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La viveza, entre la inteligencia y la estupidez

Por Armando Maronese - 27 de Abril, 2006, 2:20, Categoría: Opinión

Frente a un problema concreto, la reacción mental del hombre inteligente, es dinámica: buscará el camino de la solución, a menudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida.  En latín, salida se dice exitus, que los ingleses tradujeron por exit. La inteligencia conduce al éxito.

Ese viejo idioma, el latín, madre del nuestro, cuyo estudio hoy les parece superfluo a algunas autoridades universitarias, tiene un verbo, stupere, que significa quedarse quieto, inmóvil, paralizado y, en sentido traslaticio, mentalmente detenido, como delante de un cartel que dijera stop.

De ahí, deriva la palabra estúpido: hombre que permanece entrampado por un problema sin atinar con la salida, aunque a veces adopte la agitación convulsa de una mariposa encandilada, por una luz muy fuerte, o los movimientos desesperados de un animal dentro de una jaula. Hablo siempre de lo que ocurre en la mente. Las dos únicas reacciones del estúpido, serán la resignación o la violencia, dos falsas salidas, dos fracasos.

Salvo casos patológicos, todos somos inteligentes respecto a un tipo de problemas y estúpidos respecto a otro tipo de problemas. Pero nuestra inteligencia y nuestra estupidez no dependen de nuestra moral. Hay inteligentes moralmente canallas y hay estúpidos moralmente intachables. Cuanto, la inteligencia y la estupidez le deben a los genes y cuanto a la educación (digamos, a la gimnasia) es un asunto que dejaré de lado, por cuanto no soy un profesional en tal materia.

Sin el auxilio del intelecto, esto es, de la capacidad del análisis crítico del problema, y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adquiridos por experiencia propia o por revelación ajena, la pura inteligencia no llegaría muy lejos en el camino del éxito y la estupidez, ya que por más que acumule conocimientos, no sabe que hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual, ducho de análisis crítico, sea incapaz de hallar soluciones.

Sabiduría

El desarrollo en un mismo individuo, de la inteligencia, del intelecto y de los conocimientos, bien podría llamarse sabiduría, o al menos permitirle que sea un atributo humano susceptible de adquisición y de pérdida.

Pero aunque Leonardo Da Vinci falle en sus experimentaciones, con los óleos y pigmentos de sus cuadros, y Albert Einstein no acierte en ubicar el hotel donde está alojado, ambos merecen el título de sabios, no menos que Plinio el Viejo, muerto sin embargo a causa de una estúpida temeridad.

Con alguna frecuencia la realidad nos pone, de momento, mentalmente paralíticos. Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa "estar hechos unos estúpidos". La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez que, por no ser insalvable, se llama estupefacción.

Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez, la viveza comparte con la inteligencia, el dinamismo mental y, con la estupidez, la incapacidad de encontrar la solución a un problema. Se mueve, pero no en dirección de la salida, ¿hacia dónde se dirige? Ese es su secreto; la fórmula que le permite ponerse a resguardo de la humillación y del desprestigio que sufre la estupidez.

La viveza, creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolver ese problema. El hombre dotado de viveza, el vivo, no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo de la inteligencia, apto para entenderse con las consecuencias prácticas del problema, pero no con el problema mismo.

Dicho de otro modo, el vivo se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos de problema, de cómo (en la mejor de las hipótesis) volverlos beneficiosos para él o (en la peor), de cómo desviarlos en perjuicio de un tercero.

La viveza, entonces, sí o sí necesariamente se conecta con la moral. Sin aunque sea una pizca de egoísmo no se puede ser vivo, y para echarle el fardo al prójimo sin que éste se resista ni se de cuenta, es imprescindible cierto grado de inescrupulosidad y/o fraude aunque mal no sea, tan solo verbal.

Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido éxito, de ser inteligente: se desplaza entre los problemas sin padecer las consecuencias o, mejor aún, sacándoles provecho. Como la realidad no descansa, el vivo no puede entregarse a los ocios y recesos de la viveza.

De ahí que se lo suele calificar de "despierto". Aparenta una brillantez mental que engaña a las miradas superficiales. El inteligente, cuando está armando sus estrategias para atacar un problema, parece amodorrado y, en comparación con el vivo, un poco estúpido.

Cuanto más complejo sea el problema, más exigirá el inteligente, paciencia y esfuerzo, más lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico y al constante repaso de los conocimientos.

La viveza no puede permitirse esas demoras. Los efectos prácticos del problema no esperan mucho tiempo para hacerse sentir. De modo que el vivo está obligado a la rapidez y, consecuentemente, a la improvisación de sus métodos por lo general empíricos.

Otra vez, el inteligente comparado con el vivo, parecerá lento y hasta torpe. Si los efectos del problema por su magnitud o por su complejidad, sobrepasan las posibilidades de la viveza para eludirlos, para aprovecharlos o para torcerlos hacia un costado, el vivo, por fin quedará acorralado como un estúpido. Aún así, el vivo no opta por las mismas alternativas que el estúpido, ni sucumbe a la resignación ni encara a la violencia. Él no confesará jamás su fracaso, no devolverá las armas que esconde en su mente: buscará algún chivo expiatorio a quien cargarle la culpa.

En todas las sociedades conviven los inteligentes, los estúpidos y los vivos, según proporciones distintas para cada una de ellas.

Ahora imaginemos un país cualquiera y para no perder tiempo en buscar un nombre, que sea el mío, Argentina, sin alusión a nadie por supuesto, donde por razones genéticas o por razones históricas, los vivos sean mayoría. Esbozaré la novela de lo que podría ocurrir en ese país.

Puesto que son mayoría, lo más probable es que unos pocos vivos ocupen el gobierno, y que muchos otros vivos los elijan. Los vivos que los eligen, incapaces de solucionar los problemas del país, transferirán toda culpa a los elegidos, o sea los vivos que están en el poder, y los elegidos, como vivos que son, se dedicarán también a lo suyo: ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sacarles provecho o desviarlos hacia los demás, así sean vivos, estúpidos o inteligentes.

Durante un tiempo, los estúpidos parpadearán de catatonia mental, los inteligentes se sentirán marginados y no podrán creer lo que sus mentes ven y comprenden, y los vivos, tratarán de imitar la viveza de los gobernantes haciendo lo mismo, pero desde su propio lugar. Mientras tanto los problemas, sin resolver, se acumulan, se multiplican se superponen.

Stop

Hasta que, fatal, llega el día en que los problemas forman una pared compacta con un cartel que dice "stop". Y ahí la sociedad se detiene. Entonces los estúpidos, si no se resignan, se vuelven violentos. Los inteligentes toman su valija y se van, y los vivos corren de un efecto a otro efecto vendando aquí o emparchando mas allá, dejando los bofes en ese desesperado ir y venir por entre el caos de los efectos sin control. Para disimular su impotencia, recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios y a un lenguaje esquizofrénico que, disociado de la realidad, seguirán pronunciando el discurso con que alguna vez embaucaron a los estúpidos, vivos e inteligentes.

Estúpidos de brazos cruzados o lo que es peor, de brazos armados, inteligentes en el exilio y los vivos parlanchineando y desesperados. A mi entender, esa sería la imagen de ese país -¿ficticio?-, caído al pie del ominoso Stop. ¿Para ese país ficticio, no habría sido una salvación que de entrada haya estado la inteligencia en el poder? Nunca lo sabremos...

Salvo, que todos los inteligentes estén corrompidos y "avivados", se hayan hecho tanta mala sangre, que se hayan vuelto estúpidos, o se hayan ido, la novela podría tener un final feliz, ¿o no?...

Armando Maronese

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