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La juventud de los viejos

Por Armando Maronese - 27 de Abril, 2006, 2:04, Categoría: Opinión

La juventud, es la edad en que los ojos brillan sin ver..., pero exceptis excipiendis, como decían los latinos: "excepto lo que hay que exceptuar", porque a los imberbes 19 años, Pascal inventó la máquina de sumar y a los barbiponientes 16, escribió un libro sobre geometría y a los 18, el genesíaco Rimbaud abandonó la poesía para quedarse en la cima de todas las literaturas.

La juventud es un estado, una situación en verdad maravillosa, pero..., lástima que esté confiada a los jóvenes. Es asimismo una enfermedad, que por suerte se cura con el tiempo sin necesidad de otra terapéutica. Estas reflexiones me las sugieren los tres adolescentes ingleses que, parados sobre un cajón en medio del césped de Hyde Park, anunciaron urbe et orbi y no sólo para el auditorio londinense (una multitud de diez personas), la transformación y la misma revolución de la literatura.


Sé bien que todos tenemos razón, los jóvenes y los viejos, cada cual cuando le llegue el turno de exponer la suya. Cuando somos jóvenes queremos cambiar el mundo y cuando somos viejos queremos cambiar a los jóvenes. Así ha sido siempre y así es desde toda la eternidad. Pubescencia es inexperiencia: el pimpollo no es la flor entera; bullirle a uno la sangre no equivale a tenerla en el mejor punto de su densidad; abril es un bello mes si el tiempo es bueno; echarse en las aguas del río Jordán es una inmersión dichosa si no se lo hace en el sitio donde flota el lodo (el limo, si se quiere decirlo con el aura poética) y, en suma, todo es como dar en la vida un paso adelante: siempre es importante y positivo si el que lo da, se cuida que no sea un paso en falso.


Los jóvenes compatriotas del cisne Shakespeare, que pugnan por la revolución literaria y propugnan por el cambio, tendrán que hacer el cambio y la revolución como los hicieron Joyce cuando contaba 49 años, como los hizo Einstein a los 56, Picasso a los 62, Wagner a los 60, Leonardo a los 63, Cézanne y André Breton a los 55 y San Agustín a los 71: una revolución y un cambio trascendentes en la historia del arte, la ciencia, la literatura y el pensamiento humano.


Dado que, siempre dicen, solamente envejecen los viejos, no lo pueden dudar los jóvenes pues ellos lo dicen y por serlo, toman partido por ellos y no por los viejos. Lo que me importa señalar respecto de los tres núbiles londinenses en la flor de la edad y en los frutos de la vida, es el adjetivo que acompaña al sustantivo: calidad, ¿buena, mala o regular? Es como el éxito, que no es sinónimo de triunfo: puede ser bueno, malo, regular, mediano, relativo, pasable, pequeño, estimable, etcétera.


Entretanto y mientras esperamos sus obras, seguimos leyendo a Gunther Grass, que ha cumplido ya 70; a Vargas Llosa y a García Márquez y a Milan Kundera y al omniscio George Steiner que, desde hace cuarenta años, han dejado la juventud, al menos la cronológica y al uruguayo Mario Benedetti con sus floridos y frutecidos 82 y, a nuestros Marcos Aguinis, Santiago Kovadloff, Abel Posse, Antonio Requeni, Juan José Saer y Juan José Sebreli (nombrados todos por impecable cuan implacable orden alfabético, para evitar los estragos de los celos), quienes también pertenecen a la enfervorizada cofradía de la juventud, pero a la juventud del tiempo en que eran jóvenes, como los jóvenes ingleses de hace poco trepados sobre un cajón en Hyde Park.


Y vuelvo a repetir, la juventud es la edad en que los ojos brillan sin ver..., pero exceptis excipiendis, como decían los latinos: "excepto lo que hay que exceptuar", porque a los imberbes 19 años, Pascal inventó la máquina de sumar y a los barbiponientes 16 años, escribió un libro sobre geometría y a los 18 años, el genesíaco Rimbaud abandonó la poesía para quedarse en la cima de todas las literaturas.

De otra parte, todo es compensación, como en el reloj de arena: "para que una cavidad se llene, la otra tiene que vaciarse."

Pues lo que la juventud encuentra y tiene que encontrar, fuera, el hombre maduro lo encuentra dentro de sí. No envejecer es tan tonto como no poder salir de la juventud. Y luego, el sabio dicho: Si el joven supiera y el viejo pudiera...

¿Para pensar?, me alegraría que fuera así.

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Armando Maronese

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