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Las máscaras de la educación – 3 de 6

Por Armando Maronese - 27 de Abril, 2006, 21:00, Categoría: Cultura - Educación - Literatura

La sociedad se autodefiende, pero no de los locos, los delincuentes y las prostitutas, sino de su propia locura, de su propia delincuencia y de su propia prostitución, que, de esta manera, enajena, desconoce y trata como si fueran ajenas y no le correspondieran.

 

Lo paradójico de las instituciones educativas privadas.

Toda institución nace de una demanda o carencia social. En el caso de las instituciones educativas, hay un sector social (niños y jóvenes) que precisa educarse, aprender. Las instituciones educativas privadas, en la cual incluyo a la escuela católica, nacieron para responder a una carencia de las instituciones oficiales, por un lado, y, por otro, para mantener una identidad o la supervivencia de una comunidad. La asistencia a estas instituciones se sustenta porque los que asisten a ellas cuentan con los recursos económicos para hacerlo y porque encuentran un grupo de pertenencia cuya ideología es compartida. Redondeando la idea: cubren necesidades propias de distintos grupos sociales, no sólo por poseer suficiente poder adquisitivo, sino, más bien, con la intención de conservar una ideología. Suelen adquirir características de aislamiento, ya que no se abren totalmente a la sociedad en la que están insertas. Este "no abrirse" no le permite un fluido intercambio de ideas y conocimientos que tanto enriquecería el proceso educativo de un niño o un joven. De aquí se derivan los fracasos universitarios por no tener las herramientas necesarias para realizar una inserción no traumática.

 

Para sostener una institución privada, es necesario que los recursos humanos se busquen dentro del grupo social conocido y que puedan integrarse en un contexto de normas o regulaciones generales que sirven de sostén de la estructura burocrática. De esta manera, se pone más el acento en lo normativo que en lo afectivo, dado que las normas, para lograr eficiencia (producción esperada en tiempo y forma precisos), son abstractas, no personales, y buscan el cumplimiento de los objetivos institucionales más allá de los individuos. El peligro radica en el anquilosamiento de estas normas que, en un momento, fueron vistas como útiles, pero ahora, con el cambio de los tiempos, ya no generan modificaciones favorables en la conducta de los individuos.

 

Toda institución educativa debe, o al menos debería, ser promotora de valores obviamente de acuerdo con la ideología que la sustenta. Convengamos en que una cosa son los valores declarados, y otros los que realmente se practican. Lo paradójico sería cómo educar en ciertos valores, como solidaridad, espíritu de equipo, amistad, fortaleza, sin que quedar apresados en la ideología de una empresa que responde a las demandas de una sociedad competitiva, consumista, individualista, relativista y regida, principalmente, por las leyes del mercado y de la publicidad. Un nuevo peligro asecha y se instala.

 

Algunas instituciones se han percatado de esto y han tratado de producir cambios, pero estos cambios pretendidos, que se proponen desde la verticalidad de las burocracias, terminan convirtiéndose en cambios absolutamente formales.

 

Entre las variables que debemos considerar para que esto no suceda, toda institución educativa privada que promueva la formación de valores debe poseer un norte claro que señale la sociedad que desea construir. Los principios éticos que sostiene deben tener siempre la presencia de un "otro" Sin otro, caemos en el "sin sentido".

 

Formar en valores implica un conjunto de prácticas que dan cuenta de modelos de vínculos entre individuos que interactúan y participan en un espacio social determinado. De este modo, la educación podrá ser entendida como "un proceso de incorporación, de transformación social, y de crecimiento individual y social del ser humano".

 

Este desafío de las instituciones privadas nos exige un debate serio; mirar con ojos críticos para buscar soluciones que nazcan del consenso de toda los integrantes de la institución. Esto requiere de un esfuerzo honesto y creativo para revisar las practicas institucionales, su estructura, organización y procedimientos, a fin de hacer viable un proyecto de formación en valores. 

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Armando Maronese

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