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Las máscaras de la educación – 6 de 6

Por Armando Maronese - 27 de Abril, 2006, 21:05, Categoría: Cultura - Educación - Literatura

Lo paradójico de los vínculos entre  padres y docentes. Como educadores, los padres somos los primeros transmisores de los valores éticos, morales y de comportamiento. En el hogar, es donde se aprenden los primeros hábitos de convivencia. Tengamos en claro que la educación de un hijo no se inicia a partir del nacimiento. La fantasía del hijo está inserta en la historia personal de los padres mucho antes del vínculo matrimonial. El deseo del hijo se reviste de todas las experiencias que los padres han tenido a lo largo de sus vidas, ya sean positivas o negativas.

Frente al nacimiento de un hijo, no se tiene la experiencia personal de ser padre. En última instancia, se sabe algo por conocer la experiencia de otros y haber sobrellevado la condición de ser hijo. Esto es algo que se debe tener en cuenta, ya que, muchas veces, diciendo defender a un hijo, estamos, "inconscientemente", defendiéndonos de algún hecho de nuestro pasado similar al que él esta viviendo en la actualidad.

El ser humano tiene una doble forma de aprendizaje: no sólo cuando se tiene conciencia del acto mismo educador, sino también de  lo que ve en las conductas de los otros. 

Los padres somos los primeros modelos, los referentes más significativos de los hijos. Esto equivale a afirmar que la coherencia que mantenemos entre lo que enseñamos y su actuar en la vida cotidiana es básica para la formación de un hijo.

De lo que construyan los padres día a día, darán a sus hijos una recta autovaloración, suficiente autoestima; su actitud frente a la realidad y al mundo que los rodea, la seguridad en sus propias capacidades y decisiones, la calidad de relación que establezcan en su vida con sus semejantes, el manejo de la libertad, la visión global de la vida y su posibilidad de ser seres positivos que construyan una nueva sociedad.

Llegada la edad escolar, nuestros hijos tendrán la oportunidad de poner en práctica todo lo aprendido en el hogar. Es la primera vez que sale del ambiente familiar para enfrentarse solo al mundo. La escuela aparece, para la mentalidad infantil, como un lugar que no le es conocido. Para poder manejarse en él, deberá aprender diferentes costumbres, compartir las cosas y obedecer reglas. Cuando los hijos ingresan en la escuela, cambian sus vidas y la de la familia. Otras son las personas, hasta un punto anónimas, que  irán dejando huellas en su existencia. En los padres, comienza, entonces, una lucha interna. Deben confiar en la escuela para que los profesionales de la educación cumplan con su tarea, pero vigilantes; no obstante, les preocupa ¿cuál será el lugar que van ocupar en los sentimientos de sus hijos? Muchas veces, la falta de seguridad, por parte de los padres, en cuanto afectos, genera conflictos: o bien hay un abandono a que el otro haga y deshaga a su gusto y placer, otorgándole más poder del que debe tener, o se considera que se puede y se debe decidir sobre el trabajo del docente en el aula, trasformándose en jueces y recriminando contra todo y contra todos.

Algunos padres tienen malas experiencias cuando tratan de comunicarse con los maestros o autoridades de la escuela. A causa de esto, surge el enojo, y hasta, en ciertos momentos, situaciones de violencia; padres que insultan e, incluso, golpean a docentes después de un examen  o porque sus hijos han sido observados disciplinariamente. La pretensión de transformar a toda costa la escuela en una institución en la que se busca igualar al alumno con el maestro, que también se vive en la familia, y a la génesis de la violencia cuando se elimina toda noción de límite.

Por otro lado, se originan asociaciones de padres las cuales, proclamando  que lo que les importa es "la educación de nuestros hijos", acusan al sistema educativo actual de absolutamente ineficiente, cayendo el peso de su recriminación sobre los docentes sin tener en cuenta que éstos no están protegidos contra ciertas injusticias del sistema, no sólo por  las condiciones de trabajo inadecuadas en las que se desempeñan, sino que, además, no están resguardados en su integridad física y moral. Que muchos de ellos son padres y, como tales, padecen las mismas fallas educativas en sus hijos. En nuestro país, todos sabemos que el ineficiente es el sistema y más los que tenemos ciertos años encima, cosa que se agrava con la actitud de algunos maestros, pero no de todos, por supuesto.

Como siempre, opino que los funcionarios de gobierno ven sólo lo "urgente sobre lo importante", lo cual les lleva a dar, en materia educativa, respuestas que sirven para emparchar situaciones álgidas del hoy, perdiendo de vista el futuro.

Asimismo, existen aquellos docentes que se creen dueños de la verdad y,  encubriendo sus errores, sus limitaciones o su falta de interés, derivan el problema de la ineficiencia de aprendizaje o de conducta de un alumno a "algo que ocurre" en el seno familiar o directamente responsabilizan a los padres.

Entre padres y maestros o profesores debe existir, siempre, una buena comunicación. Ambos deben aprender a escuchar al otro, dejando de lado sus intereses personales para ponerse al servicio del otro. En este caso, el otro es el alumno: una persona en construcción.

En este mundo complejo, se necesita más de una buena escuela para educar a los niños. Y también se necesita más de un buen hogar. Se necesita que estas dos importantes instituciones educativas trabajen juntas.

Es necesario que, entre padres y docentes, se construyan puentes para:

1-Obtener logros y motivaciones en la escuela.

2-Disminuir el comportamiento antisocial.

3-Promover el desarrollo de actividades extracurriculares.

4-Reducir los problemas de aprendizaje y comportamiento.

Construir puentes de comunicación nos lleva a una aventura necesariamente limitada, que intenta llamar la atención de padres y madres, y dirigentes sociales. Ellos son quienes, en conjunto, tienen la obligación de lograr que ese mensaje viviente, los niños, comunique al tiempo que no hemos de ver lo mejor de lo que es capaz el hombre.

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Armando Maronese

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