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Despedida al gaucho de los tobianos

Por Fernando Romero Carranza - 6 de Mayo, 2006, 21:35, Categoría: Campo - Pueblos - Ciudades

Homenaje a Don Paz Navarreta, que supo llevar tropas por el camino real, entre la feria de Arrecifes y San Pedro.- El gaucho, que nació y vivió en la pampa sin límites, sin ocupación fija, sin patrón y sin compromisos, libre como el viento, "errante donde la suerte lo lleve" -como lo cantó Martín Fierro-, empezó a sufrir su ocaso cuando el campo se subdividió y se alambró, cuando el ganado cimarrón fue mestizado, cuando el ferrocarril sustituyó a la galera, cuando debió conchabarse como peón.

A pesar de ello, pudo conservar algo de su libertad cuando se convirtió en "resero", tarea de arrear reses gordas desde ferias y estancias a los mercados, en especial a los Corrales Viejos de Buenos Aires, no ya fijando su propia ruta a través del campo abierto, sino siguiendo la senda que le imponían los caminos y callejones que los nuevos alambrados delineaban.

El progreso le prestaba ahora sólo una mínima parte del horizonte, pero le era suficiente porque podía conservar su vida al aire libre, su unión con los caballos, el ganado y mantener su independiente espíritu campero. Pero eso también tuvo su fin y su oficio se extinguió cuando aparecieron los camiones jaula y el ruido de sus motores, sustituyó el golpear de las pezuñas de al tropilla retumbando sobre la endurecida costra de los caminos, los gritos de aliento a la tropa y el chasquido de los arreadores, el balido de los terneros y el alegre sonar de los cencerros de las tropillas.

Hace ya cincuenta años, viví un episodio cuya imagen quedó grabada en mi memoria, como cicatriz imborrable de la era del gaucho y de su último oficio, episodio que refleja la sencilla pero profunda filosofía del resero bonaerense.

Don Paz Navarreta era un viejo y curtido resero que, aún cerca de los ochenta años, tropeaba por el camino real entre la feria de Arrecifes y San Pedro. Lo conocían como "el gaucho de los tobianos", por la tropilla de tobianos colorados que montaba. Lo veía siempre pasar con una tropa, pero en un sereno atardecer de verano se detuvo junto a la tranquera de nuestro campo para cambiar de montado, y me arrimé a conversarlo, porque influido por Hernández y Güiraldes, intuía las románticas crónicas de sus aventuras y los relatos de sucedidos que habría acopiado en su larga vida de resero.

-Usted habrá tropeado mucho -le dije después de saludarlo-, habrá conocido muchas estancias, andado por muchos caminos y tendrá muchas historias que contar...

-Mire, no crea -me dijo-, yo sólo conozco las ferias, los callejones y la cola de las vacas, salir para andar pero siempre para llegar. En el año diez me fui pa´ los Corrales, porque pagaban trece pesos, pero estaba encerrado y mis montados también, eso no era para mí, y me volví a las ferias y a los callejones, y aquí me tiene.

No dijo nada más. Montó el tobiano al que había cinchado mientras conversaba, apretó los talones, rozó el anca del montado con la lonja del rebenque, y su imagen se fue perdiendo al galope corto por el camino. Escuché por un rato el tañido del cencerro de la madrina de su tropilla, mientras la luz de la tarde esfumaba esa distante visión del último resero.

Por Fernando Romero Carranza

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