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Un temor olvidado: los perros cimarrones

Por Norberto Aurelio López - 8 de Mayo, 2006, 2:24, Categoría: Historia

Encontrarse con ellos era, hasta fines del siglo XIX, uno de los mayores motivos de alarma para la hacienda. La abundancia, salvajismo y ferocidad de los perros cimarrones se constituían en un peligro constante no sólo para los animales recién paridos, sino también para animales adultos y hasta para los pobladores de las estancias, pues muchas veces se reunían en jaurías y atacaban ranchos y hasta casas sólidas pero solitarias.

El Cabildo de Buenos Aires, a través de sus actas, dispuso una serie de medidas a lo largo del tiempo, entre los cuales merecen citar la del 27 de septiembre de 1621, que ordenaba "...ante la máquina de perros que hay y destruye los ganados", que se los cazara y matara. Hasta avanzado el siglo XVII se denunciará la proliferación de jaurías, lo que llevará a los cabildos a organizar corridas o matanzas.

Así lo expresa el historiador Norberto Ras en "Crónica de la frontera": "Como el problema no se solucionaba se encomendó su solución a las tropas, pero éstas pronto se resistieron a la desagradable faena. Luego se encomendó la matanza a celadores de policía o a los mismos presos, licenciados al efecto y armados con lazos y estacas".

Una vivaz referencia de este fenómeno es la que brindó en 1806 Alexander Gillespie, en su libro "Buenos Aires y el interior". "Su pelo -describe-, es más duro y tupido que el de la especie doméstica. Se alimentan de sus compañeros en la llanura y tienden mucho a disminuir la existencia general del ganado."

Otro viajero, que relata su encuentro con estos animales, es el autor de "Andanzas de un irlandés en el campo porteño (1845-1864)". Cuenta allí que los perros aprovechaban las tormentas para caer sobre las majadas y para matar los terneros.

"La estancia -refiere-, estaba llena de esos perros en los espadañales o en las lagunas secas con cañas y juncos, donde se escondían durante el día. Había cientos de ellos y a la noche oíamos a las vacas mugir y a los perros ladrar. No era nada seguro perderse ni tener ovejas en el campo. A la mañana siguiente de una tormenta, me encontré con que tenía sólo 400 ovejas. Entonces seguía la senda por donde las habían llevado los perros y vi en el camino unas 80 de ellas muertas y otras tantas malamente mordidas."

Por último, recurrimos a Estanislao Zeballos, quien en "Viaje al país de los araucanos", nos muestra la invasión de una horda de perros cimarrones a un campamento. "No cesaban -dice-, de aparecerse en cuadrillas al flanco del monte, acechándonos con ojos brillantes y un aspecto tal que pudiera pintarse como emblemas del hambre. Nos seguían con la vista, con la lengua afuera, fatigados y hasta rabiosos. Los más osados se deslizaban entre los altos pastizales y aparecían de repente entre nosotros mismos."

Muchos de estos perros venían de los campamentos de los indios. Por uno u otro motivo eran rápidamente abandonados, quedaban librados a su suerte y se transformaban en cimarrones. Su alimento preferido eran las gamas y los avestruces, pero ambos eran escasos, lo que aumentaba sus privaciones y con ellas su furor. Por tal motivo acechaban al viajero y se convertían en un peligro que no se podía menospreciar.

El problema se mantendría hasta fines del siglo XIX, cuando la responsabilidad de combatir la plaga fue asumida por las nuevas estancias en auge.

Por Norberto Aurelio López

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