción o que fueron seguidas con angustia por la opinión pública.

Si repasamos la historia de Europa o de América, advertimos que en numerosos casos las versiones sobre el mal estado físico de un jefe de gobierno resultaron infundadas y quedó en claro que el gobernante sólo había padecido un malestar pasajero; en tales casos, el episodio sólo sirvió para dar pasto por unos pocos días, a comentarios más o menos sinceros y más o menos interesados.

Pero más de una vez el quebrantamiento de la salud de un jefe de Estado adquirió gravedad y derivó en planteos institucionales que obligaron a adoptar decisiones extremas; por ejemplo, a activar el reemplazo anticipado de un primer mandatario.

No pocos ejemplos de la historia mundial, también parecen avalar la hipótesis de que existiría una tendencia a encubrir los problemas de salud de quienes están al frente de gobiernos dictatoriales, en países en los cuales las libertades individuales son muy limitadas o inexistentes, a diferencia de la mayoría de los países democráticos y pluralistas. Pero se trata tan sólo de una hipótesis, y no de una regla.

Es comprensible que tanto en Israel como en Francia, susciten inquietud las complicaciones de salud de su mandatario y los supuestos problemas de Jacques Chirac. Lo mismo podría esperarse en la ciudadanía argentina ante cualquier malestar que pueda sufrir el presidente Néstor Kirchner, especialmente luego de los síntomas que, en abril de 2004, obligaron a internarlo en un sanatorio de Santa Cruz durante seis días.

Es que la salud de un presidente plantea siempre una cuestión de Estado. En los sistemas presidencialistas, como el argentino, la susceptibilidad ante cualquier malestar físico que pueda causarle dificultades a un jefe de gobierno, está extraordinariamente desarrollada. La concentración de responsabilidades en la figura presidencial, explica que el tema sea seguido con tanto interés por todos los sectores de la sociedad.

En la totalidad de los casos, es casi inevitable que cundan los rumores y se echen a correr todo tipo de versiones, pronósticos y diagnósticos, precisos en algunos casos, disparatados en otros. Que esto parezca natural no significa que todo cuanto se opine, especule o analice sea justificable.

Que el jefe de Estado galo, en un discurso que pronunció en el mes de enero pasado, haya cometido media docena de furcios y no exhibiera su mejor semblante, y que el diario Le Monde haya roto el silencio y encabezado su sección política con un titular del tema a seis columnas, no puede sorprender ni agraviar a nadie. Lo mismo cabría decir de cuanto, en las últimas semanas de fin de año, han dejado trascender algunos medios de nuestro país acerca del estado de salud del presidente Kirchner.

Ahora bien, del mismo modo que un gobierno haría mal si viese una actitud conspirativa de todos los medios de prensa que se hacen eco de un rumor, el periodismo tiene -por la índole y seriedad del tema-, un deber de prudencia que, si fuese ignorado o pasado por alto, revelaría una irresponsabilidad periodística y civil alarmante.

Dicho de forma distinta: una cosa es dejar planteada la inquietud en las páginas de un diario o de una revista con altura y sin intenciones subalternas y otra, harto diferente, es a citar un fantasma inexistente haciendo entrar de rondón, en la escena de la política nacional, el tema de la salud del presidente de la República.

Informar no es inventar. Entre quien da cuenta de algo y quien lo hace nacer de su pura imaginación, media un abismo que puede resultar peligroso si quienes tienen el deber de hacer lo primero hacen lo segundo, creando un problema de la nada.

No sabemos si Chirac estuvo enfermo o si Kirchner ha padecido nuevamente los malestares intestinales que lo aquejaron en un pasado reciente. Sería insensato tejer especulaciones en torno de ambos casos y ventilarlas en la prensa sin medir las consecuencias. Pero preocuparse con seriedad por la salud de los gobernantes de un país no es algo de lo cual el periodismo deba hacer un mea culpa.

Es fundamental que los avatares de la salud del presidente de nuestro país, sean conocidos por la ciudadanía de fuentes genuinas y confiables. Y es necesario que el Gobierno informe sobre ese tema con la más absoluta puntualidad y transparencia.

En el caso de las enfermedades del doctor Kirchner, la información oficial fue parcial, desordenada e incompleta, lo cual contribuyó a que circularan versiones antojadizas y probablemente insidiosas.

Esa situación deja enseñanzas que deben ser aprovechadas por el Gobierno, que debería entender que la ciudadanía tiene derecho a recibir información transparente y completa, brindada a tiempo, tanto sobre la salud del primer mandatario como de otras tantas cuestiones, ante las cuales la comunicación oficial ha revelado serias fallas.

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Armando Maronese

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