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República sin oposición republicana

Por Armando Maronese - 9 de Mayo, 2006, 1:47, Categoría: Los Kirchner .Tiranías fascistas.

Más de una vez hemos dicho, que no habrá república posible si, frente a los desbordes de poder y a las tentaciones hegemónicas del oficialismo de turno, no se consolida una activa oposición republicana.

Al anunciar a fines del año pasado el pago anticipado de la deuda de nuestro país con el Fondo Monetario Internacional, el presidente de la Nación expresó que el cambio que se pretende no puede depender de una persona, sino que debe ser el resultado de una tarea colectiva. Sin embargo, ante una cuestión vital para la Argentina como es su deuda pública, el primer mandatario decidió ignorar el papel clave que, según la propia Constitución nacional, tiene el Congreso en el arreglo de la deuda y recurrió una vez más a decretos de supuesta necesidad y urgencia para modificar la carta orgánica de una institución autónoma como el Banco Central.

El Poder Legislativo y, en consecuencia, la oposición quedaron al margen de tamaña decisión de política pública. Nuestro sistema político parece así, seguir fundado en el protagonismo poco menos que excluyente del grupo gobernante, con un liderazgo centrado en la figura del presidente Néstor Kirchner, que tiende a agrandarse al tiempo que se reduce cada vez más el espacio de los otros poderes del Estado y también de la oposición política.

Esta situación implica una carencia que debilita la estructura del sistema, en tanto configura un vacío institucional que afecta la propia esencia de la democracia, que requiere de contrapesos y equilibrios de poder.

Este problema, no puede ser únicamente atribuido a las tentaciones hegemónicas de la fracción gobernante o del titular del Poder Ejecutivo. Los propios integrantes de la oposición son a veces tan responsables como los representantes del oficialismo por esta triste realidad.

Lo ocurrido en la sesión de la Cámara de Diputados de la Nación realizada el 6 de diciembre, durante la cual debían jurar los nuevos legisladores, es particularmente ilustrativa al respecto. En esa ocasión, el diputado Miguel Bonasso lideró una impugnación contra la incorporación de Luis Patti, quien había sido elegido diputado nacional por la provincia de Buenos Aires con más de 370.000 votos. La fundamentación de esa posición, fue la supuesta inhabilidad moral del impugnado al adjudicársele responsabilidad en violaciones de los derechos humanos durante la represión del terrorismo en los años setenta.

No hubo ningún hecho ulterior a las elecciones del 23 de octubre, que pudiera motivar un juicio sobre Patti diferente del que tuvieron los ciudadanos para votarlo o la justicia electoral para admitir su candidatura. No hay ni hubo, por demás, condena judicial alguna sobre los delitos que le imputó a Patti el diputado Bonasso, y tampoco existe un procesamiento en curso por el que pueda recaerle alguna condena por delitos de lesa humanidad. Cualquiera que fuere la opinión que pueda merecer la figura, persona o ideología de Patti, lo cierto es que lidera un partido político que viene participando democráticamente desde hace algunos años en la vida pública de nuestro país, y que lo llevó a la intendencia de Escobar en dos oportunidades.

El crispado discurso del diputado Bonasso en la sesión antedicha, expuso descarnadamente una ideología totalitaria, de la que, a su juicio, se desprende que los integrantes del Congreso pueden decidir por mayoría, a su solo arbitrio, quiénes pueden incorporarse y quiénes no, pasando por encima de la decisión ciudadana y de la habilitación dada por la justicia electoral, a quienes se presentan como candidatos en una elección popular.

Con la formulación de este principio quedan vulnerados los más elementales preceptos constitucionales y, si fuera aceptado, uno de los poderes de la República quedaría sujeto al dominio ocasional de cualquier mayoría y a la supresión del derecho de las minorías a ser representadas. La gravedad institucional del precedente, obliga a una profunda reflexión e inmediato análisis político, en el más alto nivel, pues resulta claro que vulnera los principios constitucionales.

Pero más preocupante es el resultado de la votación que, finalmente, impidió la asunción de Patti como diputado, con 212 votos en contra de su juramento, sólo ocho a favor y nueve abstenciones. Se registró así una incomprensible claudicación de la oposición, que aceptó adherirse a un planteo anticonstitucional y claramente totalitario, contradiciendo sin duda los deseos y el mandato de los ciudadanos que votaron al candidato en cuestión.

La lectura final es, que a una grave transgresión al principio de la representación de las minorías, y de discriminación por las ideas aceptadas al momento de la elección pero rechazadas luego por la mayoría de la Cámara, se suma la de la ausencia de oposición en un tema de fondo, de fundamental importancia institucional.

No son aceptables las explicaciones basadas en cuestiones procesales, para retacear el testimonio del voto frente a una prueba de semejante calibre que vulneraba el respeto de principios republicanos. Tampoco es admisible la excusa de algunos legisladores que, reconociendo su personal desacuerdo, alegan haber privilegiado en su voto la unidad y disciplina del bloque. Se trataba de una situación que ingresaba plenamente en el dominio de los temas de conciencia democrática, se piense lo que se piense de Patti, con quien no hay obligación de comulgar. Menos aceptable aún sería que la adhesión de algún bloque opositor a la posición del oficialismo, hubiera perseguido algún otro objetivo político mezquino, lo cual debió desmentirse rápidamente si no fuera cierto.

Es deseable que el episodio que comentamos, quede como un error injustificado, y que la oposición desempeñe en adelante el papel que la ciudadanía y la Nación esperan de ella. De lo contrario, los propios dirigentes opositores estarán contribuyendo a la construcción de un poder político hegemónico o excluyente, fundado en reduccionismos ideológicos alejados del verdadero pluralismo.

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Armando Maronese

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