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La vieja estancia de un pionero inglés

Por Yuyú Guzmán - 6 de Mayo, 2006, 21:28, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

Monte Molino fue fundada por Richard Seymour, que relató sus vivencias en el libro "Un poblador de las pampas". En los años 1860, a casi trescientos años de la fundación de Córdoba, toda la frontera del sudeste de la provincia estaba expuesta a los malones. Tal es así que entre 1862 y 1868 las poblaciones incipientes de la región, como Río Cuarto, La Carlota y Fraile Muerto (hoy Bell Ville) padecieron alrededor de 230 ataques.

Los indios ranqueles, hostilizados por las expediciones militares, desmanteladas sus tolderías, expulsados de sus tierras, cayeron en la mayor miseria, causa principal para salir a robar las haciendas cercanas.

La breve, pero significativa, historia de la estancia Monte Molino, da testimonio de ese momento. El fundador de la estancia fue el joven inglés Richard Arthur Seymour, que relató su experiencia en su libro "Un poblador de las pampas".

En este relato se cuentan las peripecias protagonizadas por un pequeño grupo de ingleses decididos a colonizar estas tierras. Richard A. Seymour llegó a Buenos Aires en 1865 con un modesto capital, con el propósito de adquirir tierras baratas y dedicarse a la cría de ovejas. Así es como llegó al sudeste de Córdoba, con la idea de comprar un campo fiscal, y se decidió por cuatro leguas en las cercanías de Fraile Muerto.

Aunque el lugar era muy expuesto a la indiada, tenía confianza en las promesas del entonces presidente Sarmiento de controlar los malones. Por otro lado, al dedicarse a la cría del lanar, los ovejeros británicos suponían que estos pequeños animales no interesarían a los indios, ya que con sus patas cortas no podían acompañar los arreos de vacas y caballos en disparada.

Así fue como Seymour y un compatriota fundaron Monte Molino. Equipados con una carpa, diez caballos, un carro, un irlandés cavador de zanjas y un peón criollo; los jóvenes se instalaron en campos pelados, donde todo estaba por hacerse.

La tarea prioritaria era conseguir agua, responsabilidad del pocero que contrataron, mientras sólo comían carne de la hacienda alzada, que abundaba por la zona, rezago de los arreos que se llevaban los indios.

No obstante la barbarie del medio, Monte Molino fue tomando forma. Una casilla de hierro albergaba a los pobladores, mientras se iba construyendo una vivienda de ladrillos y se incorporaban dos mil lanares iniciales.

El pequeño grupo aumentó con la llegada de Walter Seymour, hermano de Richard, y un amigo, procedentes de Inglaterra. Poco a poco empezaron a aparecer nuevos vecinos, también de origen anglosajón, y surgieron otras estancias, con sus ranchos emplazados junto a las arboledas silvestres: Monte de Leña, Monte de Maíz, Monte Llovedor, Arbol Chato, y algunas otras hasta formar la comunidad británica.

La amenaza de los malones

En su libro, Richard Seymour cuenta que, no obstante la dispersión, la comunidad se mantenía en contacto, convocándose para oficios religiosos, tener alguna diversión, compartir experiencias o celebrar la incorporación de novedades técnicas y agropecuarias que traían de Europa.

No tardaron en aparecer los primeros alambrados, los arados estadounidenses y el primer arado a vapor. Pero toda esa colonización estaba supeditada a la presión de los indios. La confianza en que las ovejas no atraerían los robos no resultó. El hambre movilizaba a los ranqueles y sus correrías se hacían cada vez más frecuentes. Los indios saquearon toda la región y desmoralizaron a la comunidad.

Algunos, como Richard y Walter Seymour, volvieron a Inglaterra en 1868 y no regresaron más. Sin embargo, en el libro donde cuenta su estada en las pampas, Richard recuerda que fue feliz en sus años de pionero.

Por Yuyú Guzmán

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