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La verdadera trama del Kirchner público

Por Joaquín Morales Solá - 28 de Abril, 2006, 14:59, Categoría: Opinión

Tabaré Vazquez no es como Felisa Miceli o Carlos Tomada, capaces éstos de preparar en las sombras el escenario de un solo actor. La papelera finlandesa Botnia no es como el empresario Alfredo Coto, condenado éste a soportar el látigo y la zanahoria del presidente argentino. La crisis con Uruguay, en fin, carece de un protagonista como Hugo Moyano, dispuesto a romper y rehacer el bazar en apenas 24 horas.

Quizá por eso las cosas han sido tan distintas dentro y fuera del país. En cinco días febriles cedió el combate entre Kirchner y los productores de carne, y los gremios dejaron de ser una grave y seria amenaza para la marcha de la economía. La tensión con Uruguay, en cambio, está tocando límites insoportables y, lo que es peor, el laberinto no tiene salida aparente. ¿Dónde está el arquitecto de un escenario espectacular, digno de las primeras páginas de los diarios, para la discordia con Montevideo?

La solución con los camioneros de Moyano se fogoneaba en las oficinas de Tomada desde el 20 de marzo último. El ministro había usado el verano para enfriar los ímpetus salariales de los principales siete gremios (camioneros, UOM, Smata, transporte de pasajeros y de cargas, bancarios y comercio). A veces, sus exhortaciones no carecieron de dramatismo. La sociedad ha sufrido mucho para ponerse de pie. Depende de ustedes si ese sacrificio resulta inútil, les repitió.

Moyano ordenó la carga final (con basurales sin basureros en el Gran Buenos Aires, con plantas tomadas y con el transporte de bebidas en riesgo), sólo para preparar el momento crucial del acuerdo. Nunca habría entrado al despacho de Kirchner si el acuerdo no hubiera estaba terminado.

Presidente y gremialista, consideran inservibles todas las cosas que resultan insignificantes para la opinión pública. No importa que aparezca Kirchner dirimiendo una paritaria o que el gremialista se acomode en el despacho presidencial mientras enciende el fuego de la rebeldía social. Lo que les importa es lo que perciben los peatones de la historia.

Somos un equipo, les dice el Presidente a sus ministros y les pide que no recelen de su estrellato. Es una forma elegante de decirles que no comparte protagonismo. Tomada debió alisar la rispidez inicial de los grandes gremios. Julio De Vido se ocupó de serenar a los bancarios. Alberto Fernández domesticó a los porteros y a los gremios aeronáuticos.

Sólo faltaba la puntada final con el sindicato del comercio. Carlos de la Vega, el patrón, y Armando Cavalieri, el sindicalista, son hombres duros. Tomada se bambolea entre De la Vega y Cavalieri. Baja uno, sube el otro. Luego, empieza de nuevo. Kirchner espera el momento del final feliz para aparecer en el teatro, delante de fotógrafos y camarógrafos, como autor exclusivo del culebrón. La gente me quiere ver así, les explica a sus ministros.

Felisa Miceli suele atravesar por el mismo trance. Por momentos, ella debe lidiar con problemas más complicados. El conflicto de la carne tampoco se resolvió en el despacho presidencial. Por el contrario, Kirchner se reunió con todos los sectores cuando tenía la garantía inmutable de que se había llegado a una solución. Guardó el secreto hasta delante de sus estupefactos secretarios. Sólo él y la ministra sabían lo que se urdía.

El sistema de producción y comercialización de la carne está muy atomizado. Los frigoríficos prefieren modernizar el sistema de comercialización; los productores se aferran al centenario método que aún está vigente. Unirlos en una misma posición es una gestión de paciente orfebre.

Para peor, el Presidente había desquiciado cualquier clima de acuerdo. ¿Patria ganadera? ¿Oligarquía? De los 195 mil productores de carne que hay, 175 mil tienen menos de 500 cabezas. Son pequeños productores que no viven en Buenos Aires, ni en París; viven en el campo y trabajan en las horas inhóspitas de la labranza. La agresión presidencial (Es política pura, no se asusten, aclara el kirchnerismo) fue, sobre todo, injusta.

Felisa Miceli no tenía más que una sola mano para tejer el acuerdo. La Secretaría de Agricultura y Ganadería encierra una pelea de vecinas gritonas entre secretarios y subsecretarios. No pudo ayudarla mucho. El secretario, Miguel Campos, es un buen técnico con contactos internacionales, pero sobrelleva un incorregible yeso en su cintura política. Javier de Urquiza, subsecretario de Agricultura y competidor desbocado de Campos, sabe seguir los contoneos de la política, pero no tiene los conocimientos técnicos de su adversario. Ocupan su tiempo en grescas bíblicas.

En el Ministerio de Economía, se apura la redacción de la reglamentación para reanudar las exportaciones de carne. La Argentina es el tercer exportador de carnes del mundo, el segundo en este momento en que Brasil está fuera del mercado por los brotes de aftosa. El primero es Estados Unidos.

El conflicto argentino dejará huellas en los mercados internacionales. La crisis local reinstaló el viejo argumento de los países desarrollados: no quieren eliminar sus subsidios a la producción agropecuaria, porque los exportadores en vías de desarrollo no son seguros, decían y dirán. Pero había que dar un golpe sobre la mesa o la inflación se desbocaba, refuta el oficialismo. ¿No existía, acaso, una forma intermedia y pacífica? Kirchner es así: sin matices. Ama u odia, con intermitencias.

Aníbal Fernández es un bonaerense de ley: cree que la diplomacia pertenece a las cosas infecundas de la política. Hace unos días lo agravió a Tabaré Vázquez y llevó la tensión entre los dos países a un punto de difícil retorno. Sería cómodo criticarlo al ministro del Interior, pero Fernández también tiene el olfato de un bonaerense: jamás hubiera hablado por sí solo del presidente uruguayo.

Digamos las cosas como son: sólo repetía un libreto preparado por Kirchner. ¿Por qué? Quizás el presidente argentino cree que ofendiendo a Tabaré Vázquez conseguirá que éste presione sobre la empresa Botnia. Pero Tabaré Vázquez tampoco es Duhalde.

Había un problema con Uruguay, que era la necesidad de un estudio medioambiental en el río compartido por las papeleras. Ahora hay dos: los asambleístas de Gualeguaychú han vuelto a someter a Uruguay al aislamiento económico. No es sólo Uruguay. El sur de Brasil no puede usar esos puentes para comerciar con la Argentina y Chile, y Chile también tiene su comercio terrestre obturado con Uruguay y Brasil.

Botnia dinamitó la cumbre presidencial cuando cambió el tiempo de paralización de las obras; virtualmente decidió no paralizarlas. ¿Un fracaso de la negociación? No puede calificarse así a las tratativas entre los dos gobiernos, porque sencillamente el acuerdo estaba terminado. Sólo faltaba la firma de los presidentes. Es probable que haya triunfado la conspiración de los duros, con la empresa incluida en la trama.

En lugar del agravio, Kirchner pudo optar por dar un salto sobre el obstáculo; él tiene una política y una sociedad permeables para eso, de la que Tabaré Vázquez carece. Pudo reunirse con el presidente uruguayo, promover juntos un llamamiento a la empresa, despejar los puentes y apelar, junto con Tabaré, a una gestión del gobierno de Finlandia ante su empresa.

Había un solo problema: el éxito no estaba garantizado. Y el audaz Kirchner se frena en seco cuando no puede pisar sobre seguro. Sin embargo, Uruguay vale mucho más que el breve fulgor de la marquesina.

Por Joaquín Morales Solá

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