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La perversión de las ideas es el efecto más grave del terrorismo

Por Armando Maronese - 26 de Abril, 2006, 1:24, Categoría: Opinión

Heinrich Heine, el imponente poeta alemán cuya inquieta vida terminó en París, les advirtió hace un siglo y medio a los franceses que no debían subestimar el poder de las ideas: "Los conceptos filosóficos alimentados en el silencio del estudio de un académico pueden destruir toda una civilización".

Desgraciadamente, nuestro acelerado mundo globalizado, está muy lejos de adentrarse en la profundidad de ese profético mensaje, lanzado antes de que la idea fascista del Estado, la idea racista del nazismo, la idea clasista del marxismo y la idea fanática del fundamentalismo islámico inundaran de sangre el siglo XX y nos legaran su irracional ceguera en este comienzo de siglo.

Dos peligrosos simplismos están hoy de moda y provienen de campos opuestos de la acción política y el pensamiento.

Uno nos dice que el maligno terrorismo es hijo de la falta de democracia y que hay que combatirlo a sangre y fuego, imponiendo la medicina democrática aunque sea a palos.

El otro nos explica que el terrorismo es hijo de la miseria, de la opresión, de la falta de desarrollo, y que, alcanzado éste, no existirán condiciones para su sobrevivencia. Ambos tienen algo de verdad y adolecen de la misma omisión. La verdad de los profetas del "Eje del Mal", es que la democracia es el mejor sistema para que el terrorismo no nazca. Pero es muy obvio que esa verdad no es infalible. Basta pensar en ETA, dentro de la España democrática, para advertir que el mejor de los regímenes conocidos no es suficiente. Aparte de que la democracia no puede ser hija de la imposición extranjera y sólo se asienta en la existencia de ciudadanos demócratas, que no se forman de un día para el otro, como se está testimoniando, dramáticamente, en Irak.

A la inversa, no es discutible que una sociedad próspera ofrece menos fertilidad para la semilla terrorista.

Sin embargo, está claro que no basta -volvemos al ejemplo de España-, y que la cuestión es bastante más compleja. Advirtamos, como lo ha hecho Alain Touraine, que la gente de Al-Qaeda ha estado incorporada a la vida occidental y proviene de grupos privilegiados de la sociedad árabe, de modo que es errónea esa presunta relación casual entre pobreza y terrorismo.

Los jóvenes responsables del atentado en Londres estaban integrados en la sociedad británica, habían nacido allí y su existencia no era mejor ni peor que la de cualquier joven inglés de su edad. De modo que el tema no pasa por la miseria.

Ambas visiones, parciales, fragmentadas, ingenuas, más allá de su buena intención, omiten la advertencia de Heine.

Ignoran que los caldos de cultivo, difícilmente llegan a la ebullición sin una idea que legitime, que ofrezca un discurso incendiario, que inunde los pechos de ese calor furioso que lleva al sacrificio.

Situaciones de pobreza hay innumerables, y lejos estamos, felizmente, de que todas ellas degeneren en terrorismo. Desigualdades sociales hay por doquier -pensemos en el sufrido Brasil, tan alegre sin embargo- y ellas, no conducen necesariamente al uso del mecanismo del terror.

Siempre la chispa, la semilla, la ofrece una idea. Puede ser una idea política (fascismo, nazismo, comunismo), una idea étnica (nacionalismo irlandés, vasco o palestino), una idea religiosa (fundamentalismo islámico). Pero siempre hay, por detrás o por delante, una idea equivocada que conduce al fanatismo y alimenta la pasión.

Sin normas ni códigos

Normalmente, esa idea viene rodeada de una apariencia de racionalidad teórica e incluso suele emanar de un libro, el Libro, el que todo lo explica, el que transmite la verdad única e irrepetible, el que trae la palabra de Dios o de la nueva ciencia, el que nos libera del error o la mentira en que hemos vivido. Esa idea presuntamente superior, esa pasión movilizadora, lleva a la lucha, y allí aparece, incluso, el "asesino virtuoso", ese miembro del grupo "elegido" a que hasta asume en su sacrificio ritual la eterna categoría de héroe.

Los vimos en acción en Nueva York, los descubrimos en el piso de Leganés en Madrid, luego del 11-M.

De donde resulta que el terrorismo requiere, como se dijo en la cumbre organizada por el Club de Madrid, en marzo de este año, una respuesta global de la comunidad internacional, basada en la afirmación de un sistema democrático que antes que nada tiene el deber de combatirlo, pero que, a la vez, debe realizar una prédica constante de afirmación de los valores de la convivencia, de repudio al racismo desde la primera escuela, de afirmación permanente de las libertades humanas, de conciencia colectiva de que ningún sentimiento religioso, pasión nacional o idea política legitima el recurso a esa violencia indiscriminada que afecta al simple ciudadano.

La guerra es terrible, pero aun ella tiene sus códigos, promulgados por los Estados y que rigen sobre sus combatientes. El terrorismo no se ata, en cambio, a norma alguna, y golpea a quien no está en conflicto con nadie, porque nace de una descontrolada rebelión de ciertos espíritus, en los que, sobre un campo fértil, germinó una semilla maligna.

No nos confundamos: la semilla es el principio que le da vida. Y ella puede nacer de una construcción intelectual asentada en el más luminoso de los textos.

¿No pasa hoy con el Corán lo que pasó antes con la Biblia y los cruzados y la Inquisición? ¿Cómo se instaló en el mundo islámico ese sentimiento de humillación que lo lleva a odiar a Occidente por Occidente mismo?

Es hora de que la tan repetida tontería de que todas las ideas son respetables, ceda el paso a un debate más profundo y sistemático, que comprometa a educadores, periodistas, líderes políticos y religiosos.

La batalla sólo podrá ganarse en las mentes y los espíritus y esto nos lleva a la educación y a la discusión pública.

Por ese ámbito transita la concepción errónea que está en el origen del mal o, por lo menos, una confusión que instala dudas sobre la validez del recurso.

¿No hemos oído decir a muchos, luego del 11 de septiembre de 2001: "¿Qué quiere usted con Bush?", como si sus errores políticos justificaran transformar en víctima a toda la población estadounidense? ¿No hemos escuchado más tarde expresiones análogas, explicando lo inexplicable, hasta el límite mismo de la justificación? ¿No hemos visto textos de enseñanza de escuelas fundamentalistas de países que integran las Naciones Unidas y que predican el odio a Occidente? ¿No han aceptado nuestros diplomáticos, aquí mismo, en Occidente, en nombre del respeto a la diversidad, que un diplomático musulmán se permitiera no darle la mano a una ministra por el solo hecho de ser mujer?

Mientras todo esto sobreviva y no sea señalado con claridad..., vamos por mal camino.

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Armando Maronese

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